Análisis

La regeneración política: una historia de ingenuidad, egoísmo e impostura

En las sociedades donde impera la injusticia, hacer lo correcto no sólo no proporciona beneficios; implica también importantes riesgos. Por ello, la mayoría dedica sus esfuerzos a colocarse adecuadamente en el sistema, a alcanzar un lugar destacado en un partido o simplemente un privilegio; no a intentar cambiar las cosas.

Ateneo de Madrid
Ateneo de Madrid GFreihalter

El reloj de pared de la sala del Ateneo de Madrid marcaba las ocho y diez de la tarde cuando alguien alzó la voz y rogó silencio a los locuaces asistentes. Hubo de insistir varias veces antes de que cesara el murmullo. Allí se habían juntado personas dispares, heterogéneas, con inclinaciones políticas distintas. Pero todas habían acudido para un mismo fin: crear una red por la que propagar la necesidad de un profundo cambio. No se trataba de fundar un partido sino de promover en la sociedad civil, si tal cosa existía, un estado de opinión que forzara la regeneración política.

Tras año y medio de gobierno de Mariano Rajoy, ya se sabía que las reformas políticas prometidas no verían la luz en esa legislatura. Peor aún, resultaba evidente que las demás fuerzas políticas tampoco deseaban abrir el melón de las reformas. Los magnates de los medios no mostraban la menor intención de impulsar ese debate; mucho menos los intelectuales oficiales, que hacían de la falsa prudencia una excusa para solazarse en el régimen. O la regeneración fluía desde abajo, desde la intelectualidad media, o no brotaría en absoluto. Así pues, crear una corriente favorable a la transformación era el nexo de unión de aquellos personajes tan dispares.

Muchos acudieron al Ateneo para sondear el ambiente, esperando averiguar si detrás de esa “misteriosa” reunión había gente con posibles

Una reunión con sorpresa

Aquella tarde de otoño no faltaron las buenas palabras, los mejores deseos, los parabienes y las sonrisas de dentífrico. Pero, a pesar de las buenas intenciones y de aquel espléndido marco por el que habían pasado seis Presidentes de Gobierno y prácticamente todos los Premios Nobel españoles, no fue posible siquiera acordar un manifiesto conjunto. Aunque se suponía que más adelante la buena voluntad obraría el milagro, no sucedería tal cosa. Nunca habría un “más adelante”. En realidad, muchos acudieron al Ateneo para sondear el ambiente, esperando averiguar si detrás de esa “misteriosa” reunión había gente con posibles o, al menos, era un cónclave que contaba con el beneplácito de algún caballo blanco. Pero obtuvieron una respuesta desoladora: su cooperación no se sustanciaría en prebenda o ganancia alguna. No había intenciones ocultas, sólo altruismo.

Resuelto el misterio, las pegas se amontonaron, también las excusas. No hubo de transcurrir mucho tiempo para que las verdaderas motivaciones de cada cual salieran a la luz. La mayoría aspiraba a hacer carrera política u obtener ventajas por otras vías. Unos tenían echada la vista al partido VOX, que estaba a punto de crearse, con la esperanza de obtener algún escaño o concejalía. Otros se dirigieron a UPyD o a Ciudadanos, con el mismo propósito. De hecho, hubo quien rehusó asistir a la reunión alegando su desinterés por la política, para, al poco, entrar en UPyD por la puerta grande y, tras el hundimiento de la formación magenta, saltar en paracaídas a Ciudadanos, formación por la que hoy es diputado nacional. No mentía, la política le importaba una higa pero sentía una irresistible fascinación por los cargos. 

Otros decidieron acercarse a Podemos, en aquellos días en estado embrionario. Incluso alguno prefirió luchar por la "regeneración" desde Ausbanc y Manos Limpias, opciones que, hasta la fecha, se han mostrado las más "rentables". Los más honrados, simplemente regresaron por donde habían venido, de vuelta a su asociación de referencia, donde hoy continúan luchando, como por ejemplo la fundación Hay Derecho.

Según cuenta, el promotor del encuentro se quedó braceando en su ingenuidad, sin percatarse de su absoluta irrelevancia. No ofrecía prebendas... sólo ideas. No tenía detrás grupo de presión que le apoyase o banco que le avalase. No prometía ganancias o cargos, sólo sangre, sudor y lágrimas… y una causa. Nada que pudiera seducir a aquella inteligencia media con aspiraciones. Resultaban mucho más atractivos unos partidos recién creados que tenían en la  regeneración un mero eslogan... pero prometían proporcionar puestos e influencia.   

