Análisis

El quijotismo estratégico de la izquierda

Los críticos del TTIP advierten incansables de que el tratado es una excusa para que los Estados Unidos imponga su malvada regulación sobre todas las cosas y destruya la forma de vida europea.

Una de las concentraciones realizadas en Madrid en contra del tratado que se negocia en secreto en Bruselas.
Una de las concentraciones realizadas en Madrid en contra del tratado que se negocia en secreto en Bruselas. EFE

Si uno ha estado leyendo medios de comunicación de izquierda estas últimas semanas, es difícil escapar del TTIP. Estoy bastante seguro que la mayoría de votantes nunca han escuchado estas siglas, y si las han oído alguna vez, probablemente no están del todo seguros sobre su significado. El TTIP es el Transatlantic Trade Investment Partnership, o acuerdo de transatlántico de comercio e inversiones, un tratado comercial que está siendo negociado ahora mismo entre los Estados Unidos y la Unión Europea.

Los tratados comerciales, en general, son cosas bastante técnicas y aburridas, y el TTIP no es una excepción. Leer los documentos sobre las negociaciones es la clase de ejercicio capaz de dormir al contable más entusiasta. Como todo proyecto salido de la Comisión Europea, hay una cantidad brutal de estudios, evaluaciones, posiciones negociadoras, análisis independientes y auditorías en la página de internet sobre las negociaciones, siguiendo la siempre impecable y siempre ignorada política de transparencia de las instituciones europeas.

Los medios progresistas han dedicado una cantidad de tiempo absolutamente descomunal a cualquier presuntamente escandalosa filtración proveniente de las negociaciones

Esto no ha impedido que los medios progresistas hayan dedicado una cantidad de tiempo absolutamente descomunal a cualquier presuntamente escandalosa filtración salida de las negociaciones, por mucho que sean parciales, no corroboradas y no tengan nada que ver con su versión final. Los medios también tienen la mala costumbre de informar sobre estudios interesados de lobistas como si fueran análisis imparciales sobre propuestas finales, a menudo con un papanatismo encomiable.

Dejando las animadas discusiones sobre la negociación, la realidad es que el TTIP tendrá un efecto entre pequeño y minúsculo en la vida de la inmensa mayoría de ciudadanos a ambos lados del Atlántico. El volumen de comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea fue de 620.000 millones de euros el año pasado, una cifra que parece gigantesca. En realidad, representa algo menos de un 2% del PIB de estos dos bloques económicos. Suponiendo (que es mucho suponer) que el TTIP consiguiera duplicar la cifra, seguiríamos hablando de algo que es casi un error de redondeo.

Por muy bueno que sea el tratado, es poco probable que esta explosión comercial se produzca. La razón es que las barreras comerciales entre Europa y Estados Unidos son ya ahora muy limitadas: la mayoría de barreras comerciales que quedan son esencialmente burocráticas, derivadas de la diferencia de regulaciones. Los críticos del TTIP nos advierten de forma incansable de que el tratado es una excusa para que los Estados Unidos imponga su malvada regulación sobre todas las cosas y destruya la forma de vida europea. Dejando de lado que la derecha americana se está quejando exactamente de lo contrario (el TTIP impondrá el socialismo), la realidad es que la armonización regulatoria es algo común en tratados de este tipo, y raramente genera más que bostezos una vez son aprobados. A efectos prácticos las regulaciones en Estados Unidos y la Unión Europea permanecerán casi intactas, ya que (sorpresa) si no los legisladores locales no ratificarían el tratado.

Para la inmensa mayoría de votantes, estas discusiones sobre el TTIP son algo parecido a hablar del sexo de los ángeles

Obviamente, como en todo texto burocrático de decenas de miles de páginas, habrá cláusulas problemáticas. En el 99% de los casos estaremos hablando de decisiones muy, muy técnicas, que no afectarán más que a las pocas empresas que vender productos al otro lado del Atlántico. Aun así, seguro que hay secciones enteras que son confusas y acabarán por dar algún disgusto, y es probable que alguien termine en los juzgados alguna vez porque (es una discrepancia real) un artista francés no está recibiendo royalties por una canción que ha sonado en una discoteca en Nueva York. Vale la pena preocuparse por posibles agujeros legales en temas cruciales, y presentar comentarios y quejas cuando algún lobista especialmente malvado consiga meter algo para que todos usemos más carbón. Es necesario vigilar, reclamar y asegurar que todo vaya bien, sin duda.

Lo que no tiene sentido alguno, sin embargo, es que algo tan limitado, periférico para la vida del ciudadano medio y ridículamente técnico como el TTIP haya monopolizado horas y horas de atención mediática y política de la izquierda en España. Hemos tenido plenos de ayuntamiento dedicados a oponerse al TTIP, intervenciones en el Congreso, proclamas en mítines y candidatos haciendo de ello un tema de campaña. Para la inmensa mayoría de votantes, estas discusiones sobre el TTIP son algo parecido a hablar del sexo de los ángeles. Para el resto, no hacen más que predicar sobre lo malvado del tratado a los ya convencidos y confirmar la eterna preocupación de la izquierda por lo irrelevante a quienes no lo estaban.

Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político

Estas discusiones y proclamas serían más o menos inofensivas si el TTIP fuera la única obsesión quijotesca de la izquierda en España, pero no es el caso. Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político o a las preocupaciones de los ciudadanos, y de hacerlo además abusando de una jerga inescrutable para los legos. Hablo de debates como el artículo 135 de la constitución, el canon digital, los CIE, la visita de Obama a España, las SICAV o la conspiración internacional contra Venezuela. Algunos de ellos son importantes (de esa lista, el canon digital y las SICAV lo son), otros no lo son tanto. Lo importante, sin embargo, es que cada vez que la izquierda dedica su tiempo, energía y entusiasmo a litigarlos electoralmente, muchos votantes dejan de prestarles atención.

El resultado es que tenemos políticos y partidos encantados de haberse conocido hablando entre ellos sobre cosas en las que están todos de acuerdo pero que apenas entiende nadie, mientras Mariano Rajoy hace campañas donde simplemente lee en voz alta la lista de las cinco principales preocupaciones del CIS en medio de un campo de lechugas y gana elecciones. La izquierda se empecina en hablar de temas que son más de identificación tribal propia que problemas ciudadanos concretos, y después se sorprende que nadie los acabe por tomar en serio.

Muchas de las obsesiones de la izquierda son temas importantes. Es necesario modernizar el absurdo sistema de propiedad intelectual en España. Es necesario eliminar agujeros fiscales. Debemos velar para que el TTIP no reduzca la capacidad europea de combatir el cambio climático o limite el uso de medicamentos genéricos. Lo que no es útil, y de forma más crucial, no sirve para ganar elecciones, es pasarse el día persiguiendo cosas brillantes, discutiendo qué significa ser de izquierdas y quejándose sobre la impureza del partido de al lado en su defensa del proletariado. Cuando el PSOE, Podemos e Izquierda Unida se dedican a hacer eso lo único que consiguen es que un señor con barbas les gane en las urnas diciendo cosas como que España tiene que ser un país serio.

Es hora de que la izquierda empiece a entender con qué armas va a la guerra. Todo lo que no sea hablar de las preocupaciones reales de los votantes es perder el tiempo.


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