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Jesús Cacho

Opinión

Los catalanes se merecen un Govern que no les mienta

El conseller de Interior, Joaquim Forn, y el mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero.
El conseller de Interior, Joaquim Forn, y el mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero. EFE

Lo contaba el viernes Rubén Arranz en este diario. Fue el propio Carles Puigdemont quien a principios de junio alertó a Enric Hernández, director de El Periódico de Catalunya, de que la CIA había pasado un aviso a los Mossos d’Escuadra –y en paralelo a CNI, Guardia Civil, CNP, y CITCO- según el cual el Estado Islámico preparaba un gran atentado terrorista en Barcelona para el verano, confesión que vino aderezada con la habitual letanía de comentarios airados hacia las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad “españoles” que hurtan información a nuestra Policía, que ya está bien, que estamos hartos… El periodista hizo su trabajo y contrastó la información con el entonces jefe político de los Mossos, quien confirmó la especie pero pidió que no se publicara. La alerta era tan genérica, que no tenía sentido alarmar a la población en plena temporada turística, argumento que el periodista consideró convincente. Al producirse la tragedia de las Ramblas, sin embargo, Hernández dio cuenta en la web de su diario de la advertencia americana tal como se la había filtrado Puigdemont tiempo atrás, sin hacer, no obstante, el alarde tipográfico que la cuestión merecía. Cuál no sería su sorpresa cuando, tres días después, 20 de agosto, el propio president negaba tajantemente ante Ana Pastor, La Sexta, haber recibido aviso alguno al respecto. Y Hernández se hartó.

La publicación por El Periódico este jueves de la fecha exacta -25 de mayo pasado- en que se produjo esa notificación, provocó un auténtico maremoto en las filas del independentismo. Y todos, en especial los medios de comunicación subvencionados por la Generalidad, se lanzaron a degüello contra el mensajero, poniéndolo a caer de un burro. Pero no fue solo Puigdemont quien negó. También lo hizo el nuevo conseller de Interior, Joaquín Forn (22 de agosto, RAC-1), y, con la contundencia del converso, el major de los Mossos, esa rutilante estrella llamada José Luis Trapero (28 de agosto, Catalunya Ràdio). Metidos en faena, el primero acusó a los periodistas de “ensuciar el trabajo de los Mossos”, mientras el segundo les culpó literalmente de “echar mierda” sobre la Policía catalana. La pura realidad es que la cadena de mando al completo ha sido pillada en falso. Todos han mentido, y todos están obligados a explicar a la ciudadanía por qué callaron que Barcelona estaba amenazada, explicación que muy particularmente deben a los familiares de los 16 fallecidos en los atentados del día 17.

A la luz de lo que sabemos ahora, merece la pena visionar la rueda de  prensa protagonizada por Trapero en la noche del atentado. Sobrepasado por la dimensión de la tragedia, el jefe operativo de los Mossos trataba de defenderse en pleno temporal como podía. Su desconcierto, sin embargo, tenía su explicación: acababa de tragarse el sapo de la explosión de la casa de Alcanar (Tarragona) ocurrida la noche anterior, donde la célula terrorista de Ripoll preparaba un gran atentado con explosivos. A pesar de la presencia entre las ruinas de casi 150 bombonas de butano, 500 litros de acetona, pulsadores y propaganda yihadista, Trapero no fue capaz de sospechar nada. Se trataba de un caso de “tráfico de drogas”, y después de “una explosión por acumulación de gases”. Hasta la juez de instrucción de Amposta le advirtió de que aquello olía a chamusquina terrorista. Los mandos políticos de los Mossos hicieron más: impidieron la actuación de los TEDAX de la Guardia Civil en la casa de Alcanar. La infausta noche del jueves 17 se cerró con el fiasco de una “operación jaula” que fue incapaz de detener al autor de los atropellos de las Ramblas, y con la noticia de la aniquilación de la célula terrorista en Cambrils por parte de un valiente mosso dispuesto a rescatar él solito el honor perdido del cuerpo policial autonómico.

