Análisis

¿Hace falta una 'ley de claridad' para Cataluña?

      

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas. La Moncloa

Entre los análisis a que han dado pie las elecciones catalanas uno de los más interesantes es, a mi juicio, el que Elisa de la Nuez y Rodrigo Tena publicaban en El Mundo el pasado 29 de septiembre. Bajo un título de resonancias cernudianas (“Entre la realidad y el deseo”), Tena y De la Nuez proponían allí las típicas reformas para España que en los últimos años se lanzan desde cierto movimiento regeneracionista, del que los autores son viejos conocidos: cumplimiento estricto de la legalidad, separación de poderes, rechazo del populismo… Propuestas, en suma, que andan lejos del inmovilismo del PP y PSOE, pero también del radicalismo que (de modo cada vez más capitidisminuido) ha querido protagonizar Podemos. De hecho, ambos autores se sitúan en la sensibilidad política que antes UPyD y hoy en día Ciudadanos representan. Por ello resulta sorprendente que su propuesta añadiera algo que es en ese espacio bien novedoso. De la Nuez y Tena apostaban por celebrar en Cataluña un referendo, esta vez sí legal, que bajo ciertas condiciones pactadas, similares a la 'ley de claridad' canadiense, decidiera en un futuro próximo si esa comunidad autónoma sigue o no formando parte de la España regenerada que propugnan.

Se trata, en efecto, de toda una novedad dentro del espacio político regeneracionista, pues desde Ciudadanos, o antes desde UPyD, y desde sus intelectuales más afines siempre se ha sugerido la idea contraria: que sería injusto que solo los catalanes voten sobre algo que atañe a todos los españoles, la soberanía de todo nuestro país. O, dicho más brevemente, que a todos los españoles nos corresponde decidir qué es España.

Es una propuesta novedosa dentro del espacio político regeneracionista

Es lógico que en la enrevesada situación política que vivimos, y aún viviremos mucho tiempo, casi todos nos sintamos incitados a idear soluciones, o al menos alivios. Y hay que agradecer que De la Nuez y Tena se atrevan a lanzar al ruedo del debate los suyos. Ahora bien, y con esto inicio ya tal debate, creo que un principio fundamental cuando alguien busca soluciones a algo es procurar no agravar el mal que viene a remediar. La historia de la medicina está llena de ejemplos en que presuntos remedios acabaron siendo más letales que la dolencia que venían a combatir; asegurémonos de que en nuestra historia política futura no acaezca igual.

Cuando oigo propuestas como las de Tena y De la Nuez procuro imaginarme con lujo de detalles yo mismo el escenario en que ellos están pensando y que tan atractivo les resulta. Es lo que los filósofos llamamos, un tanto rimbombantemente, “fusión de horizontes hermenéutica“. La idea sería, más o menos, que en un futuro próximo se pusiesen de acuerdo todos los principales partidos españoles (pues si no hay consenso nuestras tensiones se agravarían de modo insoportable) y convinieran que los catalanes (e imagino que también los vascos, gallegos, tal vez incluso canarios o navarros) votaran en sendos referendos si desean pertenecer o no a España. Me cuesta imaginar el primer hecho (que partidos tan diferentes como el PP e IU estuviesen plenamente de acuerdo sobre algo tan importante), pero concedámosles a nuestros autores que así sucediera, que recorriera nuestro país algo así como una epidemia a favor del consenso, no vista en nuestros lares desde tiempos de la transición.

Incitación al populismo

A continuación, pues, en todas esas comunidades autónomas empezarían fieras campañas electorales en que algunos partidos tratarían de convencer a los votantes de lo malo que es estar en España (convendremos en que los nacionalistas se suelen tomar estos asuntos muy en serio); y otros partidos insistirían en que la cosa, después de todo, acaso no esté tan mal. El panorama sin duda sería bien divertido para politólogos y encuestadores, y daría a los periodistas para numerosos titulares: “El sí avanza en Navarra pero retrocede en las Baleares”, por ejemplo, sería un prototipo de titular con que, como si de una liguilla se tratara, nos desayunaríamos un día tras otro. Ahora bien, tengo mis dudas que ese clima estimulara el consenso y la ilusión hacia el proyecto común español por los que Elisa de la Nuez y Rodrigo Tena abogan en su artículo. Y creo improbable que ese clima no incitase al populismo que ellos dos rechazan, cuando lo cierto es que todas las campañas secesionistas que se conocen han exhibido dosis populistas de récord.

