Análisis

Un discurso del que no quedará rastro en una semana

    

Pedro Sánchez, en la sesión de investidura.
Pedro Sánchez, en la sesión de investidura. EFE

Tras una hora y 36 minutos de discurso, Juan Español se vio ayer asaltado por la sensación de tiempo perdido, de que España y los españoles han avanzado poco, casi nada, y de que todo sigue en el mismo pantano teatral y declarativo en que el país quedó varado tras las generales de diciembre pasado. No fue el discurso creíble de un candidato a la investidura igualmente creíble. Más bien un mitin electoral en toda regla y con la mayor cobertura mediática imaginable. Un mitin electoral con la vista puesta en las generales del 26 de junio. Un relato agotador en el que salieron a relucir los síntomas de deterioro acumulado por un partido que hace tiempo perdió cualquier referencia ideológica y que, sin rumbo fijo desde los años noventa, se dedica a deambular por el presupuesto –como su contraparte, el Partido Popular- sin más ánimo que el usufructo del poder.

Un mitin plagado de eslóganes, de lugares comunes (con el “cambio” encabezando todas las listas), de medias verdades o de embustes flagrantes. Un agotador ejercicio de palabrería pronunciado en el mismo tono de grandilocuente énfasis. Porque, seamos serios: la gravedad de la crisis política por la que atraviesa España, enmarcada por el final de ciclo de la Transición y la ausencia de un proyecto de futuro ilusionante para los próximos 30 o 40 años, demanda, hubiera reclamado de un aspirante a la presidencia con talento suficiente, cultura bastante, generosidad manifiesta y desprendido patriotismo, un diagnóstico tan certero como descarnado de la situación, primero, un perfil más o menos detallado del punto de destino al cual pretende llevarnos, segundo, y una descripción de la nave –los pactos o acuerdos pertinentes- con la que usted quiere realizar la travesía hacia la ansiada meta, tercero y último.   

Los primero que debería hacer cualquier candidato del PSOE es desprenderse de ese tufo de confrontación, subliminalmente presente en el discurso de Sánchez

Nada de esto se detectó ayer en la torrencial palabrería vacua del candidato socialista. Sin olvidar, tal vez, lo más importante: que para acometer la tarea de convencer al país de la necesidad de unos nuevos grandes Pactos de la Moncloa o como se les quiera llamar, lo primero que debería hacer cualquier eventual candidato de la cuadra PSOE, después de presentar disculpas por la herencia Zapatero, es desprenderse de una vez por todas de ese tufo de confrontación, subliminalmente presente en muchas partes del discurso de ayer- contra la derecha política que siguen despidiendo las sentinas de un partido que no acaba de aceptar el statu quo, un socialismo que piensa que el Gobierno de la nación le corresponde por determinación divina, que no termina de enterrar el sectarismo de buenos y malos, no ha interiorizado aún aquella reconciliación que ya estaba en boca de millones de españoles los últimos días de Franco, no acaba de firmar la paz con España, no sabe qué hacer con España, no termina de amarla.

Usted, señor Sánchez, puede excluir por apestado, y probablemente con toda la razón, a Mariano Rajoy de sus eventuales pactos, pero ya es mucho más cuestionable que pretenda marginar al PP, y desde luego es indefendible que insinúe siquiera dar la espalda, cerrar las puertas del futuro a la media España que vota y siente en centro derecha, una España que, por cierto, comparte los mismos o muy parecidos valores que gran parte de la militancia y los votantes socialistas. Son ustedes, los dirigentes de Ferraz, los que con su discurso cainita y revanchista, cuando no de simple odio, contribuyen a mantener y alimentar la confrontación larvada entre las dos Españas. Y ahí seguimos empantanados. De tamaño lodazal no terminamos de salir nunca. Un asunto del que hablaba este lunes Joaquín Sabina, que no es precisamente un pepero reconocido, cuando aseguraba en Sevilla, en un discurso de recepción de un premio que no viene al caso, que había que olvidar las rencillas del pasado. “Abrácense, por fin, las dos Españas”, dijo el cantautor progre, con más razón que un santo.

Acabar con la visión cainita de España

Nadie en la derecha política podría pretender delimitar el perfil de una España abierta, culta y próspera, donde merezca la pena vivir, dando la espalda a la media España que se siente y vota centro izquierda, de la misma forma que sería imposible, otro error de garrafal equivalencia, que la izquierda alentara la misma pretensión marginando a la mitad de los españoles que piensan en centro derecha. Usted, señor Sánchez, no puede confundir al PP con esa media España de la que le hablo, de modo que, con todo respeto, háblele de otra manera, sin ofenderla, deje de pensar en ella como apestada, deje de hacer zapaterismo, porque tal vez entonces muchos de esos españoles de bien que no piensan en socialista empiecen a respetarle a usted, lo cual no sería poca ni mala cosa, créame. Al final, es esa visión cainita de España la que está impidiendo el logro de esos grandes acuerdos que el país necesita para salir del atolladero mediante las reformas oportunas, cerrando el paso a aventureros tan peligrosos como los que ayer jaleaban la salida de prisión de Arnaldo Otegui. 

Al final, es esa visión cainita de España la que está impidiendo el logro de los grandes acuerdos que el país necesita para salir del atolladero

El discurso de Sánchez, en fin, estrella por un día del gran teatro español, se convirtió en una interminable lista de “regalos” para todo tipo de colectivos sociales, regalos y dádivas sin la menor cuantificación en términos de coste, aunque inasumibles en su mayoría. Acusar ayer al Gobierno Rajoy de haber “aparcado la Ley de Dependencia” solo se puede entender desde la demagogia. Sánchez, en efecto, tendría suficiente con llamar a Pedro Solbes y preguntarle por una ley que se hizo sin partida presupuestaria alguna, a modo de gratuito brindis al sol. Un partido que llevó el déficit público al 12% del PIB (la partitura de Zapatero, en interpretación silente del citado Solbes y de Elenita Salgado) y dejó a España a las puertas del default hace apenas 4 años, debería ser mucho más prudente a la hora de prometer montes y morenas como las que ha pactado Sánchez con Rivera.

Por lo demás, la interpretación de la melodía, que a algunos pudo parecer buena, a menudo rozó el desastre. No solo porque el solista se trastabillaba y perdía el hilo –señal del cansancio acumulado-, sino porque imprimía el mismo énfasis a todo el recetario, desde la necesidad de legislar sobre la muerte digna hasta el grave problema de Cataluña. Sin capacidad de modulación, sin jerarquía de prioridades y, lo que es peor, sin una gran idea fuerza. Un cheque en blanco ofrecido a todos los grupos con una condición: que ustedes me invistan como presidente del Gobierno. El resultado fue una especie de siesta intelectual imprecisa y ambigua, palabrería vana que terminó por atracar en la ensenada del fracaso anunciado, en el anticipo de su propia derrota. El toque de humor llegó al final, cuando el aspirante se declaró un humilde número más de la Cámara (“a partir de ahora seré un diputado más de los 350”), momento en que la cosa terminó en general rechifla, porque al chico, chulo por naturaleza, no le va bien lo de la humildad. Así es nuestro hombre. El discurso de un oportunista, del que no quedará rastro en una semana. Los españoles pueden seguir en la solana, esperando el sol del estío.


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