Análisis

Metro de Madrid y el lobby gay

Aquí ha habido alguien que, por interés sindical o político, ha decidido usar un error humano a conveniencia, y se ha servido de la palabra prohibida para montar el circo.

Hace 14 años conocí a la persona que me acompaña en este mi viaje por la vida. Procedente de un pueblo perdido en La Mancha, llegó una tarde a la estación de Atocha de los años sesenta, con apenas 19 años y una gastada maleta a cuestas. Son muchas las veces que me ha contado cómo le impresionó aquella estación tan enorme, y cómo cambió su vida al llegar a Madrid.

Tuvo su primer contacto con otro hombre en un vagón de la Línea 2 del Metro: la excitación, el miedo a lo prohibido, los nervios a punto de estallar… Por primera vez sentía el tacto de otra piel contra la suya; por primera vez la materialización de las fantasías de ese mundo sumergido del que en la gran ciudad podría gozar, pero del que jamás podría hablar, un mundo que tendría que ocultar para siempre, pero en el que estaba decidido a vivir con dignidad hasta el final de sus días.

En aquellos años eras casi invisible. El contacto visual era la forma más común de “conocer gente”. Esa forma especial de mirar, de moverse, de volverse… En el imaginario colectivo estaban siempre presentes los lugares más apropiados para el ligoteo: el Retiro, las Ventas, la Línea 2 del Metro, los baños de Atocha, La Casa de Campo…

Son las estaciones de un calvario que comienza cuando descubres tu sexualidad y te lleva a recorrer lugares muy públicos y a la vez muy ocultos, no pocas veces sórdidos. Las reglas están claras: los que van buscando lo mismo que tú, se dan cuenta de inmediato. La discreción es siempre norma obligada, incluso la retirada silenciosa cuando la situación se complica. Quienes pertenecen al 'otro' mundo, apenas se enteran. Pasan por tu lado, abordan el mismo vagón, o entran en el mismo aseo sin percatarse de nada. Aunque a veces no. A veces hay gente que tuerce el gesto e incluso se apresura a denunciar la situación ante el organismo pertinente.

Tras muchos años de moverme por este particular mundo mío, puedo decir que no he tenido nunca ningún problema ni he oído a ningún amigo quejarse de haberlos tenido. Uno sabe que está obligado a ser discreto, y que cuando se aproxima un vigilante de seguridad o un policía, lo mejor es dar media vuelta y largarse. 'Ellos', las fuerzas de seguridad, saben que no tienen que intervenir, porque su sola presencia actúa de elemento disuasorio capaz de impedir el menor desmadre. 

Puedes estar treinta años haciendo tu trabajo de una forma más que digna, sin mácula, hasta que el día menos pensado se te ocurre incluir la dichosa palabra en un correo

Por fortuna, las cosas han cambiado mucho con el paso del tiempo. Es posible que las nuevas generaciones no tengan ya que acudir a esos lugares en los que se practica lo que en el argot llamamos cruising. Sigue habiendo, con todo, una generación perdida: la de aquellos que no fueron capaces de salir del armario, que no pudieron hacer la vida que soñaron, y que hoy siguen buscando la emoción de la caricia furtiva y esquiva, ese extraño cosquilleo que mi amigo manchego sintió hace 30 años al subirse al vagón de un tren de Metro.

¿Una discriminación de orden sexual?

Hace bastantes años que me gano la vida como trabajador de Metro de Madrid, el ente público que estos días es noticia por el correo electrónico en el que un responsable de seguridad instaba a incrementar la revisión de billetes a “mendigos”, “músicos”, y “homosexuales”. La palabra prohibida. Una cuestión que probablemente sea de orden público se ha transformado en una eventual discriminación de índole sexual. Un auténtico incendio, cuyo origen poco o muy poco tiene que ver con lo que se ha publicado estos días en muchos medios.

Metro de Madrid ha procedido como se espera que proceda en estos tiempos convulsos: cortando la cabeza del técnico o técnicos de seguridad que allí trabajan y que tuvieron la malhadada idea, seguramente sin maldad, de plasmar en un texto la palabra maldita. Un error por el que seguramente pierdan el puesto de trabajo en el que llevan muchos años luchando. La vida es así. Puedes estar treinta años levantándote a las seis de la mañana y haciendo tu trabajo de una forma más que digna, sin mácula, hasta que el día menos pensado se te ocurre incluir la dichosa palabra en un correo. Entonces, tus esfuerzos de años de desmoronan sin poder hacer nada por evitarlo.

Es una reacción en cadena: los medios de comunicación se apuntan a interpretaciones que, sacadas de contexto, poco o nada tienen que ver con la realidad de lo ocurrido; algunos recurren incluso a la mofa, y todo un colectivo se alza de pronto en armas, las manos a la cabeza, dispuesto a organizar la de Dios es Cristo. Me imagino la angustia de los pobres técnicos de seguridad del ente, su miedo ante la reacción de unos mandos dispuestos a parar en seco el escándalo y salvar su culo cortando las cabezas que sea menester: todo lo que proceda, antes que buscar la verdad: se trata de que una empresa tan 'política' como Metro salga del lío como el rayo de luz a través del cristal, sin romperlo ni mancharlo.

No importa los miles de correos que estos técnicos de seguridad hayan cursado a lo largo de los años, las argucias lingüísticas que hayan sido capaces de utilizar para decir sin decir, seguramente tantas como en su día se dieron en RENFE para erradicar el problema de los aseos de Atocha, tantas como se dan a la Policía para que patrulle sin que se note por las zonas de cruising. Ahora se han equivocado; ahora han tenido la mala fortuna de haber incluido la palabra maldita, porque realmente es difícil estar en todo, es complicado no meter la pata en una operativa en la que, en apenas un folio, es preciso incluir órdenes para un sin fin de estaciones y de realidades sociales.  

Pongamos un poco de cordura

Los destinatarios de la operativa que ha dado origen al conflicto, los propios vigilantes de seguridad, conocen de sobra el procedimiento, saben perfectamente cómo tratar a músicos, a mendigos y al resto de especies que pueblan la faz de la tierra, y es seguro que a todos tratan con el máximo respeto, haciendo que nos sintamos más seguros con su buen hacer. Pero es evidente que aquí ha habido alguien que, por interés sindical o político, ha decidido usar un error humano a conveniencia, y se ha servido de la palabra de marras para montar el circo.

Seguramente a partir de ahora los responsables de Metro pondrán todo el cuidado del mundo en la utilización de un lenguaje políticamente correcto, de modo que ningún músico, mendigo o lo que sea pueda sentirse ofendido. Pero pongamos un poco de cordura. Dejemos que los técnicos en seguridad sigan haciendo su trabajo, que los vigilantes continúen con su buen hacer y que los colectivos en defensa de lo suyo entiendan que todo esto ha sido un error, un simple error humano, y que convendría no hacer de ello una batalla sin sentido. No permitamos que de las luchas políticas, sindicales o periodísticas salgan perjudicados hombres y mujeres que llevan años haciendo bien su trabajo, pero que un día tuvieron la desgracia, cometieron el error de utilizar la 'palabra prohibida'.


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