La ley de claridad canadiense indica que solo podría producirse una secesión si los independentistas alcanzan una mayoría clara

Imaginemos con todo que hay que pasar por ese batiburrillo de referendos y populismo, como por un sarampión, para al final llegar a esa meta deseable de la concordia que nuestros autores nos proponen. La ley de claridad canadiense indica que solo podría producirse una secesión si los independentistas alcanzan una mayoría clara (no solo la mitad más uno de los votos): por ejemplo, un 55%. Supongamos ahora pues que en alguno de los referendos realizados aquí (tal vez no en el vasco, pero sí en el catalán; tal vez no en el canario, pero sí en el del Bierzo) los secesionistas consiguen un poco más que el 50% de los votos. En Canadá ello significaría un “Vuelva usted mañana” a los secesionistas y se acabó; pero ¿de veras nos creemos que los nacionalistas catalanes, por ejemplo, aceptarían tranquilamente que se les privase de su independencia habiendo ganado en términos absolutos tal votación? ¿No generaría ese resultado nuevas tensiones mucho más radicales que las presentes, con el argumento de que lo que quiere la mayoría de los catalanes ha de realizarse, diga lo que diga una ley estatal que les reclama un umbral de voto mayor?

Derecho a permanecer

El modelo canadiense también comporta que si una parte considerable (por ejemplo, un municipio) del país independizado quiere permanecer en el viejo país, se le conceda tal derecho. Es decir, en nuestro caso, que si en Barcelona, o en su cinturón industrial, o en Tarragona, venciera el no a la independencia, esas comarcas podrían quedarse en España. Ahora bien, ¿alguien cree que los nacionalistas van a aceptar calmadamente un referendo o una 'ley de claridad' que pueda arrojar para ellos tan feo resultado, nada menos que la fragmentación de su querida nación catalana? E incluso si lo aceptaran, ¿alguien cree que una serie de enclaves españoles rodeados de una Cataluña independiente (o enclaves catalanes rodeados del resto de España) serían una fuente de alivio de nuestros actuales problemas, y no una fuente de otros espinosamente nuevos?

Tena y De la Nuez infravaloran los riesgos de abocarnos a una situación aún peor que la actual

Mi sospecha es que autores como Tena y De la Nuez conocen estos riesgos que tiene su "propuesta canadiense" de abocarnos a una situación aún peor que la actual, pero los infravaloran confiados en que, como ha ocurrido en Canadá los últimos años, una ley de claridad atempere los anhelos secesionistas. Es decir, que el nacionalismo se conforme con que se le reconozca el derecho a votar su independencia pero nunca la vote (o si la vota, la independencia pierda), pues su “orgullo nacional” quedaría saciado con lo primero. Si el lector recuerda la película La vida de Brian, se trataría más o menos de hacer como con Stan, el judío que quiere ser mujer y llamarse Loretta y concebir hijos pero, en pleno siglo I de nuestra era, es imposible que pueda hacerlo. A Stan deciden entonces darle el derecho a ser mujer y parir hijos, aunque sea un derecho que naturalmente nunca ejercerá.

Ahora bien, presuponer que los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos… se conformarán con ser como Stan-Loretta resulta un tanto gratuito. Hablábamos antes de los médicos de antaño: creo que incluso ellos, a pesar de lo precario de su saber, habrían dudado antes de administrar a un enfermo un remedio con muchas probabilidades de resultar fatal. Solo lo harían en casos de extrema gravedad. Por fortuna nuestra medicina ha avanzado y por fortuna España, aunque atribulada por problemas, no es ningún enfermo terminal. Así que convendría no administrarle remedios de dudosos efectos con la esperanza de que, bueno, en el futuro la sensatez imperará y esos remedios no resultarán dañinos; seguramente es más sencillo apostar por que la sensatez impere ya ahora y ahorrarnos tales riesgos.

Miguel Ángel Quintana Paz es profesor de Ética y Política en la Universidad Europea Miguel de Cervantes (Valladolid)y miembro de la plataforma Libres e Iguales


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