Análisis

Punto final a la Transición

   

El expresidente del Gobierno y líder de la Transición, Adolfo Suárez, en una imagen de archivo de la agencia Efe
El expresidente del Gobierno y líder de la Transición, Adolfo Suárez, en una imagen de archivo de la agencia Efe EFE

La conciencia de que el sistema político español ha sufrido un tremendo deterioro, de que hay que cambiar el rumbo y acometer reformas sustanciales, ha ido calando poco a poco como lluvia fina en pensadores, estudiosos, agentes sociales y público. Incluso en políticos y periodistas. Para que esto sucediera, ha hecho falta una larga travesía, años de avisos y disgustos, de advertencias y alarmas por la evidente descomposición del régimen del 78. Todo el mundo acepta ya la necesidad del cambio... pero discrepa en la magnitud de las reformas. Mientras la mayoría de personajes mediáticos aboga por una reforma limitada, ma-non-troppo, apostillando que los cambios deben preservar la vigas maestras del sistema, otros por el contrario están convencidos de que es imprescindible acometer reformas muy profundas, dirigidas a sustituir las columnas completamente carcomidas por otras enteramente nuevas. 

Numerosas personalidades influyentes, especialmente políticos, se han alistado en el bando manontroppista. Y desde ahí, invocan a la moderación e insisten en que no hay que hablar de ruptura. Pablo Casado, vicesecretario de comunicación del PP, sostiene que la Constitución "se puede perfeccionar, pero tampoco hace falta dar una patada al tablero y ponerlo todo patas arriba". El propio Pedro J. Ramírez, erigido en adalid de la regeneración, escribía en su editorial que “si bien hacen falta reformas radicales, no hay que acabar con el régimen emanado de la Transición sino enderezar su deriva”. 

El cambio radical debe acarrear ilusión, ciertas dosis de emoción, pero en absoluto violencia, vacío de poder o episodios de venganza

Hay quien va un paso más allá, y da un salto metafísico, e insinúa que nuestro sistema político se encuentra en cambio permanente, una suerte de todo fluye, panta rei, al modo del griego Heráclito. "España vive en una permanente transición", afirmaba recientemente Miquel Roca en un especial del diario El Mundo. Y lo hacía, evidentemente, no para dar alas a las reformas institucionales que España necesita, sino para justificar las machaconas exigencias nacionalistas y mantener vigente el pasteleo, el cambalache y las negociaciones al margen de las leyes. En el mismo reportaje, Rafael de Arce apuntaba que, con la irrupción de Podemos y Ciudadanos "nos ha parecido que venía un cambio espectacular, pero lo cierto es que todas las generaciones han tenido ese deseo de cambio”. Y se diría que vivimos, y viviremos, en un permanente desencanto, pues las demandas de grandes saltos cualitativos, de soluciones magistrales chocan siempre con la realidad y terminan evaporándose. 

La Transición y el inmovilismo. La paradoja

Ocurre, sin embargo, que a lo largo de la Transición no han existido reformas dignas de tal nombre. Muy al contrario, Transición e Inmovilismo han terminado siendo términos equivalentes. Lo que algunos han podido experimentar en todo caso es una ilusión óptica, la sensación de que el modelo político "avanzaba" debido a la interminable descentralización del Estado. Y es que, en efecto, ha sido el modelo autonómico abierto, con sus infinitas demandas de nuevas competencias, el que ha generado el espejismo, la falsa sensación de que la Transición nunca terminaría. 

En sentido inverso, pero con el mismo propósito, la mayoría de políticos y periodistas parecen aferrarse a la amenaza secesionista para justificar la inmortalidad del régimen del 78, y evitar a toda costa poner punto final a esta etapa de nuestra Historia. Todos parecen saber de antemano hasta dónde deben llegar las reformas sin haber hecho un exhaustivo estudio de los problemas y sus causas. Sin saber siquiera las metas. Actúan como un cirujano que, antes de conocer la extensión de la metástasis, decide no usar el bisturí más allá de unos límites preconcebidos, aunque tal cosa le suponga al paciente tener que volver al quirófano con un hilo de vida. 

En realidad, los defensores de las reformas timoratas tienden a confundir, por ingenuidad o mala fe, las causas con los efectos; los problemas con sus síntomas. El rampante separatismo no es un fenómeno que surja de repente, caído del cielo como un meteorito; es consecuencia lógica de un sistema descentralizador sin límites, de la potenciación de las oligarquías locales, de la machacona identificación de autonomía territorial con democracia, y de esa regla no escrita que ha permitido a los poderosos cumplir, o no, la ley a capricho. Por mucho que ahora trinen los padres de la patria, es el propio Régimen del 78 el que plantó la semilla de la desintegración. Imposible resolver el problema sin superar su lógica.  

