Análisis

Rosa Díez, Albert Rivera y ¿quién se ha llevado mi queso?

La parábola del libro escrito por Spencer Johnson bien podría aplicarse a lo que está ocurriendo con dos partidos españoles que, compartiendo buena parte de sus principios fundacionales y ocupando el espectro político del centro y alrededores, viven hoy sensaciones electorales muy distintas apenas a tres meses de la gran cita electoral del 24 de mayo. 

La parábola que destila el libro de Spencer Johnson, un enorme éxito editorial que durante años permaneció encaramado en las listas de Publishers Weekly, bien podría aplicarse a lo que está ocurriendo con dos partidos españoles que, compartiendo buena parte de sus principios fundacionales y ocupando el espectro político del centro y alrededores, viven hoy sensaciones electorales muy distintas a tres meses vista de la gran cita de las municipales y autonómicas del 24 de mayo. “¿Quién se ha llevado mi queso?” El que durante años se ha trabajado laboriosamente Rosa Díez desde su escaño en el Congreso, se lo ha levantado Ciudadanos en un abrir y cerrar de ojos, después del fracaso de los contactos mantenidos por ambas cúpulas para concretar una fusión o alianza electoral.Su presidente, Albert Rivera, se presentó el martes en sociedad en Madrid, tras abandonar el monocultivo antinacionalista catalán en el que permanecía recluido. Ha sido la sensación política de la semana. En el Círculo de Bellas Artes no cabía un alma. Un programa económico cogido con alfileres, ante una feligresía entusiasmada. Y con UPyD desaparecida en combate. En el último suspiro, Ciudadanos le ha birlado la merienda a la señora Díez.

La gran cobertura mediática lograda por C’s en el Bellas Artes ha dejado noqueadas a las gentes de UPyD. El partido de Rivera crece como la espuma, como una alternativa al voto desencantado del centro derecha que ha jurado no volver a mirar el rostro marchito del PP. Algunas encuestas –poco fiables, todo hay que decirlo- le otorgan un formidable 13,4% de los sufragios a nivel nacional, cuando hace solo un mes apenas rondaba el 5%, y ello mientras UPyD se estanca en un miserable 3,3%. Se entiende el sentimiento de frustración que se ha apoderado de la formación magenta. “Estamos en la era de la política espectáculo”, asegura la diputada Irene Lozano. “Lo comprendí el otro día viendo a La Pechotes en televisión (“No me interesa la política; yo soy más de series”). La política ya no se hace en el Parlamento, sino en la calle, en los desayunos informativos, en eventos como el de Ciudadanos, en los platós de la televisión. Es el tiempo de la frase corta, ingeniosa, intuitiva; la ocasión para la pelea de gallos. En lugar de peregrinar por los platós, los diputados de UPyD nos pasamos el día trabajando como hormigas en el Congreso, preparando propuestas, participando en comisiones… Jornadas agotadoras. A veces nos llaman para que vayamos a una tele y tenemos que decir que no, que no podemos, porque en ese caso no haríamos nuestro trabajo, y no sé si nos hemos equivocado, porque no estar hoy en las televisiones es como no existir…”. 

Algunas encuestas –poco fiables, todo hay que decirlo- otorgan a Ciudadanos un formidable 13,4% de los sufragios a nivel nacional, cuando hace solo un mes apenas rondaba el 5%

