Análisis

Felipe VI, un rey obligado a refundar la dinastía

Felipe VI está obligado, casi condenado, a recuperar la dignidad de la jefatura del Estado, lo que es tanto como decir el prestigio de la institución monárquica. Se trata de refundar la monarquía. Un rey forzado a inventarse a sí mismo, proceso que pasa por romper radicalmente con su antecesor, ese padre que ni siquiera asistió a su coronación en las Cortes, para no verse arrollado por los desmanes del juancarlismo.

Felipe VI.
Felipe VI. Casa de S.M. el Rey

“Si fueran extranjeros los enemigos de la dicha de España, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles”. Tal decía el mensaje que Amadeo I dirigió a las Cortes el 11 de febrero de 1873. Lo leyó su esposa, con él refugiado en la embajada de Italia y muerto de miedo. Incapaz de manejarse en el laberinto de un país que se enfrentaba a dos guerras al tiempo y a una inestabilidad política crónica, decidió sin previo aviso renunciar al trono de España y regresar a Florencia. “Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi” (No entiendo nada, esto es una jaula de grillos), había dicho tras el intento de asesinato del que fue objeto en julio del 72. Pues bien, no faltan quienes sugieren que Felipe VI está hoy más cerca de Amadeo de Saboya que del Juan Carlos I que, con el apelativo de El Campechano, reinó a la pata la llana desde el 27 de noviembre de 1975 hasta el famoso incidente del elefante de Botswana.

Con la monarquía española en un callejón sin salida, las elecciones europeas de mayo de 2014 fueron un golpe de suerte para la institución. La irrupción de Podemos como un huracán en el panorama político español asustó tanto a los llamados poderes fácticos que decidieron pasar a la acción. En efecto, la tesis de que el poder de los partidos turnantes estaba en su ocaso pareció de repente algo más que una teoría salida del magín de algún científico social. Y entonces deciden adelantar la operación relevo en la Corona, que hasta el momento había sido rechazada, incluso menospreciada, con altivo desdén. Fácil resulta imaginar lo que hubiera sido atravesar este 2015 con Juan Carlos I en el trono, dispuesto, como eran sus planes, a abdicar con toda pompa a finales de este año, al cumplirse el 40 aniversario de su coronación como rey de España.

Los presidentes se han comportado tal que auténticos alcahuetes dispuestos a mirar hacia otro lado, como si estuvieran condenados a asistir en silencio a los desafueros del rey

Y Felipe VI hereda a un señor que durante décadas ejerció un poder personal sin cortapisas. Fundador del régimen político del 78, tras el relato de esas virtudes parlamentarias que iluminan los principios de nuestra Constitución se esconde la realidad de una monarquía cuasi patrimonial que ha hecho de su capa un sayo por culpa del comportamiento de los distintos Gobiernos y sus Parlamentos, que han venido rehuyendo sus responsabilidades al permitir en la práctica que el titular de la Corona funcionara como un poder autónomo, alejado del control democrático y envuelto en un velo de espesa opacidad. Los sucesivos Presidentes se han comportado tal que auténticos alcahuetes dispuestos a mirar hacia otro lado, como si ellos y los españoles todos a los que representaban hubieran sido condenados a asistir en silencio a los desafueros del Jefe del Estado, agradecidos como tenían que estar por el hecho de que Juan Carlos decidiera un día endosar la Constitución del 78 que ponía legalmente fin al franquismo.

Las Cortes, permitiendo que la Corona funcionara a su albedrío lejos de las obligaciones de transparencia y comportamiento exigibles a la primera magistratura del Estado, y el establishment, asegurando la opacidad informativa sobre las actividades extraescolares del Monarca, volcado la mayor parte del tiempo en aventuras galantes con señoras del más variado pelaje y en los negocios, consecuencia de una avidez de dinero que siempre sorprendió a propios y extraños. La contrapartida a semejante conducta ha sido una familia más que desatendida abandonada, familia rota cuyos titulares, condenados a vivir juntos, no se dan los buenos días desde hace décadas, y una corrupción galopante que, cual gota malaya, ha ido impregnando el tejido social español de arriba abajo hasta mancillarlo todo.

En este ambiente de valores morales, Felipe VI llega para ocupar el vértice de un régimen, el de la Constitución del 78, francamente herido de muerte. Una Monarquía dañada, muy desprestigiada lejos de los predios de la derecha tradicional, particularmente entre las generaciones jóvenes, y una crisis política e institucional de caballo, aderezado todo ello por su correlato de crisis económica, la mayor que España haya conocido en muchas décadas. El trono que desde el 19 de junio pasado ocupa el nuevo rey corresponde a un país aquejado de graves problemas de identidad, desilusionado, descreído y gobernado por un partido que lamentablemente ha tirado por la borda su prestigio y con él la mayoría absoluta que los votantes le dieron con el mandato expreso de que procediera a sanear la economía y abordara la regeneración –o al menos, lo intentara- de las instituciones, a cambio de lo cual se mostraban dispuestos a aceptar los duros sacrificios que el ajuste de las cuentas públicas reclamaba.

La corrupción que mancha a la Familia Real

Llega al trono asistido, es un decir, por una familia dividida en banderías que se enfrenta al escándalo de su propia corrupción representada por el 'caso Nóos', un asunto que va a sentar en el banquillo a una infanta de España. Y lo hace de la mano de una mujer a quien gran parte de la familia real y, por supuesto, el establishment que rodeó siempre a Juan Carlos, dirigen sus peores dardos. Más solo que la una. Porque no se le conoce conglomerado de poder -¡aleluya!- en el que apoyarse a la hora de llevar a cabo las tareas, siquiera de representación, a las que el orden vigente le obliga. Solo y a expensas del respaldo de dos grandes partidos ya en franco declive, que en conjunto representan a poco más del 50% de la población. Su margen de maniobra es tan estrecho como incierto su futuro, que inexorablemente pasa por recuperar el prestigio de la Institución mediante el ejercicio diario de una conducta ejemplar, en las antípodas de su padre.

