Análisis

¿Son políticos o saltimbanquis televisivos?

   

La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, en El Hormiguero
La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, en El Hormiguero Antena 3

Cuentan que Nerón se dedicó a tocar la lira mientras Roma ardía por los cuatro costados. O que los prohombres de Constantinopla discutían acaloradamente sobre el sexo de los ángeles mientras los sitiadores turcos derribaban las murallas de la ciudad. Pero los actuales líderes españoles parecen dispuestos a ir aún más lejos, a rizar el rizo del absurdo, y consumar el "más difícil todavía" en el lamentable circo de la pugna electoral. Acuciada España por unas circunstancias críticas, conducida a una situación especialmente grave y preocupante, nuestros políticos responden con actitudes mucho más frívolas que aquellas veleidades musicales o filosóficas de la antigüedad: dedican directamente sus esfuerzos a hacer el memo, el ganso y el majadero en cualquier programa televisivo que los admita. Compiten entre ellos por demostrar quién es más "cool" o cual está más "in". Por mostrarse extremadamente "chachi" y "guay". 

Transcurridos siete años de una crisis que ha puesto España patas arriba, que nos ha abocado a elegir entre cambio o catástrofe, reformismo o muerte, la campaña electoral más dramática de los últimos 40 años se ha convertido en un burdoreality show. En lugar de debates de ideas a la altura del envite, los partidos han decidido degradar a los candidatos a la categoría de participantes en un Sálvame de la política. O de concursantes en un particular Gran Hermano, el de la tele, no el de Orwell, que también, de no mediar algún milagro, tarde o temprano llegará. 

Los partidos han decidido degradar a los candidatos a la categoría de participantes en un

Sálvame de la política

Hacer zapping y toparse con Pedro Sánchez recostado en un sofá, con un colorido almohadón sobre la entrepierna, contando las intimidades propias de un adolescente poco cultivado; a Soraya Sáenz de Santamaría desmelenada, pretendiendo bailar como una “teenager; a Pablo Iglesiasrasgando las cuerdas de una guitarra en un infructuoso intento de imitar a Bob Dylan; a Albert Rivera actuando de copiloto en un rally, o a Mariano Rayoyejerciendo de locutor deportivo, una suerte de Matías Pratssenior, sin gafas oscuras ni gracia alguna, es lo que los gurús de la mercadotecnia llaman “cercanía”, cualidad a la que pretenden hacerse acreedores los padres de la patria, demostrándonos que también sienten y padecen, que respiran y transpiran como todos. 

Mueran las reformas y viva la telebasura

Algunas voces sensatas advierten del peligro de que este súbito exhibicionismo televisivo pueda estar desplazando al imprescindible análisis de nuestros graves problemas, al debate de ideas y la urgentísima búsqueda de soluciones. Corremos el riesgo de que la discusión sobre las reformas sea desechada en favor del entretenimiento, una actividad mucho más placentera y gratificante, al menos a corto plazo. Pero este efecto podría no ser tan involuntario. Tal vez, para los estrategas de los partidos, la banalización de la campaña no sea un efecto indeseado sino un objetivo deliberado. La auténtica meta. Se trataría de utilizar el espectáculo, la frivolidad, los detalles insustanciales y la tremenda potencia de la televisión para anular el debate de fondo. Para obtener votos fáciles, especialmente entre ese público televisivo, cómodo y poco cultivado, sin aventurarse en el comprometido terreno de las ideas. ¿En qué consiste esta estrategia engañosamente descerebrada? 

Gabriel Lenz y Chappell Lawson, profesores del Massachusetts Institute of Technology (MIT), muestran en un estudio que los sujetos políticamente poco informados tienden a votar basándose en la mera apariencia de los candidatos, atendiendo a detalles superficiales. Ese tipo de elector vota con mayor probabilidad a aquellos que les resultan más familiares, a los que ve con mayor frecuencia en la pantalla. Pero lo más interesante es que los individuos más analfabetos políticamente, aquellos con información más superficial, son precisamente los que más televisión consumen. Esto es así porque la pequeña pantalla ofrece imágenes pero anula los conceptos, las ideas. Atrofia la capacidad de abstracción, ese recurso a lo simbólico que sólo se expresa a través un lenguaje elaborado y complejo. Anquilosa el entendimiento, sustituyendo el conocimiento profundo por una visión superficial. Y fomenta en el televidente la actitud pasiva y la pereza intelectual. Con la televisión el cerebro se acostumbra a responder sólo a estímulos audiovisuales, imágenes aderezadas a lo sumo con un lenguaje burdo y primario. Y el sujeto acaba mostrando desinterés por los conceptos abstractos que son imprescindibles para el razonamiento. La pantalla ofrece al espectador la sensación de que está adquiriendo conocimientos, sabiduría pero la impresión es completamente engañosa. Ocurre justo lo contrario. 

Los jefes de campaña usan la televisión para pescar votos entre electores idiotizados

De la sonrisa forzada al exhibicionismo adolescente

A través de esos shows, de ese lenguaje sencillo y cercano, los jefes de campaña utilizan la televisión no como una potente y beneficiosa herramienta para transmitir ideas, para discutir propuestas con las que ganar el futuro, sino como medio para pescar votos entre electores idiotizados. No proponen políticas coherentes y sensatas; se limitan a lanzar al escenario a un candidato fotogénico, con discurso maniqueo, con frases emotivas o ingeniosas. O más sencillo aún: le animan a contar intimidades, a bailar como una adolescente, a aporrear una guitarra o a cantar los goles de su equipo favorito. 

Ya en 1988 Milan Kundera escribía que la risa es la más democrática de todas las apariencias del rostro. Nos diferenciamos unos de otros con nuestros rasgos inmóviles... pero en el espasmo somos todos iguales. Sería inconcebible un busto de Julio César riéndose a carcajadas. Sin embargo, hoy, hasta los presidentes norteamericanos parten hacia la eternidad ocultos tras el espasmo democrático de la sonrisa. El tiempo no ha pasado en balde. Ahora, además de sonreír, o reír, los candidatos han de desnudarse en público para demostrar que son contingentes como nosotros. Cualquier cosa antes que aventurarse en el exigente terreno de las ideas… y quedar en evidencia. 

Fue Karl Popper quien señaló que la televisión destruiría la democracia occidental. Y a lo peor estaba en lo cierto. Porque desde que la caja tonta tomó posesión de nuestros salones se ha producido una regresión en el proceso de comunicación humana. Ciertamente, pocos inventos tan interesantes han sido utilizados de forma más perversa. Pero de todos nosotros depende, querido lector, que no nos sigan tomando el pelo. Que ni Rajoy, ni Sánchez, ni Soraya, ni Iglesias son nuestros colegas lo comprobaremos el día siguiente de las elecciones generales, de eso podemos estar seguros. Es mucho lo que nos jugamos para tragar con cabriolas televisivas. España no se arreglará con confidencias de adolescentes, bailando, tocando la guitarra, pilotando un coche de rallyes o comentando un partido de fútbol. Nada tiene que ver todo eso con la capacidad para gobernar y abordar la reforma institucional pendiente.


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