La vida suele presentar a menudo su cara más injusta, cruel incluso, con los merecimientos de quien limpiamente trabaja por alcanzar unos objetivos sin verlos nunca cumplidos, mientras a su lado desfila ufano quien cual cigarra se ha pasado el tiempo holgando en perpetuo verano. Porque fue el partido magenta quien primero enarboló la bandera de la regeneración democrática. Ha sido su determinación ante los tribunales la que ha logrado desentrañar la estafa que para los españoles ha resultado ser Bankia, epígono de la estafa múltiple de unas Cajas que han necesitado un costoso rescate financiero. El diputado Álvaro Anchuelo lleva años trabajando en la formulación de propuestas económicas muy concretas. En el nudo gordiano del drama español, la reducción del déficit público, UPyD es el único partido que reconoce que el desequilibrio fiscal no es solo un problema de ingresos, sino también de gasto. ¿Dónde recortar? En el gasto superfluo de las Administraciones, fusionando ayuntamientos, suprimiendo diputaciones, eliminando duplicidades de entes autonómicos y municipales (tribunales de cuentas, defensores del pueblo, etc.) El ahorro estimado anual rondaría los 40.000 millones. Por el lado de los ingresos, habría que acometer un rediseño del Estado autonómico (el cupo vasco y la aportación navarra son “privilegios económicos inadmisibles”), con una homogeneización de impuestos, ello en el marco de una reforma fiscal que rebaje la carga de las rentas del trabajo (IRPF), elimine deducciones y persiga con dureza la elusión y el fraude.

Con el paso del tiempo, UPyD ha ido acumulando una copiosa producción documental en materias tales como reforma laboral, financiación autonómica, sistema financiero, pensiones, reforma fiscal, órganos reguladores, etc. “Nuestras propuestas no se han improvisado de un día para otro”, advierte con ironía Carlos Martínez Gorriarán, portavoz adjunto en el Congreso. Nada les luce, empero. A la hora de la verdad, un partido recluido hasta ayer mismo en Cataluña está a punto de quedarse con el santo y la limosna de UPyD. ¿Quién se ha zampado mi queso? Deslumbrante la paradoja de dos formaciones -IU por la izquierda y UPyD por el centro derecha- que, llamadas a acabar con el bipartidismo que ha enseñoreado la Transición, corren serio peligro de resultar engullidos por dos recién llegados que no estaban invitados al banquete, dos partidos, Podemos y Ciudadanos, cuyos votos podrían superar la suma de los obtenidos por PP y PSOE, una auténtica revolución.

Un portazo que identificó a Rosa Díez con la casta

Todo se rompió el 20 de noviembre pasado, día en que los estados mayores de ambos grupos se reunieron en un último intento por cerrar una candidatura única a las municipales y autonómicas. Fracaso rotundo. “Cuando dos primos hermanos buscan diferencias entre ellos las encuentran”, sentenció Rivera. “Y cuando buscan similitudes, también. Creemos que sumar es mejor que restar y que ir juntos es mejor que ir separados”. Desde UPyD las cosas se cuentan de otro modo: “La negociación se rompió abruptamente, y no me cabe duda de que el responsable fue quien pidió todo para que no pudiera haber acuerdo”, lamentó el secretario general, Andrés Herzog. El inconsciente colectivo, sin embargo, distribuyó premios y castigos tras el desencuentro. Rivera era la imagen fresca, el rostro nuevo que había intentado la fusión, pero había sido rechazado por la lideresa que se niega a ceder un ápice de su poder porque entiende el partido como un fin en sí mismo, una empresa en la que reinar sin oposición, a la manera en que la mayoría de los españoles entiende hoy el funcionamiento de los partidos dinásticos. Un portazo que identificó mortalmente -¿injustamente?- a Díez con la “casta”.

La voz de alarma la dio la abrupta salida del partido, con renuncia al acta de diputado, de un hombre del prestigio de Francisco Sosa Wagner, cabeza de lista de UPyD en las últimas europeas y decidido partidario de un acercamiento a C’s, que el pasado verano ya había denunciado la existencia de “prácticas autoritarias en la dirección, que llevan  a la expulsión constante de afiliados o al ostracismo de los críticos”. Ahí le duele. El autor de “El Estado fragmentado” apuntaba a la personalidad de una mujer para muchos convertida en una especie de camisa de fuerza que impide a UPyD volar y le retiene en el terreno pantanoso donde prima esa “imagen institucional” de la que los beneficiarios del régimen de la Transición han hecho bandera, esa obsesión suya por ser considerada como una interlocutora  “seria y fiable”, en el fondo por ser tenida como parte de ese sistema que, por otro lado, suprema contradicción, sabe de sobra que necesita ser remozado con urgencia.

