Editorial

La excepción de una crisis regida por la paz social

El crimen de León no debe abrir un falso debate sobre una paz social que el pueblo español ha respetado escrupulosamente. Nada justifica la violencia y el pueblo español lo sabe. En siete años, la crisis se salda con más de tres millones de parados, más de dos millones de hogares en paro y un primer incidente que tiene más tintes sentimentales y de suceso que de problema social.

La Policía levanta el cadáver de Isabel Carrascosa
La Policía levanta el cadáver de Isabel Carrascosa EFE

La crisis que comenzó en 2007 se salda en España con casi tres millones de parados, dos millones de hogares con todos sus miembros en paro, más de 23.000 deshaucios al año, miles de excluidos sociales y UN incidente violento. Ese es el balance que da la perfecta medida de un pueblo como el español, capaz de soportar una recesión tan brutal como la que hemos vivido -estamos viviendo- con el mayor de los estoicismos.

El asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, a manos de una mujer despedida del ente público y su madre amenaza con abrir ahora un falso debate sobre las violentas reacciones populares. El crimen, según las fuentes consultadas por Vozpópuli, está salpicado por un componente sentimental que va más allá del mero despido. Pero incluso aunque respondiera únicamente a motivos económicos, seguiría siendo la excepción a una norma en España: la de la paz social. Nadie se ha tomado la Justicia por su mano. Nadie ha violentado el Estado de Derecho. Y ninguna de las lógicas tensiones de una crisis como la que vive el país se ha convertido en violentos estallidos sociales, cosa que sí ha ocurrido en países como Grecia.

Absolutamente nada, en ninguna circunstancia, justifica el uso de la violencia y menos aún la violencia criminal, idea que por fortuna es innecesario discutir porque está grabada a fuego en el comportamiento ejemplar del pueblo español. Las manifestaciones despreciables aparecidas en algunas redes sociales aplaudiendo el crimen de León son tan excepcionales como el crimen en sí. Pero, sobre todo, son también excepciones a la norma de un comportamiento modélico, como debieran serlo las tentaciones políticas de endurecer la legislación contra unas manifestaciones populares que, en su enorme mayoría, se han desarrollado dentro de los límites que contempla la Constitución.

Absolutamente nada, repetimos, justifica la violencia ocurrida en León. Y absolutamente nadie puede reprochárselo, nada puede reprocharse, a unos ciudadanos que han dado muestra de una enorme talla en su comportamiento, algo que, desafortunadamente, no se puede decir de algunos de sus dirigentes. 


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