Análisis

El fiasco Rato: ¿era poder o se trataba sólo de dinero?

Rato volvió de Washington cabreado consigo mismo y con el mundo, resentido con España y los españoles, porque, a lomos de la infinita soberbia sobre la que siempre ha galopado, estaba convencido de que la sociedad española le había maltratado, él “tenía que haber sido” presidente, se lo había ganado, y ahí estaba ahora, de vuelta en El Molino de Carabaña, sin más horizonte que la caridad de sus amigos.

Rodrigo Rato sale de su domicilio junto a los agentes para presenciar el registro de su despacho
Rodrigo Rato sale de su domicilio junto a los agentes para presenciar el registro de su despacho Gtres

En Los Buddenbrook, subtitulada “decadencia de una familia”, Thoman Mann legó a la posteridad una obra maestra que narra la historia de tres generaciones de una familia de comerciantes de Lübeck. Se trata de una saga que aparentemente lo tenía todo para prosperar y seguir creciendo, pero que, sin embargo, termina desapareciendo por distintas circunstancias como un suspiro en el tiempo. Con la familia Rato cabría una comparación similar. Los Rato han formado parte de la elite asturiana durante generaciones, aunque fue con el franquismo cuando Ramón Rato Rodríguez San Pedro emergió como figura prominente del régimen, con la propiedad de los bancos de Siero y Murciano, además de la Cadena Rato de emisoras. Gran amigo de Nicolás Franco, a Don Ramón no se le ocurrió cosa mejor, año 1967, que reclamar la devolución de un préstamo de 4,8 millones de pesetas que había hecho al hermanísimo. Quince días después, el régimen le intervenía los bancos y le mandaba tres años a la trena. En una operación policial sin precedentes, los agentes sacaron esposados al padre y a su hijo mayor, Ramón Rato Figaredo, del Hotel Castellana Hilton, el más lujoso entonces de Madrid, donde se encontraban celebrando la boda de María Ángeles Rato Figaredo con Emilio García Botín, sobrino de Emilio Botín. Solo faltó la televisión en directo. La historia se repite.

Aquellos años de cárcel marcaron para siempre el carácter del prócer asturiano, que juraría vengarse de quienes le habían traicionado, muchos de los cuales le ayudarían después a recuperar su patrimonio embargado. No pocos recordarían el gesto crepuscular del prohombre imitando a Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, y gritando, puño en alto en un atardecer enrojecido de aquel Gijón preindustrial, ¡a Dios pongo por testigo que tomaré cumplida venganza de las familias del régimen que me han abandonado! Don Ramón imaginó el juramento hecho realidad en la mente privilegiada de su hijo Rodrigo, a quien siempre soñó hacer gobernador del Banco de España, por lo menos gobernador, para vengar así la intervención de sus bancos. En 1977, Manuel Fraga fundó Alianza Popular con apoyo financiero de Don Ramón, y apenas cinco años después, Rodrigo Rato, 33 años, era elegido diputado por AP en las segundas elecciones de la democracia. Como en Los Buddenbrook, uno de los hijos se dedicaría a los negocios de la familia, mientras otro se adentraba en el campo minado de la política de la mano del político gallego.

A punto estuvo de lograr su objetivo. A punto, incluso, de presidir el Gobierno de España convertido, tras ocupar la cartera de Economía, en el personaje con mayor prestigio de la derecha española, bastante más que el cetrino, agrio Aznar. Rodrigo siempre supo lo justo, más bien poco, de Economía, pero supo rodearse de gente que sabía, y sobre todo supo escuchar y tomar buena nota, lo que no deja de ser una demostración de talento. De frustrar su llegada a la cima del Everest de la presidencia del Gobierno se encargó el dedazo hirsuto de José María Aznar, el bigotillo febril del hombre que hizo el PP y lo deshizo, que pergeñó su esplendor y firmó también su acta de defunción, poniendo las traviesas del camino de perdición que hoy lleva al partido –Bárcenas, Rato, Camps y tantos otros- hacia la nada de la UCD.

Rato estuvo a punto de presidir el Gobierno de España convertido, tras ocupar la cartera de Economía, en el personaje con mayor prestigio de la derecha española, bastante más que el cetrino, agrio Aznar