C’s ha sido incapaz de sustraerse al discurso igualitario y estatista imperante estos días, el discurso de la desigualdad, o más bien de la igualdad conseguida a golpe de Decreto

Esa obstinación por mantenerse intramuros del sistema la lleva a apoyar, en junio pasado, la Ley de Abdicación de Juan Carlos I o la operación recambio del gran culpable en la cúspide de esa corrupción en cascada que de abajo arriba se ha ido extendiendo con los años por el tejido social español, cuando el partido, como reclamaban sus bases, podía haberse abstenido marcando distancias. Es el mismo entusiasmo que manifestó el pasado 3 de septiembre a la salida de su encuentro con Mariano Rajoy en Moncloa: “Cataluña es un tema de Estado, que está por encima de partidos y de diferencias ideológicas” (…) “Sin ley, no hay democracia. UPyD estará siempre con el Gobierno en defensa de la unidad de la nación española y en la protección de los derechos de los ciudadanos”. Hasta aquí, perfecto. El borrón llegó cuando afirmó salir de Moncloa “tranquila”, convencida de que no habría referéndum en Cataluña tras la decisión al respecto del TC, porque así se lo había asegurado Rajoy. Ya vimos lo que ocurrió el 9 de noviembre.

Rosa Díez ha perdido la batalla de la imagen en la “política espectáculo” en que vivimos instalados. ¿Quién me ha robado mi queso? Podemos amenaza con fagocitar IU, y Ciudadanos hacer lo propio con UPyD. Muchos años de esfuerzos parecen a punto de desaparecer ante el empuje de una formación que cuenta con una infraestructura muy inferior, de un partido reducido en su cúpula al atractivo personal de su líder, que apenas acaba de anunciar el esbozo de un programa económico de Gobierno para revelar que navega en una acusada indefinición doctrinal, porque, a pesar de todo –y casi todo bien- lo que ha escrito el ilustre Luis Garicano, C’s ha sido incapaz de sustraerse al discurso igualitario y estatista imperante estos días, el discurso de la desigualdad, o más bien de la igualdad conseguida a golpe de Decreto.

La socialdemocracia light de Ciudadanos

El programa presentado el martes, en efecto, desprende un infecto aroma igualitario construido mediante la intervención del Estado en vidas y haciendas, con la guinda de ese complemento salarial garantizado -¿contagio Podemos?- para quienes no alcancen una renta mínima anual, que es un disparate en términos de economía de libre mercado. En parecida indefinición navegan las alusiones al contrato único –vieja propuesta de CEOE, que se ha estrellado siempre en los costes del despido, la madre del cordero del asunto-. C’s habla de “indemnizaciones crecientes” según antigüedad, que se irían acumulando (un “seguro laboral portable”) en una cuenta individual de cada trabajador y que pagaría… ¡el empresario! Ello por no hablar de los planes de formación para parados, que nunca han funcionado. Vuelta al subsidio. Socialdemocracia light. Nada que ver con un programa cercano al liberalismo clásico. Ninguna alusión a la rebaja de las cotizaciones sociales. La guinda la puso Rivera al decir que estas medidas se completarán en el futuro con las sugerencias de la militancia. ¿Otra formación asamblearia más? La obligación de los órganos de dirección de un partido es proponer a los ciudadanos un programa, que éstos aprobarán o rechazarán después en las urnas.     

Aún hay tiempo, a pesar de todo, para preparar esa opción unitaria, esa lista conjunta capaz de recoger en las generales el voto desencantado de los españoles que reclaman un cambio en profundidad pero reniegan de soluciones como las que propone esa quinta columna del socialismo bolivariano que es Podemos. Todo depende de que tras el previsible batacazo de las municipales y autonómicas, UPyD, es decir, Rosa Díez, se baje del machito y se siente a negociar un programa corto y claro, que fije las líneas maestras del gran cambio democrático que España necesita.     


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