Hace unos días el Colectivo de Víctimas del Terrorismo COVITE difundió en redes sociales un vídeo del homenaje que recibió en Hernani, Itxaso Zaldua, presa de ETA, que regresaba a su pueblo tras completar su condena en una cárcel francesa, como responsable del aparato logístico de la organización terrorista.

Es fácil de entender y de compartir el disgusto de las víctimas al ver cómo se recibía con honores a una persona que ha formado parte de un grupo terrorista y es legítimo comparar y preguntarse -como hacían en COVITE- qué hubiera pasado de tratarse de un preso yihadista, sobre todo en estas fechas.

Sin embargo, compartido el innegable rechazo moral, la comparación más interesante tal vez sea enfrentar el relativamente discreto recibimiento de la semana pasada a esa expresidiaria con lo que hubiese sido ese mismo acto hace no tantos años. Todos los que hemos vivido en directo aquel tiempo sabemos que el homenaje probablemente hubiese tenido lugar no en una calle cualquiera, con unas dantzaris vestidas de diario, sino en la plaza principal, desde el balcón del Ayuntamiento y con todo el apoyo de infraestructuras públicas necesario. Así era. De hecho, un amigo me recordaba ayer la cantidad de etarras que, en su momento, fueron nombrados “hijos predilectos” de diversos municipios de Euskadi y Navarra, algo obviamente imposible de no haber contado con la aquiescencia y apoyo activo de las autoridades locales de entonces.

Lo cierto es que, desaparecida la presión de la amenaza, lo que en otros tiempos era corriente general en determinados municipios vascos (Hernani entre ellos), algo que se presentaba como la voz del pueblo mismo y a la que muy pocos osaban enfrentarse, hoy solo es sostenida por un grupo de incondicionales que, en todo caso, se circunscribe a los afectados más directos. No olvidemos que los presos han sido la herramienta más potente de cohesión social dentro del nacionalismo vasco radical, que los ha tutelado y pastoreado, impidiéndoles tomar decisiones personales de reinserción y remitiéndoles a ellos y a sus familias a unas siempre inminentes “salidas políticas” que, año tras año, los tendrían en casa por Navidad.

Quien se salía de aquel control férreo era expulsado del colectivo y sus familiares pasaban de recibir apoyo y ayuda en los viajes (a menudo con dinero público), al completo ostracismo local, algo -se lo aseguro- inmensamente duro en entornos reducidos e hipercontrolados como los pueblos medianos de la Euskadi profunda.

Lo paradójico es que la misma dirección abertzale que antes impedía incluso la contratación de un abogado no impuesto por la banda, recomienda ahora y fomenta el acatamiento de la disciplina penitenciaria para así acortar el cumplimiento de penas.

Con toda lógica, los presos y familiares a los que se llenó en su momento la cabeza de esperanzas vanas, descuentan los años de condena que hubiesen podido ahorrarse de haber seguido esa consigna desde el principio, lo que ha creado importantes tensiones dentro del abertzalismo que son justamente las que se trata de aliviar con homenajes y recibimientos como el de la pasada semana. La promesa de una amnistía siempre a la vuelta de la esquina se ha devaluado ahora en un simple aurresku de homenaje a los propios cuando regresan tras cumplir enteras sus condenas, como es el caso de Zaldua.

Imposible terminar estas líneas sin remarcar la repugnancia moral adicional que causa que uno de los principales voceros de la actual consigna de que cada preso etarra acate la disciplina penitenciaria y pueda acogerse así a los beneficios del sistema sea José Antonio López Ruiz, alias “Kubati” que, en 1986, en la plaza de Ordizia, le descerrajó tres tiros delante de su hijo a una destacada etarra que había decidido reinsertarse y hacer lo que ahora él y sus jefes recomiendan a todos.

* El aurresku es un baile ceremonial de homenaje.


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