En el avispero español del momento, el único baluarte sólido en el que Felipe puede refugiarse se llama ejemplaridad

Felipe VI, en efecto, está obligado, casi condenado, a recuperar la dignidad de la jefatura del Estado, lo que es tanto como decir el prestigio de la institución monárquica. Un rey obligado a inventarse a sí mismo, proceso que pasa por romper radicalmente con su antecesor, ese padre que ni siquiera asistió a su coronación en las Cortes. En definitiva, se trata de refundar la monarquía. Curioso fenómeno el de los Borbones. Juan Carlos I necesitó violentar los principios del Movimiento y romper con Franco para asentar su trono, y su hijo necesita romper radicalmente con su padre para no verse arrastrado por la corrupción del juancarlismo. Cada uno de ellos inicia la senda de una nueva dinastía. Les une apenas el apellido. En el avispero español del momento, el único -y tal vez último- baluarte sólido en el que Felipe VI puede refugiarse se llama ejemplaridad, porque la única función que hoy cabe a una institución tan desprestigiada es la de convertirse, o al menos intentarlo, en referente de esos valores morales que se han ido por el desagüe de la afrentosa ambición de nuestras elites. Y no es precisamente poca cosa, poco servicio el que Felipe VI podría rendir al país. Ahí no puede fallar, porque, si lo hace, no le quedará otro camino que el de Cartagena. 

Ese ha sido quizá su mayor logro en este año de reinado: la sensación de que trata de implantar una dinastía nueva no contaminada, del brazo de nuevos comportamientos y actitudes. Siempre dispuesto a hacer acto de presencia allí donde se le reclama, incluidos frecuentes viajes a Cataluña y el País Vasco, donde aguanta lo que sea menester. Por agradar ha sido capaz hasta de acudir este año a Las Ventas, y eso que su pasión por la fiesta de los toros es perfectamente descriptible. Todo en la mayor de las soledades. Es obvio a estas alturas que, en la tarea de prestigiar a la institución, el rey no va a contar con el respaldo de la mayor parte de su familia, que ha tomado partido –empezando por la reina Sofía- por Cristina de Borbón en el contencioso judicial que les enfrenta a cuenta del caso Urdangarin. La familia de Carlos IV en el recuerdo. Y mal ayudado, incluso mal aconsejado, por su equipo de Zarzuela. Que el monarca tome la iniciativa de privar a su hermana del ducado de Palma sin amarrar antes la eventual respuesta de ésta, de modo que la infanta no pueda salir por peteneras tratando de arruinar la “operación imagen” del rey, es algo difícil de explicar que sugiere que el talento del equipo que rodea al nuevo monarca en palacio es más bien escaso. 

La mujer en cuyas manos descansa el futuro de la dinastía

Cristina de Borbón se ha revuelto contra su hermano, en efecto, con la soberbia que siempre le caracterizó y probablemente con el conocimiento de los reyes eméritos. El único respaldo serio de Felipe VI es Letizia, esa mujer en cuyas manos descansa, para bien o para mal, el futuro de la dinastía. Para la derecha más conservadora, el matrimonio del entonces príncipe fue un error absoluto que a punto estuvo de descarrillar en el verano de 2013. Felipe consideró seriamente el divorcio, pero lo descartó y, posiblemente, acertó. Lo que faltaba. Para otros muchos, en cambio, ella viene del pueblo y conoce el paño del desafecto que hoy sienten millones de españoles hacia una institución que no ha estado a la altura de las circunstancias, de modo que puede ayudar lo suyo en la tarea de acercarla al pueblo. Sin pasarse, claro está. Sin enajenarse los apoyos de la “otra España”. Apostando por la unidad de la nación, la línea roja que jamás podrá atravesar un rey de España. Una monarquía no puede desprenderse del ritual mítico que le asiste por muchas cañas que doña Letizia se tome en Malasaña. A menos, claro está, que esa monarquía deje de serlo. En ese complicado equilibrio va a tener que moverse una pareja obligada a afrontar en soledad los retos del futuro. Volvamos a la familia de Carlos IV, retratada por Goya en uno de esos cuadros que por sí solo merece una visita al Prado. La pléyade de reyes, duques e infantes bellamente enjaezados que rodeaba al rubicundo monarca en el lienzo del genial aragonés queda hoy reducida a Felipe, Letizia y sus dos hijas. La mínima expresión.

Los progresos en lo que a transparencia se refiere –uso de los dineros que los PGE destinan a la Casa del Rey, por ejemplo- son aún escasos y desde luego claramente insuficientes. Una labor en la que podría echar una mano la reina plebeya, como también en la de aproximar la institución a los nuevos partidos emergentes, cuyo ideario en algunos casos está en las antípodas de una monarquía siquiera parlamentaria. Ese es el reto inminente al que se enfrenta el nuevo monarca: ¿cómo convivir con los nuevos protagonistas de la política española, mientras se deshilachan los perfiles de los dos grandes partidos que dieron lustre al juancarlismo? Algunas de las respuestas a esta pregunta las tendremos el día en que, tras las próximas generales, Felipe VI ejerza la potestad de proponer (artículo 99.1) un candidato a la Presidencia del Gobierno, previa consulta con los jefes de los respectivos grupos políticos con representación parlamentaria. Un rey en la encrucijada, seguramente enfrentado al año más importante de su, de momento, corto reinado.


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