Análisis

Un discurso para otra Monarquía

Al anunciar que piensa conceder interés especial a la tarea de escuchar y advertir, Felipe VI demuestra conocer muy bien cómo está España y qué piensan los españoles de las críticas circunstancias por las que atraviesa la nación.

Felipe VI, durante su discurso en el Congreso
Felipe VI, durante su discurso en el Congreso gtres

El pronunciado ayer por Felipe VI ante las Cortes Generales fue el discurso de un monarca parlamentario en un país tranquilo, democrático y ordenado, lo que no es precisamente el caso de España. Por eso sus palabras renovadoras tienen un valor inapreciable a la hora de enjuiciar el comienzo de su reinado. En ellas deja claro que es heredero de su padre, pero no es heredero ni de sus políticas ni de sus comportamientos, y ahí están las claves para pensar que nos encontramos ante el intento, puede que para muchos tardío, de renovar la Monarquía y de restablecer la dignidad de la jefatura del Estado. Dos empeños a los que hay que sumar el más importante de todos, cual es el deseo de regenerar la vida pública y erradicar la corrupción que se ha adueñado del entramado institucional, sin olvidar la empresa de la unidad de España, profundamente amenazada por causa de las políticas seguidas durante las cuatro décadas de esa Transición que parece cerrarse con el nuevo Rey.

Al anunciar que piensa conceder interés especial a la tarea de escuchar y advertir, Felipe VI demuestra conocer muy bien cómo está España y qué piensan los españoles de las críticas circunstancias por las que atraviesa la nación, lo que explica la referencia expresa a la independencia del Poder Judicial y a la necesidad de preservar la unidad de España, con leves gestos de distensión para Cataluña y el País Vasco, dos huesos duros de roer. La independencia judicial atañe, por supuesto, a los propios problemas de la Familia Real, pero sobre todo a las incontables corrupciones que han florecido por la falta de ejemplaridad demostrada en las alturas del poder. El Rey ha procurado decir lo que mucha gente piensa y casi todos callan: que en la conducta nada ejemplar de su padre ha estado el origen de la corrupción en cascada que, cual imparable metástasis, ha afectado estos años a casi todas las instituciones y a sus servidores, llevándose por delante valores tan tradicionales como la honestidad, el esfuerzo y el trabajo bien hecho. ¿Está decidido de verdad el joven monarca a cortar por lo sano con esa corrupción que durante décadas ha sido santo y seña del juancarlismo? Pronto lo sabremos.

El discurso de ayer contiene elementos de apertura y renovación que sin duda agradecerán españoles de todas las adscripciones ideológicas, hastiados del inmovilismo demostrado hasta ahora por la columna vertebral del sistema, la compuesta por los dos partidos mayoritarios con el apoyo de la oligarquía empresarial y financiera y de la mayoría de los medios de comunicación. Conviene, con todo, ser precavidos. Porque la bocanada de aire nuevo de ayer vino a coincidir con algunas decisiones inaceptables en términos democráticos, propias de ese conglomerado de poder proclive a la adulación cortesana, cual fue la decisión de prohibir símbolos o manifestaciones republicanas, medida que como poco cabe calificar de insólita y que en el fondo revela el poco aprecio por las libertades y la desconfianza que late en el ejercicio de la democracia. Son esos los cortesanos con los que, para empezar, tendrá que lidiar el Rey para limpiar la hojarasca y la herrumbre que han terminado provocando la abdicación de su padre.

Felipe VI no tiene tiempo que perder

El relato del discurso real, el ambiente institucional acartonado y frío –a pesar de los rigores del termómetro-, y el escaso fervor en las calles y plazas de Madrid, nos introducen en la cuestión capital del momento: ¿con qué apoyos cuenta el Felipe VI para hacer realidad los buenos propósitos enunciados en su discurso? La respuesta del cortesano de turno consistirá en decir que el 80% de las Cortes Generales respalda el relevo en la Corona y que el Gobierno cuenta con la mayoría absoluta en ellas, un argumento que, aunque formalmente cierto, no puede llevar a engaño a ninguna cabeza mínimamente amueblada: los apoyos del monarca se reducen en este momento al Gobierno Rajoy –aferrado a un inmovilismo atroz- y su partido, el PP, dado el hundimiento del otro partido dinástico, el PSOE. Las élites económico-financieras, la otra pata de los apoyos del Rey saliente, llevan tiempo convencidas de la necesidad de acometer reformas –está por ver si meramente cosméticas o no- para salvar el sistema, aunque sus discretas gestiones al respecto vienen chocando con la negativa radical del Ejecutivo a mover ficha. De los nacionalistas vascos y catalanes, destacados protagonistas de la Transición, poco puede esperar. Y ello en el horizonte de unas próximas generales que a finales de 2015, menos de año y medio mediante, preludian un Parlamento tan fragmentado como difícilmente gobernable.

Una papeleta, pues, muy complicada la del joven Rey, lo que debe espolear su imaginación en la búsqueda de soluciones al callejón sin salida en que se encuentra un país que, a la vuelta del verano, tendrá que hincarle el diente al desafío secesionista del nacionalismo catalán para abrir boca. Siempre hemos dicho que el debate ahora no está entre Monarquía o República, sino entre una democracia de calidad digna de tal nombre o el sucedáneo de democracia infectado de corrupción en el que vivimos desde hace tiempo. Felipe VI no tiene tiempo que perder. La Transición ha muerto y los españoles no van a seguir tolerando el espectáculo de un sistema de convivencia secuestrado por sus élites políticas. Urge reformar la Constitución, hacer efectiva la independencia judicial, abrir las listas electorales, refundar los partidos, separar lo público de lo privado, combatir a sangre y fuego la corrupción… En suma, urge abordar esa regeneración integral sin la cual es imposible imaginar un futuro en paz y prosperidad para los españoles. De la capacidad del joven Rey, de su talento para liberarse de las tutelas de los grupos de poder tradicionales y buscar nuevos apoyos y alianzas proclives a la modernización y democratización del país, dependerá su propio porvenir y el de esa monarquía nueva que pretende para España.


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