Análisis

Siete días para matar o resucitar al PSOE

       

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE.
Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. efe

Las urnas se abrieron y desnudaron al PSOE. Descubrieron la huida de aliados. La pérdida de feeling con el caladero de la izquierda. Los jóvenes. El semillero que le aseguraba tocar pelo cada cuatro u ocho años. Porque el poder siempre regresaba como el bumerán tras su vuelo. Pero algo se rompió la noche del pasado 20D. El crujío de aquellos 90 diputados sonó a cambio de ciclo. Las placas tectónicas de los votantes de izquierdas no hacían sino seguir recolocándose. Un movimiento que aún no ha parado. Ferraz, o al menos la Ferraz que domina Pedro Sánchez, se puso las orejeras y optó por la huida hacia adelante. Poca autocrítica ante el peor (en aquellos momentos así lo era) resultado del PSOE en toda la historia de la democracia. Había que vender el éxito. Se había contenido el ‘sorpasso’ de Podemos y el PP, aunque vencedor, no disfrutaba tanto de la escena del balcón en Génova. Mal de muchos…

Algo se rompió en aquella noche del pasado 20D. La grieta sigue sin recomponerse. Más al contrario. Crece en altura y grosor. La hemorragia (de votos) se desbocó seis meses después. 85 diputados tras el cierre de urnas el pasado 26J. De nuevo, récord negativo. Nunca el PSOE tuvo menos representantes en el Congreso desde la vuelta de la Democracia. Pero, como sucedió en diciembre, en el retrovisor seguía estando Podemos y sus confluencias. Algo más cerca, eso sí. Pero en Ferraz se festejó haber sido capaces de contener al morlaco y poder lucir el título de ‘principal partido de la oposición’. Da igual que el partido esté a la deriva. En esa lenta muerte seguirá hasta que los socialistas opten por abrirse en canal, sacrificar a Pedro Sánchez, dar por acabadas sus cruzadas internas y poner orden desde la ideología.

Ideología y reflexión. Reflexión sobre la incapacidad de fidelizar el voto en las grandes ciudades y la falta de identificación de los jóvenes con el PSOE. Las buenas ideas que le quedan al PSOE cada vez tienen menos valor: carecen de audacia y, además, nadie se las cree, salvo los votantes acérrimos. Y Susana Díaz tiene difícil arreglar (si en algún momento se atreve a dar el paso) nada. La baronesa del sur se mueve entre sombras y despachos del Ibex haciéndose campaña. Vende que es la única cirujana capaz de extirpar el cáncer, pese a la sombra del caso de los EREs y su pérdida de votos a nivel autonómico. Bien es verdad que a los socialistas no les queda otra, porque la alternativa sería asumir la realidad e irse a casa. Lo cierto es que Susana sigue siendo fuerte en Andalucía, tierra del voto fiel, incluso ‘hooligan’, hacia el PSOE. Gente que, si el PSOE pacta con el PP, acabará justificándolo, aunque durante años hayan mirado a los populares como el rostro visible del diablo. Esos, también, son los votantes que le quedan al PSOE en el resto de España. 85 escaños que provienen de los que nunca cambiarán: sólo hay que ver cómo en los 80 apoyaban cosas que ahora tildan de populismo.

La lenta muerte seguirá hasta que los socialistas opten por abrirse en canal, sacrificar a Pedro Sánchez, dar por acabadas sus cruzadas internas y poner orden desde la ideología

Pero el huracán Susana también pierde fuerza. La petición de la Fiscalía de penas de prisión para el expresidente de la Junta andaluza José Antonio Griñán y de inhabilitación para su antecesor, Manuel Chaves, ha sido un duro golpe para Susana Díaz, exconsejera de Presidencia con el propio Griñán, el principal azote de Sánchez desde que fue elegido secretario general en julio de 2014. Si hasta hace pocos meses algunos dirigentes socialistas todavía veían a Díaz capaz de plantar cara al líder socialista y dar el salto a Madrid, ahora son minoría los que la consideran dispuesta a dejar la Junta e iniciar una nueva etapa política que arrancaría con el polémico apoyo a la investidura de otro candidato del PP diferente a Rajoy, preferiblemente Soraya Sáenz de Santamaría. Sin Susana al frente del timón, aseguran fuentes de Ferraz, y Alfredo Pérez Rubalcaba subido al puente de mando, el barco pilotado contra Sánchez tiene altas posibilidades de ir a la deriva.

