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Karina Sainz Borgo

Opinión

El día en que me convertí en hombre

El día en que me convertí en hombre
El día en que me convertí en hombre

No quería entrar al trapo. Acaso porque Twitter es el peor lugar para hablar de estos temas o porque, en el fondo, quién era yo para decir nada en todo aquello. Yo soy alguien que lee y escribe. Sólo eso. Así pensaba, hasta hoy. Este miércoles la periodista y escritora Leila Guerriero dedica su columna en El País para hablar de la polémica alrededor del II Congreso de Columnismo organizado por Guillermo Garabito en León y al que acudían primeros espadas del género periodístico. Faltaban, es cierto, muchas mujeres. Los suficiente como para preocuparse. Y aunque la falla es de origen –en los periódicos tampoco conseguimos muchas encabezando columnas-, entiendo y reconozco el escozor que produjo y la reflexión que propone Guerriero sobre la invisibilización.

El asunto lleva unas semanas. Hubo una importante reacción de periodistas y escritoras en Twitter. Jorge Bustos, el jefe de opinión de El Mundo, se enzarzó en no pocos debates al respecto. Y Juan Soto Ivars otro tanto. Menos mal que no existían todavía los 280 caracteres. Hubo muchos hilos en los que, curiosamente, etiquetaban a las mujeres que asistimos al Congreso.  Resultaba extraño leer la queja de la falta de mujeres y, al mismo tiempo, aparecer aludida. Ni para bien ni para mal. Sólo eso, etiquetada. Cual testigo mudo. Tuve la sensación de haber sido desterrada a la masculinidad, convertida por mis propias colegas en hombre. Invisibilizada por la vía opuesta. Me sentí objeto de un machismo ejercido por mujeres.

Desde hace más de diez años vivo en España, pero crecí en una sociedad con rasgos de misoginia, que convertía a las mujeres en misses, histéricas o manipuladoras  –cuaima, el insulto preferido- . Todavía es así. Es tan fuerte, que ni siquiera el chavismo logró erradicar y hacer añicos -cosa que se les da bien, por cierto-  esa pulsión venezolana, mayoritaria en las clases con menos instrucción. En España se ha avanzado en muy poco tiempo –hasta 1981 las mujeres no podían divorciarse- y es cierto que queda mucho por conseguir. Se puede hacer de distintas maneras. Con el activismo directo; esa es una. O al tomar la decisión de trabajar como el que más o la que más. Es decir: escribir hasta perder la yema de los dedos. Todas las opciones son válidas, insisto. Yo no soy de las que amanece pensando “tengo útero tengo útero”, pero no por eso tenéis que convertirme en hombre.  


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