Análisis

Un gran jurista que derivó en permanente dolor de cabeza para el Gobierno

No era Torres-Dulce el fiscal general que precisa un Gobierno. Sus relaciones con los dos minsitros de Justicia, tanto con Ruiz-Gallardón, que le nombró, como con Catalá, con quien no sintonizó desde el primer momento, nunca fueron excelentes.

Eduardo Torres-Dulce, en una fotografía de archivo.
Eduardo Torres-Dulce, en una fotografía de archivo. EFE

Eduardo Torres-Dulce llegó a la Fiscalía General del Estado con la impronta de un excelente jurista, de enorme preparación, experiencia y criterio. Pero poco a poco se fue convirtiendo en un elemento incómodo para un puesto clave. Reclamaba una autonomía profesional que no siempre se le concedió. No era la persona adecuada. Sus críticas a la falta de medios de los fiscales fueron una gota malaya permanente que irritaban sobremanera a Gallardón. Su negativa a tomar decisiones que le llegaban desde el ministerio fueron una constante.

Su negativa a tomar decisiones que le llegaban desde el ministerio fueron una constante

Torres-Dulce chocó frontalmente con Gallardón cuando, desde el principio, optó por no forzar el cambio de las fiscales del caso Gürtel, que venían de los tiempos del ministro socialista Bermejo, fue el motivo del primer encontronazo. No llevó tampoco el asunto de los papeles de Bárcenas, tan incómodo para el PP, como de él se esperaba. Rajoy nunca le mostró excesivas simpatías por este motivo.

También tuvo serias discrepancias con la reforma del Código Procesal Penal, ya que defendía que se otorgaran mayor responsabilidades a los fiscales durante la instrucción. Finalmente no logró sacar adelante el empeño de Gallardón de unificar en una macrocausa todos los asuntos referidos a la familia Pujol. Tampoco ayudó, en última instancia, su poca receptibilidad a la hora de activar la actuación de la fiscalía contra el presidente de la Generalitat, Artur Mas, con ocasión del órdago separatista que supuso la convocatoria del un referéndum ilegal. En ese episodio le faltó decisión y algo de coraje, aunque algunos de sus colaboradores aseguran que fue el Gobierno quien no se decidió a dar el paso al frente. Versiones encontradas que algún día se aclararán.

Falta de apoyos

La gota que colmó el vaso se produjo este mismo miércoles cuando supo que el ministro no iba a apoyar su propuesta de nombramientos clave en el Ministerio Público, como son los del teniente fiscal ante el Tribunal Constitucional y la Inspección de la Fiscalía General.

Torres-Dulce no estaba cómodo, se sentía presionado y en ocasiones, ninguneado

No estaba cómodo, se sentía presionado y en ocasiones, ninguneado, según fuentes próximas al ahora dimitido. Quizás carecía del fuste que precisaba el cargo, ya que no era sensible a determinadas sugerencias políticas que emanaban del Gobierno. Su predecesor, el socialista Conde Pumpido cumplía a la perfección este papel. Pero Torres-Dulce nunca tuvo ese perfil. Decían de él que tenía cierta tendencia a desaparecer, a no estar en su sitio en los momentos más exigentes, a ausentarse en los asuntos más graves. Su sintonía con el poder político jamás existió. Desde hace meses se le buscaba un destino para que pudiera abandonar la fiscalía. Pero era consciente de que el minsitro Catalá no contaba con él, le consideraba una pieza mal encajada en un mecanismo demasiado sensible. Volverá posiblemente a la fiscalía del Constitucional, su destino anterior, aunque este extremo no ha podido ser confirmado.

Buen escritor, aficionado al cine y a la música, mimebro de los Cowboys de medianoche de esRadio, junto a José Luis Garci y Luis Herrero, su actitud vital no es la de un hombre nacido para la pugna, para el tironeo de la política, para las grandes tensiones. La reunión del Consejo Fiscal de este miércoles fue el último acto de una renuncia que se esperaba y, desde el Gobierno, se deseaba.


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