Análisis

La nueva –y preocupante- revolución europea contra el islamismo yihadista

Los atentados en Francia parecen indicar que se ha desatado ya el yihadismo más criminal contra los intereses europeos. Pero, ¿vendrá acompañado de una respuesta ciudadana xenófoba o racista? Hay temor en los gobiernos.

Los atentados yihadistas han tejido una red de miedo en Europa, pero ¿puede producir un brote de racismo?
Los atentados yihadistas han tejido una red de miedo en Europa, pero ¿puede producir un brote de racismo? EFE

Félix Sanz Roldán, teniente general del ejército español y director del CNI, lo reconocía de forma reservada en la recepción oficial del pasado 6 de diciembre en el Congreso de los Diputados: el gran problema de todos los servicios secretos del mundo occidental es el terrorismo islamista porque es impenetrable, constituye otra forma de guerra, golpea donde menos se piensa y hace mucho daño, ya que sus terroristas van buscando la muerte, lo que garantiza el éxito de su misión.

Sanz Roldán confirmaba entonces lo que ya era una evidencia: que en España, como en la Europa atlantista, estábamos en alerta máxima [aunque oficialmente se haya decretado ese peldaño ahora, tras el atentado contra el satírico francés Charlie Hebdo] y que todos los servicios secretos –desde la CIA y el MI6 británico hasta la Direction Générale de la Sécurité Extérieure francesa, pasando por el Mossad israelí- habían avisado de dos cosas: primero, del altísimo riesgo de atentado en la Unión Europea –en cualquier país europeo, pero especialmente sobre intereses británicos, franceses y norteamericanos-, y del riesgo no menos grave de una involución en la opinión pública europea con respecto al mundo musulmán.

Desde Irak, donde se ha instalado el Estado Islámico, ha emanado una especie de fatwa generalizada contra los intereses occidentales

Los servicios de espionaje confirmaban también otras cosas, como que el peligro venía de Irak, donde se ha instalado el Estado Islámico de forma imparable, emanando desde allí una especie de fatwa generalizada contra los intereses occidentales, y que más de 20.000 ciudadanos de otros países –incluyendo alrededor de un millar de marroquíes y muchos más europeos- se habían incorporado a la yihad, sin olvidar que quienes regresan de la guerra en Siria o en Irak representan un peligro aún mayor para la estabilidad en sus países de origen. Muchos de esos guerrilleros integristas son ciudadanos europeos, hijos o nietos de antiguos inmigrantes musulmanes en Francia, en Alemania o en la misma España (en el caso de nuestro país, los cálculos oficiales cifran en alrededor de un centenar los que ya se han unido a la yihad).

Los servicios de información sabían lo que se decían, y lo habían analizado a fondo en las dos cuestiones planteadas: la posibilidad de un atentado terrorista (o varios, y de forma indiscriminada) y la involución que ese o esos atentados podían producir en la opinión pública europea respecto al mundo musulmán, y más concretamente hacia los inmigrantes musulmanes.

En septiembre pasado, España ya había elevado su nivel de alerta antiterrorista al 2 máximo (es decir, riesgo alto de atentado en España), y en noviembre, los servicios de información norteamericanos habían comunicado a sus colegas europeos que extremaran las precauciones porque había mucho peligro en España, Francia, Reino Unido, Bélgica y Marruecos. De hecho, estos tres últimos elevaron inmediatamente su nivel de alerta. El Ministerio de Interior español no dio orden de subir al nivel 3 de alerta (riesgo muy alto de atentado), pero de hecho sí aumentó la vigilancia en determinados centros e instituciones.

¿Estos atentados perpetrados al grito de Allah Akbar pueden producir un efecto racista en la población europea?

Lo peor ocurrió ayer en París, y a decir verdad no puede haber cogido por sorpresa al Gobierno francés, obligado ahora a detener cuanto antes a los autores de este crimen execrable. La preocupación tiene ahora otro foco de atención, centrada para los gobiernos europeos en la segunda parte del problema: ¿los asesinatos perpetrados ayer al grito de Allah Akbar (Alá es grande) pueden incentivar los sentimientos racistas y de rechazo al mundo musulmán entre la población eueopea? En España parece que no hay riesgo al respecto –desde Interior se recuerda que eso no lo provocó ni la matanza de los trenes del 11 de marzo de 2004), pero la situación es muy diferente en el norte europeo, especialmente en Francia y Alemania.

En Francia se teme que el Frente Nacional de Marine Le Pen capitalice a su favor el rencor por lo sucedido y supere su techo electoral en los próximos comicios, ello enarbolando la bandera del anti-islamismo. Los analistas creen que hay un importante caldo de cultivo desde que a finales de 2005 diferentes suburbios franceses fueron pasto de las llamas con las revueltas de los hijos de inmigrantes magrebíes. Atentados como los recientemente ocurridos de Tours, Dijon, Nantes y el de París pueden actuar de combustible capaz de poner en marcha la locomotora del racismo y la xenofobia generalizada.

En Alemania, donde la población de origen turco es muy importante, la situación podría tornarse aún más dura: Alternative für Deutschland se ofrece como partido receptor de ese voto de extrema derecha, con la peculiaridad –igual, en el fondo, que en el Frente Nacional- de que la AfD que dirige Bernd Lucke es un movimiento anti-euro y forma parte de ese movimiento más global que constituyen los euroescépticos. Antes de esta serie de atentados islamistas, Lucke se había sumado ya al emergente movimiento anti-islamista alemán, de tintes xenófobos, denominado Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, abreviado como Pegida. ¿Qué nuevos monstruos estaremos obligados a contemplar tras el abominable crimen múltiple de París? El año 2015 no puede empezar peor para la Europa de las libertades. 


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