Las resistencias y rigideces del régimen del 78 se han demostrado insuperables a la hora de promover reformas puntuales

Los cambios graduales y comedidos son buena terapia para resolver fallos puntuales en sistemas que funcionan aceptablemente. Pero sirven de muy poco para España, donde el sistema es disfuncional. Y el deterioro, completo. Las reformas puntuales fallan cuando ciertas reglas informales perversas han suplantado de facto a las leyes, cuando el sistema político ha regresado a un régimen personalista, de intercambio de favores, de acceso restringido. Es absurdo promulgar una nueva ley para garantizar que se cumplan las que ya existen. Que las leyes no se respeten, o no se hagan cumplir, no es el problema: es tan sólo el síntoma de una enfermedad devastadora. Es absurdo recetar una aspirina para cada uno de los numerosos dolores que un mismo y grave mal genera. El tratamiento debe atender al problema. 

Más allá de las Instituciones. Cambiar las expectativas 

El clientelismo, el régimen de intercambio de favores, la corrupción generalizada, constituyen un equilibrio de reglas informales muy robusto, basado en las expectativas de cada uno de nosotros sobre el comportamiento de los demás. El cambio es difícil porque, en esos entornos, ser justo y objetivo implica para cualquiera enormes costes y sacrificios. Pocos individuos son por definición héroes o malvados, santos o demonios; todas las personas tienden a adaptarse al entorno, a lo que esperan que hagan los demás. Si las reformas son parciales, las instituciones sanas acabarán tarde o temprano siendo arrastradas por la perversa corriente, capturadas por la dinámica general del intercambio de favores. La experiencia de muchos países así lo ha demostrado. Y debemos tomar nota. En sistemas muy degradados, solo las reformas ambiciosas pueden ir más allá de regenerar las instituciones formales (parlamentos, tribunales, leyes…) y cambiar también las expectativas de los individuos, mutando las reglas informales incorrectas en otras virtuosas (normas de comportamiento, convenciones, y códigos de conducta que anidan en las sociedades). 

Sin embargo, no hay que confundirse. El cambio radical debe acarrear ilusión, ciertas dosis de emoción, pero en absoluto violencia, vacío de poder o episodios de venganza. Es una vía, pragmática, para cambiar nuestra forma de pensar y lo que esperamos del sistema. Es imprescindible convencer a la inmensa mayoría de que las cosas ya no volverán a ser como antes. Para conseguirlo, no hay otra que poner toda la carne en el asador. De lo contrario, no habrá transformación. Las resistencias y rigideces del régimen del 78 se han demostrado insuperables a la hora de promover reformas puntuales. 

Es necesario abordar un proceso de transformación cuyo alcance debe estar libre de tabúes y prejuicios

No es fácil apuntar los motivos profundos de quienes defienden esa suerte de inmovilismo: la trampa de las reformas mínimas que preserven en lo sustancial el viejo sistema. Quizá algunos no se resignen a renunciar a un inmerecido reconocimiento que inflama sus egos, a aquella cantinela según la cual nuestra Transición fue un ejemplo para el mundo, Adolfo Suárez un santo y Juan Carlos un monarca que encarnaba la virtud. Ésos que se consideran protagonistas del proceso, aspirantes a pasar a la Historia más como héroes que como villanos. Puede que otros pretendan un cambio lampedusiano, unas reformas cosméticas que mejoren la imagen del régimen... sin eliminar sus privilegios. 

Aunque el ser humano experimente con frecuencia temor, incluso vértigo, ante la incertidumbre,no es posible detener el movimiento y transformación que caracterizan la Historia. Los inevitables desafíos deben acometerse con convicción y entereza, señalando la dirección que queremos y debemos tomar. Es necesario abordar un proceso de transformación cuyo alcance debe estar libre de tabúes y prejuicios, de trampas e intereses de grupo. Para salir de un régimen de latrocinio generalizado son inútiles los cambios parciales o timoratosLas reformas deben ser amplias, profundas, intensas, radicales, deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás, generar ese impulso, la volea capaz de vencer la enorme inercia, superar la fuerza gravitatoria y lanzar el sistema político español a una órbita distinta.


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