Análisis

Es la sociedad catalana la que necesita ser refundada

A Juan Rosell le ha sorprendido mucho lo de Pujol. El presidente de CEOE se acaba de caer del guindo, porque ser rico, ser culto, ser de Barcelona, ser empresario y enterarse ahora del depurado trilerismo de los Pujol es de nota. Son muchos los catalanes con posibles que estos días se rasgan las vestiduras por el Paseo de Gracia diciendo aquello de “jo no sabia res, ¡com ha pogut passar això!”.

A Juan Rosell le ha sorprendido mucho la carta que el viernes, a modo de últimas voluntades, Jordi Pujol i Soley envió a la prensa catalana diciendo que durante un porrón de años se comportó como un chico malo, afanando dinero en paraísos fiscales y engañando a Hacienda, mientras con su cayado de Moisés conducía, melena al viento, al honesto pueblo catalán por los desiertos de Hispania camino de la tierra prometida de la independencia. El presidente de la CEOE, siglas que responden al nombre de Confederación Española de Organizaciones Empresariales, dijo ayer, avec una naïveté qui frise l’héroïsme, lo siguiente: “Que de un día para otro se te caiga esta referencia, realmente es duro”. Y se supone que además lo dijo compungido.

De lo que podría colegirse que Rosell se acaba de caer del guindo y se ha metido una costalada de no te menees, porque ser rico, ser culto, ser de Barcelona, ser empresario, haber sido presidente de Foment del Treball y enterarse ahora del depurado trilerismo de los Pujol es de nota. De hacérselo mirar. Su caso no es único. Ya dijo George Orwell, autor del “Homenaje a Cataluña” que “los nacionalistas no sólo no condenan las malas acciones realizadas por su bando, sino que tienen una increíble capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas”. Y es verdad, porque son muchos los catalanes con posibles que estos días se rasgan las vestiduras por el Paseo de Gracia diciendo aquello de “jo no sabia res, ¡com ha pogut passar això!”. Y aquí solo caben dos vías de pensamiento: o Rosell es un cínico consumado, posibilidad que prefiero ignorar porque hace tiempo que le conozco y le aprecio, o está y ha estado siempre muy mal informado, lo cual es preocupante en el empresario que ahora dirige los destinos de la patronal española.

Como representante de los emprendedores catalanes durante años, Rosell tiene, tenía que estar al cabo de la calle de que en Barcelona y Cataluña no era posible hacer un negocio u obtener un contrato sin pagar la correspondiente mordida, sin abonar comisión, sin soltar una panoja que en apariencia iba para financiar a CiU y que, por lo visto, oído y sabido iba también a engrosar las arcas de la numerosa prole del matrimonio Pujol-Ferrusola. No había otra forma de hacer negocios en Barcelona y alrededores, y Rosell y los infinitos Rosells de Cataluña lo saben, lo sabían.

A mediados de los noventa, la filial española de la alemana Osram ganó un concurso para cambiar la iluminación de Metro de Madrid. Habían salido al mercado unos nuevos tubos fluorescentes que ahorraban una importante cantidad de energía en una red de estaciones iluminada las 24 horas del día. La operación de recambio, por importe de unos 500 millones de pesetas, se llevó a cabo en la capital sin más contratiempo. Metro de Barcelona quiso también apuntarse a la idea, pero en plena negociación surgió un obstáculo. Alguien planteó que el contrato no podía firmarse directamente entre proveedor y cliente, y que era necesario meter a una empresa pantalla de por medio que sería la firmante del mismo. A más a más, que dirían en el Ampurdán, Osram tenía que incrementar el precio de la operación en un 20%, porcentaje que posteriormente sería redirigido a dicha empresa fantasma y en metálico, ojo, en metálico. Los alemanes, que entonces andaban metidos hasta el cuello en el escándalo de las comisiones de Siemens, holding al que pertenece Osram, rechazaron la pretensión.