La medida de nuestro altruismo

Los intentos, todos fracasados, de crear corrientes regeneradoras tienen ya algunos años. La idea de que el Régimen del 78 había creado un sistema disfuncional, corrupto, ineficaz, esa percepción de que algo huele a podrido... y no precisamente en Dinamarca, es relativamente antigua. Pero gana impulso a partir de 2005 y 2006. Es en esos años cuando comienzan a aflorar corrientes regeneradoras que, liberadas de la tradicional dinámica partidista, critican el Régimen y abogan por un cambio profundo.

Al principio se unen a estos movimientos personas expulsadas del sistema, antiguos corruptos, cobradores o pagadores de comisiones

Al principio se unen a estos movimientos personas expulsadas del sistema, antiguos corruptos, cobradores o pagadores de comisiones, que habían quedado descolgados o represaliados por luchas intestinas en las tramas. Aun siendo sujetos nada fiables, aportaron infinidad de detalles sobre el funcionamiento de la corrupción organizada, del gigantesco Patio de Monipodio en que se había convertido la España política. Desaparecieron pronto buscando otros horizontes más prometedores pero dejaron una información muy valiosa para los que llegaban detrás.

La historia de la regeneración tiene importantes nombres propios: por edad y estatus en primer lugar Antonio García Trevijano, gran maestro de teoría política. En sus escritos denunció que el Régimen había devenido en una partidocracia sin separación de poderes. Lamentablemente, Trevijano nunca tuvo gran predicamento. No sólo es que los mass media le negaran el pan y la sal, también le faltó cercanía. Un ingrediente del que iba sobrado otro personaje, Enrique de Diego, que inició desde los micrófonos de la radio una crítica despiadada del Régimen, acuñando el término "casta política", del que más tarde se apropiaría Pablo Iglesias. De Diego provenía de las entrañas del sistema y poseía un vasto conocimiento de sus secretos y miserias. Pudo haber sido un personaje relevante en el movimiento regenerador pero su afán de protagonismo y falta de mesura lo malograron. También merece un lugar destacado en el azaroso devenir de la regeneración otro nombre propio: Jesús Cacho, que denunció, y denuncia, la arbitrariedad y la corrupción con piezas memorables, siendo el primero que destapó los inconfesables negocios de Juan Carlos. Su compromiso con el periodismo y la regeneración le llevó a fundar Vozpopuli.

Sin embargo, los movimientos regeneradores no han llegado a cuajar. Y no porque la gente no desee cambiar las cosas. La razón es más compleja. Lo explicó Mancur Olson en The Logic of Collective Action (1965). Dado que organizarse implica costes, el individuo sólo se movilizará si prevé que sus ganancias compensarán el esfuerzo. Desgraciadamente, aquellos movimientos que reportan importantes beneficios para el conjunto de la sociedad, suponen para cada individuo muchos costes: la participación en movilizaciones multitudinarias, mantenidas en el tiempo. Pero pocas ganancias personales pues los posibles logros se reparten entre toda la sociedad, incluso entre los que no tomaron parte. Existen muchos más incentivos para organizarse de forma corporativa, en pequeños grupos que presionan para obtener ventajas particulares inmediatas, sustanciales para cada individuo, siempre a costa del resto.

Las reformas políticas son imprescindibles pero muy costosas para quienes intentan impulsarlas de manera altruista. Este es el verdadero drama

El ocaso del sujeto individual

Por si fuera poco, en las sociedades donde impera la injusticia, hacer lo correcto no sólo no proporciona beneficios; implica también importantes riesgos. Por ello, la mayoría dedica sus esfuerzos a colocarse adecuadamente en el sistema, a alcanzar un lugar destacado en un partido o simplemente un privilegio; no a intentar cambiar las cosas. Casi todos los asistentes al Ateneo actuaban con esta lógica: eran perfectamente racionales pero francamente egoístas.

Además, no todos los que pregonan la regeneración lo hacen por motivos altruistas. El discurso sirve en ocasiones como disfraz, como estrategia de propaganda partidista o subterfugio para medrar y ascender en el escalafón. Las reformas políticas son imprescindibles para la sociedad pero muy costosas para quienes intentan impulsarlas de manera altruista. Este es el verdadero drama. Sólo la fuerza de las ideas, la convicción, la generosidad, los principios, son capaces de romper el círculo vicioso. Desgraciadamente todos estos valores se cotizan hoy muy a la baja: existe una tendencia psicológica que nos priva de la entereza necesaria para afrontar la adversidad.

Como señaló Claudio Magris, esta cultura de inspiración dionisíaca predica el ocaso del sujeto individual y la disociación de la identidad personal en el magma informe de los deseos momentáneos; la eliminación de los valores en favor de las necesidades. Esta pérdida de valores ha conducido a una sociedad blanda, extremadamente cobarde, inclinada al más exacerbado victimismo. A preguntarse siempre ¿qué nos va a pasar? y no ¿qué puedo hacer? En definitiva, una sociedad donde el altruismo y la solidaridad existen ficticiamente en la letra de la ley pero no en los corazones.


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