Análisis

Los siete errores de Mariano Rajoy

Salvo que se confunda la política con las artes del disimulo no hay otro remedio que afrontar el resultado del 24-M como una censura muy de fondo al PP e, inevitablemente, a quien lo lidera.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto a varios de los dirigentes populares.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto a varios de los dirigentes populares. Europa Press

La espectacular catástrofe experimentada por el PP el pasado domingo no admite un análisis local, es un mensaje de fondo que expresa el descontento de muchos electores, de antiguos votantes del PP y de nuevos votantes de lo que sea, con tal de castigar al PP. Salvo que se confunda la política con las artes del disimulo no hay otro remedio que afrontar ese resultado como una censura muy de fondo al partido e, inevitablemente, a quien lo lidera. Es el precio de la política, una personalización, quizás excesiva, de los resultados, en la victoria y en la derrota. 

Desde la mayoría absoluta de noviembre de  2011 hasta hoy, el partido de Rajoy no ha hecho otra cosa que retroceder electoralmente

La pendiente resbaladiza

Hay muchas maneras de minimizar el resultado del pasado domingo, pero ninguna de ellas logra ocultar el hecho decisivo: que desde la mayoría absoluta de noviembre de  2011 hasta hoy, el partido de Rajoy no ha hecho otra cosa que retroceder electoralmente, llegando a su práctica desaparición en algunos distritos especialmente importantes para un partido que se pretende nacional. Encuesta tras encuesta, elección tras elección, el PP de Rajoy se precipita al abismo y nada indica que vaya a ser capaz de frenar ese vertiginoso desliz hacia la aniquilación de la gran fuerza política heredada de las manos de Aznar.

Rajoy, seis errores y uno a la espera

Se pueden enumerar de muchas maneras los despropósitos de la política de Rajoy, pero podrían quedar minimizados en su alcance si hubiese manera de evitar que cometa el que aún puede ahorrarnos. Vayamos, primero, a los que ya no tienen enmienda:

  1. Rajoy empezó por no entender el alcance de su mandato. Nadie ha tenido nunca un poder político mayor que el suyo frente a una izquierda tan desprestigiada como desmoralizada y con un electorado sobradamente consciente de que iban a ser necesarias reformas de calado, muy duras de soportar. En lugar de actuar consecuentemente con ese panorama, Rajoy se dedicó a poner paños calientes y olvidó puntos absolutamente esenciales de su programa, esperando obtener la comprensión de los electores por atenuar, supuestamente, los efectos más dolorosos de la medicina pendiente. A cambio, ha obtenido el desafecto de sus electores, la oposición radical de sus adversarios, que no habría sido mayor con medidas realmente sanadoras, y, lo que es peor, sin alterar el cuadro de fondo de la pésima situación heredada. 
  2. Rajoy ha desconocido lo que es la política entregándose a una especie de ideología de la gestión absolutamente inane e incapaz de convencer a nadie. Ha gastado ingentes energías en comunicar supuestas verdades de la macroeconomía, sin prestar la menor atención a la realidad cotidianamente percibida por todos, sin la menor sensibilidad, y tratando de convencer a quienes la soportan que se ha superado una crisis que sigue maltratando el consumo, el bienestar y las expectativas de millones de españoles. Ha presumido hasta la saciedad de haber evitado un rescate que pudo haber sido más beneficioso para el común, aunque hubiese sido letal para su ego.
  3. Ha despreciado el enfado de los electores con las conductas corruptas y ha mirado sistemáticamente para otra parte cuando era señalado por todas las evidencias como responsable político del caso más doloroso para sus votantes. Se ha excedido en sospechosas atenciones con los corruptos y, cuando ya no ha podido hacer más, ha pretendido presentarse como víctima de hechos en los que le ha cabido una responsabilidad indudable.
  4. Ha jugado a hacer reformas aparentes en materia de corrupción y trasparencia ignorando la poderosa demanda de renovación que emerge de la sociedad española. Pretende seguir gobernando su partido como un cortijo, ignorando que es su presidente, no su propietario, olvidando que el poder no le pertenece sino por delegación, y que las bases políticas de esa legitimidad se están resquebrajando de manera inexorable. 
  5. Ha pretendido convertir una singularidad de carácter, su impavidez, en una virtud política de alcance universal, cuando sus cuadros, sus electores y los ciudadanos estaban demandando una actitud no de prepotencia sino de comprensión, una determinación sincera de corregir unos defectos políticos a los que ha sido completamente insensible al refugiarse en una legitimidad que, aunque no se discuta, sólo podía llevarle a un bunker suicida en cualquier democracia, por imperfecta que sea.
  6. Ha dado por válidas e inmutables unas estructuras políticas manifiestamente sobresaturadas e ineficientes, unas oligarquías que sólo generan gasto público inútil y favores políticos. El personal al servicio de las administraciones, esto es, los libremente designados, sigue sin disminuir, y solo sirve para nutrir la troupe de palmeros que le halaga el gusto con el que nos conduce a la ruina.  

Tras transformar un partido mayoritario en un partido perdedor, Rajoy se apresta a consumar su labor inmolando al PP en el altar de una imagen supuestamente coherente y responsable

El último, pero no el menor

Esta envidiable tabla de aciertos está a punto de coronarse con una pifia colosal, que podría evitarse. Tras transformar un partido mayoritario en un partido perdedor, Rajoy se apresta a consumar su labor inmolando al PP en el altar de una imagen supuestamente coherente y responsable. Para ello bastará que persista en su insensato intento de encabezar la candidatura del PP a las próximas elecciones generales. Cualquier análisis imparcial descubrirá que en ese propósito hay más de ambición personal, o de miedo, que de interés patriótico o de partido. Rajoy se apresura a desperdiciar su última oportunidad de pasar a la historia de manera digna en la medida en que se empeñe en mantener su débil posición al frente del PP y no haga uso de la saludable costumbre democrática de dimitir, cuando se aprecia, sin el menor temor a equívoco, que ya no representa una oportunidad para los suyos, sino un lastre. No se trata de que abandone la presidencia del gobierno, sino de que reconozca que el partido necesita una renovación que él no ha sabido capitanear y convoque de manera inmediata el Congreso del PP, ya pasado de fecha según los Estatutos, para que escoja un nuevo presidente y un nuevo candidato, mientras él se dedica en cuerpo y alma a tratar de ultimar su labor de gobierno.

No bastará con eso, pero es absolutamente imprescindible hacerlo. Liberado ya de la carga de dirigir el partido, no vendría mal que pidiera disculpas por su insensibilidad frente a la corrupción, por su débil empeño reformista, por su excesiva acomodación a un ritmo cansino y pobre de hacer política. No sé si Rajoy está rodeado de pelotas que le gritan a todas horas que él es el mejor, pero sólo una soberbia desmedida puede ignorar el hecho de que sus compañeros de partido, sus electores y todos los españoles respirarán tranquilos el día que vean que ha comprendido cuál es su destino y se disponga, como cualquier persona decente, a hacer lo que le dicte el sentido del deber, a procurar que el PP se refunde, se desperece, se limpie y empiece a ser un partido de verdad, con debate, con tensiones, con limpieza y democracia interna, pero con capacidad de convencer a los españoles de que nuestros males tienen remedio, algo que Rajoy es ya completamente incapaz de hacer, por mucho que se empeñe en apuntarse los méritos que, pese a su repetitiva retórica, se deben, sobre todo, al bajo precio del petróleo y a la mano suelta del BCE. Le queda bastante menos de un mes para hacer lo único que le cabe con audacia y con acierto. ¡Dios le ilumine, falta nos hace!


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