Análisis

La muerte aceptada de Luis de Guindos

El ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos.
El ministro de Economía en funciones, Luis de Guindos. EFE

Echarme las manos a la cabeza. Fue mi primera reacción al enterarme del nombramiento del exministro José Manuel Soria para cubrir plaza de director ejecutivo en el Banco Mundial (BM) como representante de España. El más difícil todavía. Un wasap remitido por un amigo con sentido común y olfato político bastante resumía el sentimiento, a caballo entre la indignación y la sorpresa, que embargaba a una mayoría de españoles: “Mariano Rajoy ya no sabe qué hacer para ahuyentar a sus votantes y humillar a sus militantes”. En efecto, ahuyentar a sus votantes y humillar a sus militantes. Cuando el PP y el propio Rajoy acababan de firmar un pacto anticorrupción con Ciudadanos, que el partido y su líder indiscutido decidan premiar con un traje a la medida a un ministro que ha salido por la puerta de atrás del Gobierno tras haber sido pillado con cuentas en paraísos fiscales y haberlo negado, no puede ser considerado más que como una demostración clara del escaso respeto que ambos, PP y Rajoy, sienten por sus votantes y militantes, dando por sentado que ignoran al resto de españoles que no les votan. 

Demostración palmaria, también, de que a Mariano Rajoy le preocupa más bien poco la corrupción y la necesidad de regeneración democrática. Mariano está en otra cosa. Ha estado y está en gestionar el aparato del Estado de forma aseada, sin sobresaltos, a ser posible sin cambio alguno o apenas con los imprescindibles, convencido de que un cierto grado de corrupción es, pelillos a la mar, asunto más que tolerable, insuficiente para quitar el sueño a prócer de semejante gálibo,  decidido al final del camino, cuanto más tarde mejor, a entregar la estafeta a su sucesor en las mejores condiciones posibles. Mediocridad, resignación, falta de escrúpulos y cuajo suficiente para navegar con desenfado por las aguas sucias de la corrupción. Es evidente que Luis de Guindos jamás hubiera procedido a dar el plácet a su amigo Soria sin antes haber recibido la oportuna instrucción, o por lo menos el visto bueno, del presidente en funciones, razón por la cual no deja de asombrar la quietud, la resignación con la que el titular de Economía ha decidido comerse este “marrón”, dispuesto a poner su cabeza en la guillotina para salvar la testa del auténtico responsable de este atropello, uno más, que no es otro que Mariano Rajoy Brei.

De Guindos ha quemado sus naves para seguir siendo ministro en otro eventual Gobierno Rajoy y lo ha hecho de forma consciente. Ha querido hacerlo

De Guindos ha quemado sus naves para seguir siendo ministro en otro eventual Gobierno Rajoy y lo ha hecho de forma consciente. Ha querido hacerlo. La muerte aceptada de Luis de Guindos. Hace tiempo que el aludido viene reafirmando en su entorno familiar y amical su decisión de dejar el Gobierno y abandonar la política “aunque caigan chuzos de punta”. De hecho, quienes le conocen bien aseguran que se le están haciendo muy cuesta arriba estos casi 10 meses en “funciones”, y ello a pesar de que las cosas van bien, a pesar de que la economía sigue creciendo a buen ritmo y de que España, en la peor de las crisis políticas de su reciente historia, ha logrado esquivar ese accidente desgraciado, cualquier gran “accidente”, capaz de dar al traste con todo, incluida la economía. De la decisión de dejar la política sólo podría apartarle, aseguran sus próximos, una petición expresa del gran  Mariano motivada por circunstancias excepcionales, petición reforzada, además, con su nombramiento como vicepresidente económico de cualquier eventual futuro Gobierno.

El “fuego amigo” que ha tumbado a Luis de Guindos

Esa es la posibilidad que cree haber cegado, frenado en seco, ese "fuego amigo" que en las filas del propio PP consideran ha resultado decisivo para cargarse cualquier opción futura del aludido en política. Una posibilidad muy lejana, desde luego, que no son pocos los que creen que tanto su protagonismo en el caso Soria, como la publicación del libro que este miércoles se presenta en Madrid, no son sino decisiones conscientes del propio interesado para hacer imposible esa continuidad. El fuego amigo, claro está, procede de Moncloa, el castillo encantado do mora la "muñeca asesina", la mujer que maneja los hilos y sigue jugando sus cartas, impoluta en los medios de comunicación, con el CNI a su servicio, con el apoyo del ministro de Hacienda, del cuerpo de abogados del Estado, de los hermanos Nadal, y de las televisiones que manejan espurios intereses italianos. La "muñeca" quiere que Cristóbal Montoro sea el vicepresidente económico de su Gobierno, del Gobierno Soraya, y que Álvaro Nadal sea su ministro de Economía. Todo el poder para la "muñeca", salvo que un Rajoy muy tocado, muy disminuido, más débil que nunca, sea capaz en un desconocido gesto de gallardía de dar un puñetazo en la mesa.

Así están las cosas en los dos partidos históricos. Guerra civil abierta en el PSOE, y guerra civil soterrada en el PP. Solo el Poder, siquiera en funciones, mantiene artificialmente unidas las piezas de un partido que está roto

Así están las cosas en los dos partidos históricos. Guerra civil abierta en el PSOE, y guerra civil soterrada en el PP. Solo el Poder, siquiera en funciones, mantiene artificialmente unidas las piezas de un partido que está roto. En estas circunstancias, los esfuerzos desplegados este martes por De Guindos para tratar de convencer al respetable de que el nombramiento de Soria fue una cuestión técnica desprovista de cualquier connotación política resultaron vanos y no exentos de un cierto patetismo. Si todo fue tan correcto, si el procedimiento fue tan limpio, ¿por qué pidió la renuncia de Soria después de nombrarle? Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Como la mujer del César, Soria no solo debía ser idóneo, sino parecerlo. Buen dialéctico, el titular de Economía se defendió con ardor, dando la sensación de creerse lo que decía. Esfuerzo vano: las evidencias en contra son tan potentes, la falta de credibilidad de este Gobierno tan obvia, que ni el mejor orador del mundo hubiera logrado convencer a las bancadas de la oposición que lo de José Manuel Soria no fue una cacicada inaceptable, con la que ha caído, con la que sigue cayendo, en términos de salud democrática.

De Guindos perdió los barcos, pero salvó la honra. La suya personal. No acabó convertido en el picadillo que secretamente aguardaban algunos en las zahúrdas monclovitas. Claro que hoy saldrá Mariano a la palestra para, en la presentación de ese “España amenazada” que el ministro ha escrito al alimón con Concha Martín, arroparlo y agradecerle los servicios prestados, bien, Luis, bien, te has batido como los buenos, te has comido un “marrón” del que yo soy primer responsable, y me has prestado con ello un servicio que jamás podré agradecerte. Mariano sigue dejando cadáveres por las cunetas del PP, y España sigue estando seriamente amenazada por políticos que a su cobardía congénita unen la falta de esa dosis de grandeza necesaria para echarse a un lado y permitir a todo un país caminar hacia el futuro.


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