Si la jefatura de los Mossos hubiera sabido leer lo que la tremenda explosión de Alcanar a todas luces indicaba, tal vez se hubiera podido detener a los miembros del comando antes de que llevaran a cabo su sangriento rally de horror y muerte por la Rambla

Si la jefatura de los Mossos hubiera sabido leer lo que la tremenda explosión de Alcanar a todas luces indicaba, tal vez se hubiera podido detener a los miembros del comando antes de que llevaran a cabo su sangriento rally de horror y muerte por la Rambla. Es solo una posibilidad, cierto, que en todo caso frustró la negligencia, aliada con la inexperiencia, de Trapero y sus copains. Una posibilidad que, en todo caso, hubiera requerido la urgente colaboración de la Policía y la Guardia Civil, que era precisamente lo que los mandos nacionalistas trataban de evitar. Resultó, sin embargo, que la liquidación de los cuatro terroristas en Cambrils (la última de las cuales, un tipo aterrado, desarmado, desorientado, fue más un ejercicio de tiro al blanco que otra cosa), le vino a Trapero (y por descontado a sus jefes políticos) como agua de mayo. El vallisoletano adscrito a la causa independentista con la fe del converso se creció, se vino arriba. Lo crecieron las avenidas del aparato de agitpropindepe. La gestión mediática de la labor de los Mossos ha resultado un impecable trabajo de propaganda política que en ningún momento pretendió, sobre la base de la transparencia, mantener informada y confortada a la población. Se trató más bien de una estrategia de comunicación política, no policial, destinada a presentar a los Mossos como una policía autónoma, digna de un Estado independiente, que no necesita de la ayuda de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (FCSE) “españoles”.

La misma impericia, idéntica falta de profesionalidad en el episodio de la petición de información formulada en enero de 2016 por un policía belga a un sargento de los Mossos sobre vida y milagros de Abdelbaki Es Satty, el imán de la mezquita de Ripoll que en sus horas libres preparaba una masacre al frente de la célula que encabezaba. “Cuanta más información puedas compartir sobre este individuo, ¡mejor!”, concluía el email. La respuesta del sargento fue puramente protocolaria. “Se trató de un diálogo informal, no de un aviso”, se disculpan sus jefes. Más tarde hemos sabido que la contestación a los belgas, remitida en marzo de 2016, incluía el detalle de que Abdelbaki estaba ya trabajando de imán en Ripoll, -los Mossos se habían tomado la molestia de visitar al presidente de la comunidad islámica de la localidad-, circunstancia que debería haber puesto en marcha algún tipo de investigación seria, y desde luego la correspondiente notificación a la Comisaría General de Información (CGI) en Madrid.

Demasiadas excusas estúpidas

De modo que la petición de ayuda belga fue informal; el aviso de la CIA no era creíble, y las ciento y pico bombonas de Alcanar eran una mera casualidad… Demasiadas excusas estúpidas para encubrir una actuación de la policía autonómica catalana cuando menos negligente. En su descargo cabe decir que los Mossos no son los únicos responsables de lo ocurrido, y que las culpas están muy repartidas con CNP, Guardia Civil, CITCO y CNI. Fallo clamoroso de los servicios de información de todos estos cuerpos. Resulta inaudito constatar que un tipo condenado a medio año de prisión en 2003, que fue investigado en el marco de la llamada Operación Chacal (activada tras los atentados de Atocha del 11-M), y que entre 2010 y 2014 cumplió 4 años de condena en la cárcel de Castellón por tráfico de drogas, haya podido campar a sus anchas desde entonces, cuando debiera haber sido expulsado de España y, en todo caso, sometido a estrecha vigilancia. Cualquier policía mínimamente avisado sabe que los islamistas radicales trafican con drogas al objeto de financiar los atentados que preparan.    