Las debilidades estructurales se arrastran, al menos, desde 2011. Una de las principales es que el motor catalán se le haya gripado totalmente, que sea un partido que no es nada competitivo allí y sin ese espacio no puede volver a ganar en unas generales. Tiene el problema añadido de que la gestión de la crisis, a partir especialmente de 2010 y el giro que acometió Zapatero, no fue acompañado de un proceso de renovación que le permita levantar un cortafuegos entre lo que fue la gestión de entonces y la nueva etapa, sino que se mantuvo con la sucesión de Rubalcaba. Y el tercer problema fundamental es que por primera vez esa falta de renovación ha permitido que surja un partido que le ha ganado terrero en el espacio político de centro-izquierda. Esto no ocurría antes. Ni el PCE ni IU han supuesto una amenaza estructural para las bases electorales del PSOE. Ahora sin embargo sí que estamos en esa situación con Podemos. En ese contexto, la Ejecutiva Federal de los socialistas, los hombres de Sánchez en su mayoría, han destrozado cualquier estrategia de resurrección, actuando como la orquesta del Titanic, tocando bellas baladas de pactos, ora a izquierdas, ora a centro derecha, para distraer a militantes y votantes del paulatino hundimiento del socialismo español.

Los 'hombres de Sánchez' han destrozado cualquier estrategia de resurrección tocando bellas baladas de pactos a izquierda y a centro derecha

Este domingo, 25 de septiembre, la herida volvió a abrirse. Esta vez por el norte. Así tocaba en el calendario. Dos nuevos fracasos sonados en Galicia y País Vasco, territorios en los que no hace tanto gobernaban los socialistas. Algo impensable en estos momentos donde la actual dirección del PSOE ha logrado sumar los dos peores resultados de la historia del partido en estos territorios. Idoia Mendia, una baronesa cercana a Sánchez, se ha dejado siete escaños, ocho puntos y 86.760 votos frente a los que el PSE gozaba en la última legislatura. Cuarta fuerza. En Galicia, más de lo mismo. Cinco escaños, 3 puntos y 47.000 votos menos. Tercera fuerza. Las rácanas cifras esconden un puñal envenenado para Sánchez: en ambos territorios se confirmó el temible ‘sorpasso’ por parte de las marcas de Podemos (En Marea y Elkarrekin). En votos y escaños. Una doble argumentación difícil de sostener el próximo sábado ante los barones en el Comité Federal. Allí donde Sánchez pretende defender su idea de impulsar un gobierno alternativo para acabar con Rajoy. Otra huida hacia al abismo cuando al partido no hacen más que saltarle las costuras de norte a sur, de este a oeste.

En esas aguas turbulentas navega a la deriva un Sánchez que se dice admirador de Willy Brandt. En septiembre de 2015, el líder del PSOE aseguraba que el último libro que había leído eran las memorias del excanciller alemán. Meses después, está ante una encrucijada que le deja opciones: enfrentar nuevas elecciones -y correr el riesgo de la pasokización-, gobernar en coalición con el partido que le disputa el electorado de izquierdas (necesita que el Comité Federal le levante el veto del pasado febrero) o pactar con su tradicional antagonista político (PP). Su referente Brandt optó por la tercera en 1966, al abordar su particular disyuntiva: fue el número dos del centro derecha en un Gobierno de gran coalición. En la siguiente cita electoral, ganó y accedió a una cancillería que obraría en poder del SPD por un periodo de 13 años (1969-1982). Sánchez tiene siete días para matar o resucitar al PSOE.

@miguelalbacar


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