Dicen que sobre la mesa de despacho de Aznar en Moncloa se posó un día, cuando quedaban semanas para que Franquito eligiera sucesor entre la terna Rato-Rajoy-Mayor, un demoledor informe sobre la trastienda del glamuroso ministro de Economía, maquinación que los enterados atribuyen a su entonces jefe de gabinete, Carlos Aragonés. Se trataba de un relato sobre la forma en que el grupo de amigos a los que el tándem Rato-Aznar había hecho rico con la privatización de las empresas públicas del franquismo salvó a escote, porque de eso se trató, de aportar fondos de forma alícuota, para que los Rato Figaredo esquivaran la quiebra fraudulenta del Grupo de Empresas Rato que gestionaba ese desastre que siempre fue Moncho Rato. La familia salvó el match ball gracias a la generosidad de los González, Alierta, Pizarro y Villalonga, cuarteto al que pronto se uniría Emilio Botín adquiriendo, a través de Banesto, primer trimestre de 1999, el 45,30% de Aguas de Fuensanta, paquete por el que pagó algo más de 1.000 millones de pesetas, lo que supuso valorar el 100% en 2.200 millones para una sociedad con recursos propios de 1.153 y deuda de 1.571. Es decir, que Aguas, que en ese 1999 perdió 46,9 millones, se había comido el capital social. Claro está que Don Rodrigo había sido el impulsor de la modificación de la Ley de Sociedades Anónimas de 1998, en particular de los artículos 153, 158 y 159 de la misma, que pasó a permitir la supresión del derecho de suscripción preferente que asiste a los accionistas en algunas ampliaciones de capital, modificación de la que Grupo Santander fue principal beneficiario. Ello por no mencionar su papel en el caso de las famosas, en su día, cesiones de crédito.

Luego volvería a ser arrecogío por Don Emilio como miembro de su Consejo consultivo, nada con gaseosa, porque el asturiano fondón ha seguido teniendo, incluso en sus peores momentos, una legión de admiradores, gente dispuesta a dar por él la cara, incluso a dejársela partir. Ocurrió después del plante o desplante del FMI, un episodio que sigue en la niebla de lo inexplicado. Volvió de Washington cambiado, aburrido de ser un florero en el 700 de la 19th Street esquina con Pennsylvania Avenue, sobre todo cabreado consigo mismo y con el mundo, resentido con España y los españoles, porque, a lomos de la infinita soberbia sobre la que siempre ha galopado, estaba convencido de que la sociedad española le había maltratado, él “tenía que haber sido” presidente del Gobierno, se lo había ganado, y ahí estaba ahora, de vuelta en El Molino de Carabaña, sin más horizonte que la caridad de sus amigos. Fue entonces cuando todo cambió, porque, agotado el carril de la política, a Don Rodrigo Rato ya solo le interesaba el dinero, el vil metal, el maldito parné. Se obsesionó con el dinero. Había hecho rica a mucha gente, había convertido en millonarios a la vieja guardia del PP que participó en las privatizaciones, y no se resignaba, en esa edad incierta de los sesenta, cuando tantas persianas caen para no volver a subir jamás, a irse a su casa con lo puesto, que no era poco, cierto, pero que tampoco era mucho.

La perfecta ecuación de las elites trinconas

Entró en tres Consejos (Santander, Telefónica y Caixa) sin que en apariencia nadie se escandalizara, y además se metió de hoz y coz en el banco de inversión Lazard, de la mano de su entonces presidente, el inefable Jaime Castellanos. Días antes de la Navidad de 2012, el fiscal de la Audiencia Nacional que investigaba el derrumbe de Bankia preguntó a Rato si había mantenido alguna relación de negocios con Castellanos. “No, relación de negocios no tenemos; amistad, sí”, declaró con todo el cuajo. Ecce Homo. Tres semanas después, advertido del desafuero, ese gran abogado que es Ignacio Ayala corrigió la desmemoria de su cliente en un escrito a la AN. Porque amistad había y dinero también. A raudales. A la Fiscalía Anticorrupción le ha parecido un escándalo que Lazard pagara 6,1 millones a Rato a través del Banco Cantonal de Zürich (como ayer reveló VP) siendo éste ya presidente de Bankia y teniendo en cuenta que entre mayo de 2011 y abril de 2012 la entidad había adjudicado hasta 5 contratos a Lazard por un importe de 16,2 millones. No solo eso: también había contratado con Willis Group, igualmente manejada en España por Castellanos, tres pólizas de los seguros para la salida a bolsa de Bankia.

En noviembre de 2009, solo dos meses antes de que asumiera la presidencia de Caja Madrid, el personaje se embarcó en la sociedad Paracua junto a Castellanos y otros dos altos directivos de Lazard, Pedro Pasquín y Joaquín Güell Ampuero. Se trataba de “aprovechar las gangas inmobiliarias” que por entonces –aún ahora- invadían el mercado como consecuencia de la necesidad de las Cajas de liquidar activos ruinosos a toda prisa. En realidad, se trataba de forrarse mezclando en las debidas proporciones política, negocios y relaciones sociales, perfecta ecuación de esas elites trinconas (“extractivas”, le llaman ahora los finos), acostumbradas a utilizar la ley y las instituciones en beneficio propio para sorber el tuétano a la ciudadanía, convertidas en ese núcleo de intereses de ricos y notables que impide el progreso de España y al que es preciso desalojar del poder para que el país funcione. Paracua se liquidó en enero de 2013, después de que UPyD denunciara su existencia. Anticorrupción lleva tiempo investigando si Castellanos et altri se valieron de la posición de Rato en Bankia para hacer negocios inmobiliarios.