La situación es aún más escandalosa si tenemos en cuenta que, según adelantó Javier Chicote en el diario ABC, el teléfono del imán de Ripoll fue intervenido por la Policía española hace nada menos que 12 años. En efecto, en 2005, agentes de la CGI pidieron autorización al juez Grande-Marlaska para intervenir su teléfono, argumentando que el cerebro de los atentados de Barcelona estaba vinculado con dos organizaciones terroristas integradas en Al Qaeda, autorización que el magistrado concedió en auto dictado el 19 de octubre de aquel año. Este episodio debería estar necesariamente registrado en los archivos del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado, CITCO (resultado de la fusión en 2014 del CNCA –coordinación antiterrorista-y del CICO -crimen organizado-, agencias ambas dependientes de la Secretaría de Estado de Seguridad), y puesto a disposición de los Mossos –y de cualquier otro cuerpo policial- para su consulta en una pantalla de ordenador tras, por ejemplo, la petición de información cursada desde Bélgica. ¿Se hizo esa consulta al CITCO? ¿Facilitó el Centro esa vital información a los Mossos? 

El resultado es que Abdelbaki, un tipo que reunía todos los requisitos para estar controlado las 24 horas del día, ha podido campar a sus anchas y asesinar a 16 personas merced a la incuria, la ineficacia, y sobre todo la descoordinación de no sé cuántos cuerpos policiales que racanean con los datos que están obligados a pasar al CITCO, que se disputan la investigación de un mismo delito, y que, éramos pocos y parió la abuela, pretenden asombrar al mundo con su vitola de policías autosuficientes (Mossos y Ertzaina). ¿Cuál es la responsabilidad del CNI en lo ocurrido en Barcelona? ¿A que dedica usted, general Sanz Roldán, los enormes recursos materiales y humanos de que dispone? ¿Cómo es posible que a estas alturas no dispongamos de una red de informadores capaces de contar fielmente lo que predican los imanes en las mezquitas españolas? El ministro del Interior marroquí, Abdeluafi Laftit, se lo ha repetido al patético Fernández Díaz -ahora a Zoido, la última vez el martes 29 de agosto- muchas veces. Es un trabajo tan fácil como delicado, que empieza por el reclutamiento del personal adecuado entre quienes, de origen magrebí, piden asilo en España. ¿Es cierto que los jefes políticos de los Mossos no hicieron caso de las advertencias de Marruecos, cuyos espías –también los argelinos- campan a sus anchas por Europa, facilitando información clave a muchos países para frustrar atentados, según las cuales se preparaba algo gordo en Barcelona, y que los puigdemones ningunearon la advertencia arguyendo que Rabat sólo pretende identificar opositores políticos a Mohamed VI, además de conocer los apoyos que en Cataluña cuenta la revuelta del Rif entre la guapa gente de la CUP?

¿Es el comisario Olivera, un policía perteneciente a la acreditada ganadería que en la sombra maneja José Pepe Villarejo, el rey de las cloacas policiales, aspirante a convertirse en el próximo DAO, el hombre adecuado para dirigir el CITCO?

¿Es el comisario Olivera, un policía perteneciente a la acreditada ganadería que en la sombra maneja José Pepe Villarejo, el rey de las cloacas policiales, aspirante a convertirse en el próximo DAO, el hombre adecuado para dirigir el CITCO? ¿Alguna vez, señor Rajoy, ha pensado en la posibilidad de sanear radicalmente las FCSE? ¿Y qué piensa al respecto el señor Zoido? Es el sino de España apaleada, uncida al yugo de una corrupción sistémica que impide levantar el vuelo a esta pobre democracia nuestra. Urge una comisión parlamentaria que, dotada de la independencia y los recursos necesarios, lleve a cabo una investigación integral de lo ocurrido en Barcelona y Cambrils, delimitando la responsabilidad de Mossos, Guardia Civil, CNP, CNI y CITCO, y naturalmente de los Gobiernos central y autonómico. Sé que esta reclamación parecerá a muchos un brindis al sol más, pero es deber de todo demócrata evitar que se repita el espectáculo del 11-M, donde un país dizque del primer mundo fue incapaz de ofrecer a sus ciudadanos una explicación cabal y global de lo ocurrido en aquella masacre. Vergüenza eterna.

