Editorial

Artur Mas en su pequeño Nuremberg

   

No nos referimos al hipotético juicio que podría derivarse de la querella presentada por la Fiscalía contra el presidente de la Generalidad, sino al acto celebrado este martes en el Fórum de las Culturas de Barcelona, en el que lo más granado del nacionalismo catalán escuchó con fe casi religiosa la proclama del Moisés llamado a conducirlos hasta la tierra prometida de la independencia del denostado Estado español y lo aclamó entusiasmado como tal. Tanto la parafernalia del acto, los vítores y los reproches al enemigo secular recuerdan el Congreso del Partido Nacionalsocialista Alemán de 1933 en Nuremberg, que apuntilló a la decadente República de Weimar. Es verdad que en Barcelona no había camisas pardas ni belicismo, pero había el mismo entusiasmo, la misma certeza que hace 80 años llevó al NSDAP al poder absoluto en Alemania. El mismo convencimiento, ahora, de que la derrota del Estado español está al alcance de la mano. Una realidad que los hechos acaecidos después del 9 de noviembre confirman y que, por el momento, ningún partido político e institución, el Gobierno el que menos, parece en condiciones de cambiar. El independentismo catalán, minoritario pero dueño del poder en Cataluña, no tiene nada enfrente. Nada ni nadie. 

Cualquier español en sus cabales compartirá la afirmación de que el problema catalán, a cuyos orígenes y responsables este periódico ha dedicado atención especial, es capital para España, hasta el punto de que resulta ilusorio pensar en regenerar la democracia y apuntalar la prosperidad colectiva si aquella Comunidad Autónoma abandona el barco en medio de la tormenta que nos asola. Pero lo está haciendo, mal que nos pese a los que valoramos la unidad del país, aprovechando la extrema debilidad del Estado, profundamente desacreditado por las acciones y omisiones de quienes ocupan sus instituciones, incluyendo a los corruptos nacionalistas burguesescatalanes. Lamentablemente, nuestra clase dirigente –permítasenos la licencia de calificarla como tal- parece más preocupada por los vientos de Fronda que empiezan a circular por el solar patrio, que por capitanear un proyecto nacional de altura para desmentir la especie de que el Estado español tiene poco que ofrecer a los españoles, incluidos los propios catalanes independentistas. 

El Estado no es enemigo de nadie

Lo anterior no impide reconocer la profunda injusticia de las afirmaciones del presidente de la Generalidad en las que basa la enemistad del Estado español. Primero, porque el Estado como tal no es amigo ni enemigo de nadie; lo serían, en su caso, las personas que desempeñan responsabilidades de Gobierno y de administración en el seno del mismo. Hubiera sido más serio y menos demagógico referirse al gobierno del PP o al propio señor Rajoy, remontándose obviamente a sus predecesores, así como a los magistrados del Tribunal Constitucional y a tantos otros que, según Arturo Mas, han puesto a Cataluña en el disparadero de la independencia. Ocurre que personalizar las responsabilidades no va con aquellos que, caso de los independentistas catalanes, permanecen en su actitud de nadar y guardar la ropa ad infinitum. El enloquecido guion que ha hecho público el señor Mas ante sus fieles lo demuestra: sabe que la legislatura está prácticamente extinta, que se intuyen cambios y quizá más inestabilidad en España y que, en el puerto de Arrebatacapas de la política española, puede obtener réditos para su causa. Lo de la querella le trae al fresco, porque no hace falta ser adivino para contemplarla como papel mojado. 

No vamos a entrar en disquisiciones sobre las estrategias de los partidos independentistas catalanes, que son dueños de la agenda política en Cataluña, y las respuestas a las mismas de los febles partidos constitucionales, el PP y el PSOE. Sí queremos subrayar una vez más que sin tomar el control de las instituciones catalanas, sin intervenir la autonomía catalana, el camino de la independencia está servido, para contento de los defensores de la misma y vergüenza de los gobernantes que han convertido al Estado en un tigre de papel. El presidente del Gobierno se dispone a viajar a Barcelona para, en sus propias palabras, "explicarse mejor". Haga lo que haga o diga lo que diga, solo le pedimos que no nos avergüence más. Confiemos que los ciudadanos y electores remedien con sus votos en Cataluña y en España esta ola de sinrazón. 


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