Análisis

La extraña muerte al anochecer de Nacho González

   

Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes
Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes Efe

Como la política española está aburrida, ya saben, los jueces llevan tiempo mano sobre mano sin una triste corruptela que llevarse a la boca, y el partido del Gobierno anda que lo tira, sobrado en las encuestas de cara al año multielectoral que se avecina, listo para gobernar en Andalucía de la mano de ese gran dúo, Moreno y Bonilla, que Mariano se ha sacado de la manga de Javier Arenas, convencido también de obtener un gran resultado electoral en las autonómicas catalanas cuando lleguen, allá por septiembre, gracias a ese prodigio de mujer que es Alicia a través del espejo de Sánchez-Camacho, y además las perspectivas para las generales de noviembre, o cuando sean, no pueden ser mejores fruto de la mejora económica, pues como el paisaje está aburrido, digo, ese prodigio de frenética actividad que es Mariano Rajoy ha decidido cepillarse al Partido Popular de Madrid, en su doble vertiente de alcaldía y Comunidad, para darle un poco de emoción a la cosa, animar el cotarro y distraer al personal, que anda bastante amuermado, poniendo en marcha desde las propias sentinas del partido la “operación cacería” de Ignacio Nacho González.

A mediodía de este viernes, ni Esperanza Aguirre, que no salía de casa pegadita al fijo, ni mucho menos Nacho González, habían recibido no ya una llamada telefónica, sino la menor indicación sobre su futuro inmediato desde las cumbres borrascosas de Moncloa do mora el carismático líder. Franco lo hacía mejor, más rápido, más aseado, menos indoloro. Franco enviaba un motorista al domicilio del cesado y además le daba un consejo gratis: “No se meta usted en política”. Rajoy no; Rajoy deja pudrir los asuntos de modo que el tiempo le resuelva el puzle o bien sea el propio interesado quien, en un ataque de desesperación, decida tirarse por el puente de Segovia, en el peor de los casos, o decir basta e irse a su casa, en el mejor, de puro aburrimiento. Hace más o menos un mes se daba por seguro que González sería el candidato del PP a la Comunidad Autónoma (CA) de Madrid. Y entonces empezó a correr el rumor de que a Mariano, o al entorno de inteligentísimos y brillantísimos opositores que le rodean en la Moncloa, no le agradaba nada la idea de tener a Esperanza en la alcaldía y a Nacho en la Comunidad, porque eso suponía “dar mucho poder al PP madrileño” que, como ocurre con el Partido Socialista de Madrid (PSM), siempre ha estado a la greña con el mando a nivel nacional.

Estos mandos policiales encargados de trabajos especiales saben tanto de tantos, conocen tantas miserias de sus superiores, que se convierten en intocables

De modo que las páginas de la alicaída prensa de papel comenzaron a regurgitar historias del pasado con capacidad para moverle la silla al presidente regional. El Mundo, que siempre sostuvo que no hubo trama de espionaje en la Puerta del Sol (ya saben, el seguimiento ordenado en 2008 por Paco Granados -uno de los mayores golfos que se han asomado a la política española- sobre sus compañeros de partido Alfredo Prada y Manuel Cobo, efectuado por personal a sueldo de la propia CA de Madrid). Pues parece que sí hubo trama de espionaje. Al menos para El Mundo. Y con casi 7 años de retraso. Unos días después arrancó El País con los pagos efectuados por la CA a jueces, fiscales y secretarios judiciales por asesorar en la introducción de mejoras informáticas en los juzgados, usando como vehículo del pago a la tecnológica Indra. Ya saben: la corrupción judicial, otro de esos tabúes españoles del que nadie habla pero que todo el mundo conoce. El ciclo se cerró el 2 de marzo, día en el que de nuevo El Mundo disparó su misil acusando a Ignacio González de haber pedido ayuda a dos mandos policiales, con el famoso comisario José Pepe Villarejo a la cabeza, “para ocultar el caso de su ático” en Guadalmina (Málaga).     

