Análisis

Zapatero o la contumacia del necio

Zapatero pertenece a ese tipo de políticos, demasiado común en España, que no sólo ignora las complejas interacciones políticas y sociales... tampoco le interesa conocerlas. Una caterva que se mueve en el terreno de los lemas, en la infantil dimensión del bueno o malo sin matices, esa visión maniquea que desconoce la explicación de las causas profundas.

José Luis Rodríguez Zapatero junto a su ex ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos.
José Luis Rodríguez Zapatero junto a su ex ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos. EFE

En una reciente entrevista al diario La Vanguardia , más dirigida a adictos a las consignas, a ese público entusiasta de las simplezas, de la telebasura, que a lectores críticos, con capacidad de raciocinio, el expresidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha reafirmado en las bondades del Estatuto de Cataluña de 2006, ése que él mismo impulsó. Y ha expuesto las soluciones infalibles para superar el presente reto independentista. Afirma haber descubierto el remedio definitivo, el milagroso parche Sor Virginia que salvará a España de la peligrosa deriva que conduce a la desintegración. Su gran invento del TBO, la moderna piedra filosofal, consiste en regresar al Estatuto que desestimó el Tribunal Constitucional y conceder a Cataluña el reconocimiento de "Comunidad Nacional", un término más propio de las películas de Berlanga que de un pensamiento político con un mínimo de seriedad y profundidad.

Zapatero no generó el problema independentista en Cataluña pero, con su denodada estulticia, aceleró notablemente un proceso que avanzaba lentamente desde la Transición

El ex presidente del gobierno pertenece a ese tipo de políticos, demasiado común en España, que no sólo ignora las complejas interacciones políticas y sociales... tampoco le interesa conocerlas. Una caterva que se mueve en el terreno de los lemas, en la infantil dimensión del bueno o malo sin matices, esa visión maniquea que desconoce la explicación de las causas profundas. Zapatero, como hombre de partido, continuó la acostumbrada línea de acción política en España, que consiste en crear un problema... para aplicar la solución equivocada. Y siempre para justificar un incremento presupuestario, un descontrolado crecimiento de la administración en beneficio de las oligarquías y las élites, nunca del ciudadano de a pie.

Zapatero no generó el problema independentista en Cataluña pero, con su denodada estulticia, aceleró notablemente un proceso que avanzaba lentamente desde la Transición. La semilla de la desintegración estaba sembrada en un sistema autonómico caótico, completamente abierto, con rumbo y destino imprecisos, al albur de apaños, componendas e intercambios de favores entre políticos. La descentralización descontrolada y sin límite en un entorno político esencialmente corrupto, sin adecuados controles sobre el poder, dio alas al secesionismo, estimulando a ciertas oligarquías locales que vieron ahí la oportunidad de incrementar su poder, sus ingresos ilegales y, por supuesto, de alcanzar la impunidad definitiva. 

Zapatero comparte esas tesis nacionalistas que explican el independentismo como una reacción ante las traiciones

Los nacionalistas catalanes siempre fueron secesionistas

Zapatero comparte esas tesis nacionalistas que explican el independentismo como una reacción ante las traiciones, desprecios y maltratos del gobierno de España, entre ellas el fallo del Tribunal Constitucional declarando nulos algunos aspectos del Estatuto de 2006. Pero se trata de meras excusas, señuelos para justificar un plan trazado desde hace décadas. Los nacionalistas catalanes no son secesionistas sobrevenidos. Sus ansias de ruptura no surgen de supuestos ultrajes o afrentas: la independencia fue, desde el principio, su meta final. Pero fueron pacientes. Aceptaron el sistema autonómico como medio para alcanzar sus objetivos últimos, una vía que proporcionaría ingentes recursos para ir convenciendo, lavando el cerebro, a unos ciudadanos que, en su inmensa mayoría, no compartían tales metas.

Los nacionalistas utilizaron el sistema educativo y los medios de comunicación para inocular odios y recelos hacia los vecinos. Crearon un enemigo exterior contra el que definirse, alguien a quien traspasar los defectos, la culpa de todos los males. Impulsaron una política lingüística cuyo principal objetivo no era fomentar el catalán sino erradicar el castellano. Colocaron en su órbita de intercambio de favores a muchos empresarios y asociaciones subvencionadas. Durante décadas, por la vía de los hechos consumados, a base de no cumplir leyes o sentencias, y ante la desidia de gobiernos y tribunales, disfrutaron de una autonomía muy superior a la que contemplaban las leyes.

Paso a paso, el nacionalismo catalán consiguió siempre sus propósitos, ganó todos los pulsos planteados al gobierno central. Su fuerza residía en ser el fiel de la balanza, esa minoría necesaria para formar gobiernos, pero también en poseer una estrategia de largo plazo frente al planteamiento cortoplacista de muchos políticos nacionales que, aun sabiendo que el proceso conduciría finalmente a tensiones secesionistas, vieron en ello un problema lejano en el tiempo. Ya lidiarían otros ese toro. Ellos se encontrarían ya jubilados, disfrutando de los fondos sustraídos en algún paraíso fiscal.  

Su falta de perspicacia le llevó a tragarse la propaganda franquista, esa que identificaba España con el Caudillo

Zapatero se tragó la propaganda franquista

Pero apareció el inefable José Luis, que unía la miopía y el oportunismo a una inconmensurable necedad, tanta como para creerse a pies juntillas consignas y dogmas. Ahora resultaba que la causa del independentismo estaba en... una sentencia del Tribunal Constitucional. Su falta de perspicacia le llevó a tragarse la propaganda franquista, esa que identificaba España con el Caudillo. Y aplicar un razonamiento simplista, propio de un limitado entendimiento: si Franco era malo; España también, "un concepto discutido y discutible". Con un mero repaso de la historia habría averiguado que la idea de España no la inventó el dictador, que su existencia como nación es muy anterior incluso al nacimiento de Franco. Pero su ignorancia y sectarismo le impulsaron a intentar remediar la enfermedad secesionista administrando dosis muy superiores del veneno que la había causado: aplicando una descentralización mucho más radical. Y las consecuencias están a la vista.

Resolver el problema territorial significa abordarlo con un enfoque que prime los intereses de ciudadanos y contribuyentes, no los de esos caciques que salpican cada rincón de España. Implica cerrar el proceso autonómico, asignando las competencias de manera racional, con criterio de eficacia y economía en la prestación de los servicios. En contra de lo que pregonan los políticos, a los ciudadanos normales les importa un comino cuál sea la administración que gestiona un servicio mientras éste se preste de manera eficiente y barata. Pero, ya se sabe, hay personajes, como Zapatero, que ni rectifican ni aprenden, cuyo objetivo vital es revolcarse en el error. Tras acelerar el proceso independentista, y adelantarlo probablemente una década, ahora el obcecado José Luis, inasequible al desaliento, pretende apagar el fuego aferrándose a los mismos dogmas: aplicando otro generoso chorro de la misma gasolina que lo inició.


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