Análisis

Brasil: perder un Mundial no es tan grave como haber perdido el rumbo

Brasil está en la memoria de todo futbolero como la gran selección del arte y el divertimento. Los mayores virgueros, los pasadores, los dieces como rosquillas, grandes goleadores, el fútbol asociativo. Se asimila Brasil con la alegría en parte por la propia naturaleza del país, también por el rastro que quedó en nuestra memoria todo aquel pasado glorioso.

El caso es que la selección de Brasil ya no es eso, pero es peor aún, el fútbol en Brasil ya no es eso. El juego cicatero y fabril que ha exhibido el equipo de Scolari es consecuencia de un cambio en las últimas décadas hacia ese tipo de fútbol. Se aceptan las estrellas desequilibrantes y los curritos, entre medias no hay nada. Argentina, otra cantera interminable, vive una situación similar: el centrocampista creativo ha muerto.

Puede que el éxodo de jugadores a edad temprana haya acuciado el problema. Se buscan futbolistas que se puedan ensamblar en cualquier equipo para una función concreta. Neymar jugaría todas partes, pero también Thiago Silva o Garay son perfectamente asimilables a cualquier cultura futbolística. Cuando el objetivo es la venta rápida no se intenta que el jugador aprenda conceptos colectivos sino que pula sus virtudes individuales. Y lo que no se enseña en ciertas edades no cuaja más tarde. Es posible que un niño de 18 años sea más vistoso por sus regates y disparos, o por su percha y contundencia, que por conceptos colectivos, más aún cuando los equipos sudamericanos han optado desde hace tiempo por hacer poco trabajo en ese sentido.

Con ese caldo de cultivo no se puede esperar que años después las selecciones grandes jueguen como los ángeles. No hay máquina que funcione que no se proyecte como un todo, no como la suma de sus piezas.

En Europa el ritmo es el contrario. Alemania lleva una década jugando con los mismos conceptos en todas sus selecciones. Aunque alguno quiera atribuir la victoria a Guardiola todo esto llegó antes que él, no sólo en Alemania, también en España y en el Barça. El técnico, buenísimo, lo que mostró es que ese camino era el mejor para ganar, pero no lo construyó directamente.

El Barça, España o Alemania son producto de su formación. Hubiese sido imposible cualquiera de estas selecciones si no se tuviese en cuenta que Xavi, Iniesta, Xabi Alonso, Busquets, Götze, Schweinsteiger, Özil, Lahm, Kroos o incluso Khedira tienen una serie de lecciones colectivas asimiladas desde su formación. Obviamente entre ellos hay mejores y peores jugadores, ni siquiera comparten posiciones, pero todos gozan, de una manera u otra, de una educación futbolística que les obliga a pensar también en el colectivo. Italia, Inglaterra o Francia también lo están intentando. Tienen la ventaja de que a ellos no se les van a escapar los niños de 19 años, pueden esperar un poco más a la maduración y, consecuentemente, pueden incluir más conceptos en la formación. El objetivo no será generar dinero sino futbolistas completos.

Mientras el chiringuito siga montado así lo normal es que los equipos europeos sean año tras año más fuertes y acrecienten su ventaja en el tiempo. Ya son tres Mundiales consecutivos ganados por un continente que no vencía dos seguidos desde los años treinta. Cinco de los últimos seis finalistas. 9 de los 12 finalistas. Aunque no todo es negro para los exportadores: Rafinha es brasileño y como él cada día hay más jóvenes de esos países en las grandes canteras europeas.


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