No merece la pena, a los efectos de lo que aquí se quiere contar, extenderse en el caso de ático, asunto sobre el que existe copiosa información en la red. Mucho más interesante resulta aludir a la existencia en las zahúrdas del Estado de una serie de altos mandos policiales que campan por sus respetos con PP o con PSOE en el Gobierno, asunto preocupante en extremo que la muerte súbita anoche de Nacho González puede contribuir a sacar a la luz. Son mandos encargados de “trabajos especiales” de la más diversa índole que, al cabo de los años, saben tanto de tantos, conocen tantas miserias de sus superiores, empezando por los sucesivos ministros del Interior, que se convierten en 'intocables', y no precisamente de Eliot Ness. Villarejo, por ejemplo, es un alto cargo policial 'adscrito' ni más ni menos que a la Dirección Adjunta Operativa (DAO), el verdadero corazón de nuestra Policía. Ni el titular de Interior ni el director general saben en realidad de sus andanzas. Tal vez ni siquiera lo intentan. Ministro del Interior de Aznar fue Rajoy. ¿Conoce el actual presidente cómo funcionan las mafias policiales? ¿Le preocupa el asunto en términos de calidad democrática? ¿O es precisamente el método, el brazo ejecutor, que hemos utilizado para cesar al anochecer al señor González? Algunos de estos policías se han convertido, de hecho, en muñidores de muchos de los dosieres que circulan por las redacciones de este país. No pocos de los trabajos que emprenden lo son pro domo sua, encargos delicados y muy bien remunerados de empresarios y financieros contra otros de sus congéneres. Al final, todos los comisarios importantes terminan sus días como jefes de Seguridad en las empresas del Ibex, con sueldos astronómicos que jamás hubieran soñado imaginar siquiera.

La prensa madrileña y los trabajos sucios de la política

La información aparecida estos días en El Mundo tiene el mismo origen policial. Material viejo, con el añadido de ese encuentro en “La Mallorquina”, cafetería de la Puerta del Sol donde a las 11 de la mañana de un 29 de noviembre de 2011 se reunieron el presidente madrileño y dos comisarios, el citado Villarejo y el también comisario García Castaño. De acuerdo con González, el objetivo de Villarejo era lograr que el político retirara la querella que tiene interpuesta en el juzgado de instrucción 47 de Madrid contra un íntimo suyo, el también comisario Hermes de Dios, de la comisaría de Marbella, por haber emprendido, supuestamente a instancia de Villarejo, una investigación extrajudicial y secreta sobre el famoso ático. A cambio, prometía olvidarse definitivamente del piso de marras (asunto que sigue vivo en un juzgado de instrucción de Estepona). Puestos en la tesitura de elegir versión, la opción es clara. Como era de prever, González ha denunciado por “extorsión” y “chantaje” a ambos comisarios (García Castaño se ha abstenido de corroborar la versión de su colega), y Villarejo ha respondido denunciando a su vez a González, porque “Pepe es un hombre rico, muy rico, y está dispuesto a ponerse el mundo por montera y a querellarse contra todo lo que se mueva”, aseguran en el cuerpo.

El caso es que El Mundo ha creído a pies juntillas al comisario Villarejo. Lo ha creído o simplemente ha usado la munición que, vía Villarejo, le ha facilitado quien, desde las alturas, desde las sentinas del poder, ha decidido cargarse definitivamente la opción de González como candidato del PP a la CA de Madrid. Porque de eso se trataba. El periódico de Unidad Editorial ha querido reeditar el episodio protagonizado hace escasas semanas por su colega El País con el probeTomás Gómez, presidente del PSM y candidato socialista a la CA madrileña hasta el día en que Juan Luis Cebrián y Alfredo Pérez Rubalcaba acordaron cepillarse al de Parla para entronizar como candidato a fray Gabilondo, que estaba de acuerdo siempre que le dieran el trabajo hecho. A cambio, prometían apuntalar el frágil liderazgo de un Pedro Sánchez que, obviamente, asintió encantado. Para estos menesteres han quedado los antaño grandes diarios madrileños. Para los trabajos sucios de una clase política oxidada que se resiste a abandonar el machito y, lo que es peor, a democratizar el sistema, porque hacerlo significaría también tener que irse a casa. No es extraño que los lectores huyan en desbandada. El País tumbó en efecto a Gómez, y es probable que El Mundo tenga la tentación de apuntarse en su canana la muesca de González, figuras ambas, en todo caso, muy desgastadas, a las que un simple empujón en el momento procesal oportuno, es decir, en vísperas electorales, bastaba para derribar con estrépito.