Los desajustes de nuestro diseño territorial  

Los atentados de Barcelona han venido a poner de manifiesto una vez más los vicios de nuestro sistema institucional, los desajustes de un diseño territorial disfuncional que dificulta, cuando no sencillamente impide, hacer frente a situaciones de riesgo colectivas o grandes catástrofes por culpa de la proliferación de Administraciones, legislaciones y, en este caso, cuerpos policiales. Algunas de las fuentes policiales consultadas insisten en la necesidad de proceder a una reforma integral de la “omnicomprensiva” LOFCSE (Ley Orgánica 2/86 de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, de las CC.AA. y de las Corporaciones Locales), y proceder a la creación de una especie de FBI con capacidad legal para centralizar las labores de seguridad –lucha antiterrorista, delitos económicos, tráfico de drogas- en aquellos asuntos que tengan una dimensión nacional, acabando así con los ridículos piques que hoy se producen entre CNP y/o Guardia Civil con policías autonómicas e incluso locales a la hora de investigar un caso. Cualquier esfuerzo que sirva para dotar a España del sistema centralizado de protección y defensa de la seguridad del que ahora carece será bienvenido.

Este viernes, tras 24 horas de inmisericorde asedio a El Periódico por parte de la tropa indepe, su director lanzó el crochet definitivo que ha terminado con el Govern sobre la lona: el pasado 21 de agosto, cuatro días después de los atentados, el mando antiterrorista de EEUU, que coordina entre otras agencias a la CIA, confirmó por escrito a España que el 25 de mayo envió la alerta a los Mossos, origen de la polémica. Puigdemont ha mentido como un bellaco, poniendo en evidencia el material viscoso de que está construido el entero prusés. Y con Puigdemont han mentido sus consellersPere Soler (el huido jefe de los Mossos que dijo aquello de que “los españoles me dan pena”) y Joaquín Forn, por no hablar del valiente soldado Trapero, émulo de aquel “buen soldado Svejk” cuyas aventuras narró magistralmente Jaroslav Hasek. “Se trataba de ensuciar a los Mossos porque habían hecho bien, demasiado bien, su trabajo”, ha escrito Pilar Rahola, musa del prusés. Enric Hernández ha sido capaz de romper la unanimidad que desde 2012 ha presidido la Cataluña mediática de los editoriales conjuntos. Algo se ha roto en el antaño estanque dorado.

La noche del 13 de marzo de 2004, Alfredo Pérez Rubalcaba pronunció tras los atentados de Atocha la famosa frase de “los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta”, una bandera que actuó de catalizador para la derrota electoral del PP en las generales del día siguiente. Si la sociedad catalana, tan tocada por la enfermedad de la cobardía –un mal muy español, por lo demás-, no toma nota del engaño de que ha sido objeto y no reacciona arrojando democráticamente al desván del olvido a los impostores, entonces es que esa sociedad está más enferma de lo que creíamos, pronta a ser engullida por el Movimiento de signo totalitario que JxSí y la CUP representan. Rajoy volvió a garantizar ayer “con total firmeza y determinación”, que “nadie va a liquidar la democracia española”. Igual de rotundo se mostró en el avión que le traía de regreso a Madrid tras la manifestación falsamente unitaria del sábado 26 en Barcelona: “Estos hijos de puta no van a poner ni una urna, ni una”. Con la hoguera por dentro, el presidente del Gobierno parecía tranquilo. Alguno de sus ministros, en cambio, se lo había hecho literalmente en los pantalones. Así estamos: en los arrabales de un nuevo 6 de octubre de 1934.


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