Análisis

España y corrupción: siempre que llueve, escampa

Parece que los españoles se acaban de enterar de que en España había corruptela para dar y tomar, lo cual puede ser considerado pecadillo venial en el caso de Juan Español, pero resulta pecado mortal sin paliativos en la clase periodística, la clase que estos días más exagera la nota.

El espectáculo roza la histeria colectiva. El simulacro de general indignación, el ruido de blusas rasgadas, el intento por ver quién dice la frase más rotunda, más redonda, más cargada de adjetivos cercanos a lo escatológico (“el hedor de la mierda” y por ahí) contra la corrupción, está alcanzando proporciones nunca vistas por estos pagos. Parece que los españoles se acaban de enterar de que en España había corruptela para dar y tomar, lo cual puede ser considerado pecadillo venial en el caso de Juan Español, dedicado como está a sus menesteres, pero resulta pecado mortal sin paliativos en la clase periodística, la clase que estos días más exagera la nota, más barullo arma en la carrera por ver quién gana los 100 metros lisos del epíteto más poliédrico contra la maldita corrupción. Se trata, en muchos casos, de ver quién mea más lejos.

Desde los lejanos días de Filesa e Ibercorp, quien esto suscribe ha sido consciente de que el ciudadano que ha querido saber ha sabido de sobra dónde le apretaba el zapato a esta democracia que salió voluntariosa de astillero, navegó ilusionada los primeros años y pronto empezó a enseñar por las costuras los errores de diseño cometidos por los llamados padres de la patria. Hubo tiempo de sobra para haber enmendado el rumbo, pero no se hizo. Lo que resulta llamativo es que hoy haya tanta gente en la tropa periodística que se dice escandalizada por el fenómeno de la corrupción, escandaloso que se haya dado cuenta ahora de lo que ocurría en este su país llamado España. Lo alucinante es que algunos, bastantes, de los que estos días se rasgan las vestiduras son tipos que hacen información (los menos) y escriben columnas de opinión (los más) y al mismo tiempo tienen un pie en la otra orilla, porque participan en gabinetes de comunicación, asesoran a empresas y/o empresarios y en definitiva, hacen negocios. Es decir, navegan en la misma barca de corrupción que dicen querer denunciar. Fariseos.

Algunos, bastantes, de los que estos días se rasgan las vestiduras son tipos que hacen información (los menos) y escriben columnas de opinión (los más) y al mismo tiempo tienen un pie en la otra orilla

Que la prensa, los medios de comunicación tienen, tenemos, una parte muy importante de culpa en la situación que ahora nos aflige es una verdad como un templo, aunque quizá no sea este el momento de abordar tal cuestión. Sí lo es el hecho insólito de que incluso algunos prebostes de nuestro sistema financiero participen en la procesión de plañideras a punto de ahogarse en la ola de basura que nos invade. Es el caso de un consejero delegado que, al parecer, ayer mismo dijo en público que “hay que echarse a la calle contra la corrupción”, como si el banco en el que trabaja se dedicara a hacer obras de caridad con la concesión de préstamos e hipotecas. Es un ejemplo que viene a poner de manifiesto la falta de mesura que mucha gente, muchos estamentos, están mostrando en esta hora crítica de España. ¿Está el establishment bancario dispuesto a echarse a la calle para asaltar el palacio de invierno, o es que aquí nos hemos vuelto todos locos?     

La corrupción existe desde siempre. En España y fuera de ella. Lo que hace falta es voluntad democrática para perseguirla y condenarla conforme a Ley. Reparemos en el caso de Italia, cuyo presidente de la República, Giorgio Napolitano, fue interrogado este martes como testigo en un juicio penal, un proceso que se desarrolla en Palermo sobre los presuntos manejos entre el Estado y la mafia. Eso es corrupción y lo demás, una broma. Les ahorro el relato de lo que sucede en Francia o en los USA con los sobornos municipales. El fenómeno nuevo en España -al margen de la peculiar desvergüenza exhibida por esos Granados que seguían a lo suyo, es decir, al trinque, cuando medio país estaba ya alzado en armas contra el latrocinio-, es que por primera vez lo sucedido ha llegado a los predios del español de a pie, ha alcanzado el mercado de abastos, ha tocado al ama de casa, ha subido por el andamio donde curra el obrero. Eso es lo nuevo, y es lo que convierte en trasversal el fenómeno de la protesta colectiva y lo dota de una fuerza de futuro desconocida hasta ahora.