El PP es experto a la hora de propalar intoxicaciones que manejan esa elite de opositores en torno a Soraya, porque ellos son puros, no están manchados, no son corruptos

Pero no es El Mundo quien derriba, sino el fuego amigo de los conmilitones. “El PP espera que Ignacio González de un paso atrás en su candidatura”, titulaba el diario el martes 3. Porque Rajoy no mata. Rajoy nunca da la cara. Para él todo es un lío (“Ufff, qué lío”). Él prefiere sentarse y esperar a que sus enemigos se suiciden o se aburran. La táctica es vieja. Funcionó con Maria San Gil. Que si no regía bien. Funcionó con el gallego Núñez Feijó cuando empezó a gallear con inciertos liderazgos nacionales. Pronto lo sacaron de paseo en la cubierta de un barco propiedad de un narco amigo de juventud. Ha funcionado con Monago, aspirante a verso suelto del PP extremeño, y a quien descubrieron una exuberante novia canaria a la que visitaba con prodigalidad con cargo al erario. El PP se ha convertido en un temible reloj de precisión a la hora de propalar intoxicaciones, un material que maneja con soltura esa elite de opositores –los abogados del Estado primero- que, en torno a la vicepresidenta Soraya, se ha convertido en la guardia de corps de Rajoy, porque ellos son puros, no están manchados, no son corruptos. El resultado es que nadie se mueve. Ni Dios levanta el dedo. Todo el mundo guarda silencio, no vaya a ser que me saquen un escándalo que me deje tiritando. Donde todo hijo de vecino tiene algo que esconder, impera la prudencia que aconseja el miedo.

La sinrazón del daño infringido al PP madrileño

Alicia Sánchez-Camacho viajó ayer cabreada a Madrid. “Es que me han dicho que tengo que venir por narices, porque va a ser una reunión muy importante”. Se reunía el Comité Electoral del PP, que preside, es un decir, la señora, y no le venía bien. Mariano frente al espejo de su poder absoluto o más de lo mismo. Ración doble de ordeno y mando. En torno a las ocho de la tarde se anunciaba la muerte al anochecer de Nacho González. El conducator se tragaba el sapo de Esperanza Aguirre, pero recurría a una Cifuentes para la Comunidad que inicia la carrera electoral con un bloque de cemento de 200 kilos anudado al cuello. Solo una conjunción astral podrá permitir al PP retener la alcaldía, pero no hay milagro capaz de asegurar el control de la Comunidad. Lo alucinante, por eso, es que, en la delicadísima situación por la que atraviesa el país, con una recuperación económica que la inestabilidad política podría llevarse por delante, el capo Rajoy haya decidido infligir este castigo al PP madrileño, el bastión de la derecha a nivel nacional, el pilar que durante años ha servido hasta para llenar de gente los mítines del camarada Arenas en Andalucía.

Argumentar que González estaba contaminado por el episodio del ático de Guadalmina es ignorar que él mismo chapotea desde hace años en el crudo derramado por el tesorero Bárcenas, asunto que parece no le movió en su día a presentar su dimisión como presidente del Gobierno, como hubiese sido obligado en cualquier democracia digna de tal nombre, sino siquiera a pedir perdón a los españoles o a intentar un amago de contrición. Hay quien opina que el golpe propinado al PP madrileño es apenas una jugada a medio plazo, la preparación de un escenario tan posible como temido: la pérdida de las próximas generales y la necesidad, en tamaña tesitura, de controlar la organización más poderosa del partido para no ser puesto de patitas en la calle al día siguiente, como responsable del desastre. Se cumpla o no ese augurio, la eventualidad de que el PP de Mariano Rajoy repita el episodio histórico de la UCD es algo que cada día se aleja más de la quimera para acercarse a lo posible con riesgo de hacerse inevitable. Un drama para la derecha española y sin la menor duda para España.         


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