Don Rodrigo se imaginaba sentado en la cúspide de la gran Caja de Cajas, con la Moncloa arrastrándose a sus pies

A pillar, que el mundo se va a acabar. Pudo haber corregido la deriva cuando, a poco de haber tomado posesión, 28 de enero de 2010, de la presidencia de Caja Madrid (un premio de consolación que el PP se empeñó en entregarle porque sí, por ser vos quien sois, gente muy principal de la élite político-financiera. A los jefesitos que se retiran de la política hay que agasajarlos con dinero. Felipe a Gas Natural; Aznar a Endesa. Es la resaca de la dictadura franquista) Isidro Fainé le propuso fusionar la entidad con La Caixa, operación que le hubiera permitido ocupar la presidencia de Criteria (el holding de las participadas) con sede en Madrid, pero Rato rechazó la oferta “en un ataque de arrogancia”. Él quería el premio gordo: una copresidencia y su investidura como sucesor único tras la retirada de Fainé. En realidad había elegido ya otro camino: el de fusionar Caja Madrid con una serie de pequeñas Cajas, todas en la órbita del PP, en operaciones que se concertaron en los cenáculos madrileños sin due-diligence previos ni otras mandangas previsoras al uso. La guinda la puso la absorción de Bancaja, más que una Caja un queso gruyere. Don Rodrigo se imaginaba sentado en la cúspide de una especie de gran Caja de Cajas, con la Moncloa arrastrándose a sus pies. Lo que tuvo a cambio fue un gigantesco agujero que obligó a un rescate de más de 23.000 millones. Elites extractivas.

En el tráfago de idas y venidas, el personaje se había hecho rico. Lo sabemos desde que Miguel Alba publicara en Vozpopuli esta semana que la Agencia Tributaria le estaba investigando por blanqueo. El hombre se había vuelto loco por el dinero. “Rodrigo llega a la presidencia de Caja Madrid con 60 años, y piensa que en los 10 años que razonablemente puede estar al frente de la gran Caja que aspira a montar malo será no hacerse con una fortunita de 50 millones, a razón de 5 por año, más un fondo de pensiones bien dotado. Y eso es todo. Esos eran sus cálculos”, asegura un miembro del consejo de Bankia. “Que utilizara la famosa tarjeta black no tiene el menor sentido en el presidente de una entidad que disponía de su tarjeta oro para cubrir todos y cada uno de los gastos de representación que precisara sin ningún problema”. Solo tiene sentido en un tipo que ha perdido la cabeza por el dinero. Ni siquiera su actual pareja, Alicia González, conoce el alcance real de su fortuna.

Rato, convencido de que acabará en la cárcel

El personaje se declara convencido ante quien quiere escucharle de que acabará con sus huesos en la cárcel, porque ha sido elegido como “chivo expiatorio de un Gobierno que ha decidido ejemplificar en mi cabeza la lucha contra la corrupción” (sic). Morro no le falta. Consternación en el PP: “Si ésto lo hubiera parado el Gobierno, palos al Gobierno; si no lo para, el Gobierno quiere hacer leña del árbol caído. Pero, una pregunta, ¿esto hubiera salido a la luz con el PSOE?, porque ¿quién ha sacado a relucir el escándalo de las tarjetas black sino este Gobierno?". Para los amantes de las teorías conspirativas: ¿estamos ante una operación a la desesperada, con la que el PP pretende presentarse como abanderado de la lucha contra la corrupción de cara a las generales de noviembre? Difícil de creer. Para eso harían falta unas dosis de talento imposibles de encontrar en Moncloa. Más bien todo parece producto del caos provocado por las boqueadas finales de un sistema que agoniza.  

A la entrada de la mansión de los Buddenbrook en Lübeck, una placa saludaba al visitante: Dominus providebit. No es probable que el único Dios en el que Rato siempre ha confiado, el dinero, acuda a proveer su arruinado prestigio. Este no es el fin de una época (en todo caso, del PP de Aznar, otro personaje henchido de soberbia y pasión por el dinero), como tanto plumilla admirador del personaje se ha apresurado a escribir estos días. Quienes, conocedores de su arrogancia, nos las tuvimos tiesas con él en los días de vino y rosas del boom (¡gloriosas las peloteras que, a cara de perro, mantuvo quien esto suscribe con el personaje en los días de la “Rueda de la Fortuna”!), quienes desde hace casi 20 años venimos anunciando la defunción de un sistema carcomido por la corrupción, sabemos bien que esto no va de Rato o de rute, de Chaves o de chivos. Es el sistema el que está tocado de muerte. Lo ha matado la avaricia y falta de escrúpulos de sus clases dirigentes. Es un sistema que reclama regeneración urgente. Regeneración inaplazable. Esa es la realidad. Y el saneamiento integral de las instituciones, la tarea que nos incumbe como demócratas. El resto es literatura.  


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