Algún tipo de cirujano de hierro

Porque hasta ahora, más menos, el votante español no ha castigado la corrupción; a partir de ahora, sí. A partir de ahora nuestros partidos tendrán que atarse los machos, como se evidenció en las europeas del 25 de mayo pasado. La catarsis es imparable, y está por ver, como ya se dijo aquí hace escasas fechas, si la dirigen y encabezan los partidos –con estos bueyes hay que arar- beneficiarios del sistema, o la hacen directamente los ciudadanos entregando el poder, en un acto de suprema rebeldía, a algún tipo de cirujano de hierro dispuesto a cortar por lo sano. Esta es la gran incógnita española del momento. Sé que resulta en extremo difícil confiar en que quienes nos han traído hasta aquí chapoteando en el lodo vayan a ser capaces de limpiar la casa de arriba abajo para ofrecernos un edificio nuevo cargado de futuro, pero sería un grave error descartar esa posibilidad.

Hasta ahora, el votante español no ha castigado la corrupción; a partir de ahora, sí. A partir de ahora nuestros partidos tendrán que atarse los machos. La catarsis es imparable

De hecho las instituciones, mal que bien, están funcionando. La Agencia Tributaria está haciendo su trabajo, como lo están los jueces de la Audiencia Nacional, y las fuerzas y cuerpos de seguridad en sus distintas variantes. No hay noticia, al menos que se sepa, de que el Gobierno de la nación esté poniendo palos en la rueda de la Justicia, aunque sería deseable -en realidad estamos ante una demanda convertida ya en clamor- que nuestro sistema judicial fuera más eficiente y sobre todo más rápido, porque resulta inaceptable que en un caso como el de Gürtel, tras 6 años largos en el candelabro, ni siquiera tengamos indicios razonables sobre la fecha de apertura de juicio oral. Lo que nos lleva a puntualizar que no todas las culpas son del Gobierno, ¡porco Governo!, ni de la clase política.

Si la revolución no se hace desde dentro, si el saneamiento  integral de un sistema que ha llegado muerto hasta la piedra miliar de 2014 no se aborda de manera controlada, se hará desde fuera y es posible que por la fuerza: a través de las urnas, primero, y después ya veremos, siguiendo pautas muy estudiadas y detalladas en los libros de Historia. Serán siempre soluciones más caras y probablemente más dolorosas, porque en general estropean más de lo que arreglan. Soluciones basadas en la fórmula de “tratar de ayudar al pobre arruinando al rico”, que dijo Lincoln. El fracaso de las elites venezolanas, por citar un país de moda al respecto, a la hora de construir un Estado moderno digno de tal nombre trajo como consecuencia la llegada de Chávez. En el pecado, la penitencia. El régimen chavista no ha arreglado el desastre social que preside la vida de uno de los países más ricos del mundo, pero ha dañado gravemente muchas de las libertades básicas que distinguen a las democracias dignas de tal nombre. Los nuevos ricos del chavismo se lo siguen llevando a Miami como hacían los viejos ricachones de antaño.  

Políticos que corren como ratas asustadas

En esta hora en que los tambores de Calanda de quienes denuncian la corrupción apenas dan opción para algún tipo de reflexión serena, es el momento de pedir continencia a quienes deberían venir obligados a proponerla (empezando por esos diputados del PP y PSOE que estos días corren cual ratas asustadas, propagando todo tipo de rumores alarmistas, francamente afligidos ante la posibilidad de perder sus canonjías). Es cierto que ocasiones hay en la Historia en que los países, las naciones, los pueblos deciden pegarse un tiro en la sien, pero sería una locura que los españoles nos dejáramos arrastrar por una especie de excitación global capaz de hipotecar lo alcanzado hasta ahora. No es momento para ningún suicidio colectivo. Tampoco, creo yo, de abrir una causa general contra el sistema, y menos aún contra esos partidos a los que con tanta justicia se ha criticado aquí tantas veces.

Reconociendo la proverbial escasa memoria de los españoles para reflexionar sobre su pasado, tal vez no resulte ocioso recordar aquí y ahora que esta pobre y mancillada democracia nuestra, esta democracia imperfecta de la que disponemos, costó sangre, sudor y lágrimas de mucha gente, costó la vida de muchos españoles que se la dejaron en el empeño. Alguien dijo que “es una gran ironía que la prosperidad permita a la posteridad el lujo de olvidar su origen”. Nuestra obligación, por eso, es mejorarla, no arrojarla por el sumidero de lo superfluo, ni despeñarla por el barranco de las emociones colectivas desbocadas. Es la hora de la acción, pero también de la reflexión. De la templanza. Siempre que llueve, escampa. 


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