Todo el mundo supo siempre

Son hechos. Miquel Roca Junyent, autoproclamado “padre” de la Constitución y ahora acendrado independentista, además de defensor de hija y hermana de reyes de España, viajó un día a Madrid muy cabreado para chivarse ante José Luis Corcuera, ministro del Interior entre julio de 1988 y noviembre de 1993, con el relato prolijo y escandalizado del “negocio” que los hijos del molt honorable, con mención especial para Jordi Pujol Ferrusola, habían montado en Cataluña con el cobro de comisiones sobre todo lo que se movía. Roca sangraba por la herida del nombramiento, por aquel entonces, del susodicho como hereu oficial de la dinastía Pujol y por tanto príncipe de la futura Catalunya independiente. Cuando don Jordi se enteró de la visita a Madrid, afeó muy malamente el comportamiento del abogado, pero pronto llegaron a un acuerdo: Roca negaría la mayor y callaría para siempre, a cambio de que los Ayuntamientos controlados por CiU, que eran casi todos, direccionaran los asuntos legales hacia el imponente despacho que el letrado había decidido abrir en Barcelona, tras ver truncada su carrera política.

Todo el mundo sabía. Todo el mundo supo siempre. Cualquier empresario catalán con negocios en Madrid estaba al corriente de que para hacer avanzar un recurso en un ministerio, un concurso, un negocio en la capital del Reino era muy recomendable acudir a la delegación de CiU y ponerse en manos de determinados parlamentarios de ese partido político, porque CiU operaba en Madrid como una eficacísima gestoría de asuntos varios. Sorprende, por eso, que los Rosell de este mundo se manifiesten ahora perplejos ante el destape de don Jordi: “Los que hemos vivido tantos años en la era pujolista todavía no lo acabamos de entender. Ha sido una referencia para muchas cosas y que de un día para otro se te caiga esa referencia realmente es duro”, ha añadido. ¿Referencia, para qué…?

Oigo estos días decir por naves y colmados que CiU necesita ser refundado y no estoy de acuerdo en absoluto, porque lo que de verdad necesita ser refundada es la sociedad catalana entera, esa sociedad donde el único discurso imperante ha sido, sigue siendo, el nacionalista y donde el discrepante, excluido y arrinconado, es condenado a una suerte de muerte civil. El nacionalismo ha construido en Cataluña una sociedad en cierto modo enferma, sociedad encerrada en sí misma que, recelosa de la libertad (alguien dijo que “la patria no es el lugar donde se nace, sino donde se es libre”) necesita refugiarse en el grupo; una sociedad sumisa, proclive a seguir los cantos de sirena de unos predicadores de la política que han ido endureciendo su discurso conforme aumentaban sus problemas con la Justicia; una sociedad que, perpleja tras la autoinculpación del honorable, se niega a asumir la realidad y, sobre todo, a tomar las medidas necesarias para sanearla.

La dignidad del paso erguido del hombre

Es el universo nacionalista catalán el que necesita hacer examen de conciencia para, renunciando de una vez por todas al silencio cómplice, el silencio de los corderos, llamar a las cosas por su nombre y decir bien alto y claro que la conducta de Jordi Pujol i Soley es una golfada inaceptable en términos democráticos, y que ya es hora de obrar en consecuencia, ya es hora de que esa tropa ensimismada se lo haga mirar e inicie un camino de regeneración por la senda de la libertad individual (“la dignidad de la andadura vertical y del paso erguido del hombre” que decía Bloch), del individuo en lugar del grupo, la persona en lugar de la tribu, que es la única senda que una sociedad libre y adulta, liberal, puede transitar, esa senda, en fin, que “el nacionalismo no duda en sacrificar a las necesidades imperativas de la construcción nacional”, en ajustada opinión de Lord Acton.

Parodiando una frase de Cambó, ministro de Fomento y Hacienda entre 1918 y 1922, referida a aquel pirata de cuello blanco que fue Juan March, cabría decir que “el caso Pujol ha sido el más escandaloso que ha habido en el mundo”, porque, habiéndolo tenido todo para practicar la virtud, ha preferido entregarse al engaño; habiendo mandado en Cataluña a su antojo, ha contribuido a hacer realidad una sociedad reñida con la razón y esclava de la emoción, predicando el discurso de la ruptura, la separación y el odio, en línea con aquella frase del gran Thomas Mann según la cual “los enemigos proporcionan sentimiento de identidad porque, a quien no sabe exactamente para qué está en este mundo, ya le viene bien saber, al menos, en contra de quién está”. Siempre hemos dicho aquí que lo que Cataluña -y el resto de España, por supuesto-, necesita y necesitaba no era más autonomía ni más autogobierno, sino menos corrupción y más calidad democrática. Más libertad. El calamitoso destape de Jordi Pujol del pasado viernes, no hace sino reafirmar esta verdad elemental.


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