Análisis

Así no se combate el yihadismo

    

Aviones franceses dirigiéndose a Siria.
Aviones franceses dirigiéndose a Siria. EFE

Al terrible atentado de París, el gobierno francés ha respondido con un fuerte ataque aéreo sobre posiciones del Estado Islámico. Ha reaccionado con contundencia, tomado muchas medidas, acometido significativas acciones, propuesto grandes cambios. Incluso se plantea reformar importantes leyes como réplica a los crueles asesinatos. Pero quizá no sea ésta la vía correcta. Las reacciones impulsivas ante cualquier atentado sirven para complacer, sosegar o reconfortar a la opinión pública. Pero constituyen un grave error en un combate eficaz, coherente, de largo plazo, contra el terrorismo islamista. 

Mucha gente cree que los yihadistas no son más que locos fanáticos. Y es posible que los que viven entre nosotros posean perfiles un tanto particulares. Pero los líderes islamistas, aquellos que diseñan la estrategia, saben muy bien lo que hacen. Su línea de actuación carece de escrúpulos pero resulta bastante coherente para lograr su objetivo: acrecentar el poder e influencia de ciertas élites. Ahora bien, su técnica sólo funciona si caemos en sus trampas, si reaccionamos como ellos pretenden.  

El terrorismo es un método diseñado para vencer, doblegar o arrancar concesiones a una potencia militar muy superior. Aplica, para ello, el principio de ciertas artes marciales orientales: derribar al contrario utilizando su propia fuerza, aprovechando sus movimientos reflejos. Los grandes atentados, magnificados por los medios de comunicación, intimidan a una audiencia mucho más amplia que sus víctimas directas, impactan en las emociones de las gentes, traumatizan temporalmente a la opinión pública. Y presionan a los gobiernos para reaccionar, cambiar su política, aunque sea de manera transitoria.

Sea cual sea el sentimiento predominante tras un atentado, el miedo, el desasosiego, la rabia o la ira, los terroristas vencen cuando perdemos el norte como consecuencia del impacto 

El fundamento del terrorismo es explotar la inconsistencia temporal, esa fuerte tendencia de los gobernantes occidentales, y de sus poblaciones, a primar el corto plazo, a cegarse emborrachados de emoción, a abandonar constantemente la senda óptima de largo plazo. Sea cual sea el sentimiento predominante tras un atentado, el miedo, la turbación, el desasosiego, la rabia o la ira, los terroristas vencen cuando perdemos el norte como consecuencia del impacto, cuando nos desviamos de la estrategia razonable. Alcanzan su objetivo cuando marcan la agenda de los gobiernos.

El peligro de las reacciones impulsivas

Tras el atentado puede predominar un sentimiento general de odio e indignación, flotar en el ambiente una fuerte sed de venganza que empuja a las potencias a una reacción desproporcionada, con inevitables víctimas colaterales. Los terroristas consiguen así la radicalización de más musulmanes, acrecentando sus apoyos. Si, por el contrario, predomina el miedo, la parálisis, la auto-inculpación, el deseo de ceder ante los terroristas para que "dejen de matarnos", los gobiernos se ven impulsados a la retirada, a dar vía libre a los islamistas en las regiones conflictivas. Actúan aquí de tontos útiles esos sectores de nuestra sociedad que, por todo pensamiento, se limitan a repetir el desgastado mantra de que Occidente, en general, y Estados Unidos, en particular, son los culpables de todos los males. La conclusión es que, sea el movimiento impulsivo en un sentido o en el contrario... los terroristas obtienen ventajas del atentado. Y se reafirman en su convicción de seguir actuando.

Por mucho que lo pida la opinión pública, no es conveniente tomar medidas distintas  ante un acto terrorista... porque es lo que pretenden sus autores. Es imprescindible fijar una estrategia de largo plazo contra el Estado Islámico, con criterios objetivos, y comprometerse a mantenerla. Nunca alterarla al vaivén de impactos emocionales. Lo mismo que disminuirían los  secuestros ante la convicción de que nadie pagaría los rescates, se reducirían las acciones terroristas si sus ideólogos comprobasen que los atentados son incapaces de alterar las decisiones, la trayectoria política o la organización institucional. No hay luchador capaz de aprovechar la fuerza de un contrincante hercúleo, extremadamente robusto, que mantiene su postura ante cualquier acometida.

La respuesta al Estado Islámico debe ser eficaz, proporcional, continuada y estable. Nunca cíclica, a remolque de las emociones de las gentes. Si los gobiernos creen oportuno atacar enérgicamente sobre el terreno a los radicales islamistas... tendrían que haberlo hecho ya,   mucho antes de la matanza de París. Y si consideran que el uso de la fuerza era el adecuado, lo sensato es seguir manteniéndolo. Nada más contraproducente que unos bombardeos muy intensos tras el atentado para volver a la pasividad cuando se apagan los ecos mediáticos. La reacción puntual desproporcionada no frena nuevos atentados: precisamente los anima pues es lo que buscan los islamistas. Actuar por impulsos satisface los deseos y necesidades de la doliente opinión pública, sí, pero también contribuye al verdadero objetivo de los terroristas, que no es matar por matar sino forzar una política errática, una línea de acción zigzagueante, teledirigida desde el cercano Oriente.

Las sociedades occidentales se muestran crecientemente inermes, no porque sean más débiles o vulnerables militar o policialmente sino porque cada día son más miedosas, más expuestas a todo tipo de emociones, más volátiles 

La necesidad de aferrarse a los principios

Las sociedades occidentales se muestran crecientemente inermes, no porque sean más débiles o vulnerables militar o policialmente sino porque cada día son más miedosas, más expuestas a todo tipo de emociones, más volátiles en sus inclinaciones, más alejadas de los principios y valores. Porque los medios de comunicación no sólo informan; se recrean, convierten los grandes atentados en un espectáculo, amplifican la conmoción hasta el límite. Porque demasiada gente cambia de criterio, temporalmente, tras una fuerte impresión turbadora. Y porque los dirigentes actuales olfatean como sabuesos el rastro de las encuestas, sus intereses electorales inmediatos, pero se despreocupan del rumbo de la nave, de la trayectoria de largo plazo.

Ante la incertidumbre del impacto emocional, el peligro de la inconsistencia temporal, ese riesgo cierto de que un nuevo atentado nos desvíe de la senda racional, no existe otra solución que la del legendario Ulises: amarrarse fuertemente al palo mayor, a ese mástil de los valores, los principios de racionalidad, libertad e igualdad ante la ley que encendieron la antorcha de la ilustración, que dieron lugar a sociedades abiertas, alejadas del fanatismo ciego. Aferrarse a la razón, a las convicciones, confiere valentía, ayuda a mantener la cabeza fría en momentos difíciles, a dominar los impulsos. Evita cambiar de criterio, en un sentido u otro, tras un acto terrorista. Sin nuestro miedo, sin la exagerada machaconería mediática, sin la actitud titubeante de nuestros gobiernos... los terroristas no serían nadie.


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