Análisis

El perro Excalibur y la España alucinada

Salvar al perro Excalibur de las garras de la Consejería de Sanidad, y evitar que sea sacrificado como medida profiláctica, importa ya más que la suerte que puedan correr tanto Teresa Romero, la auxiliar de enfermería contagiada de ébola, como su marido. 

El perro Excalibur se ha convertido en protagonista por su más que posible triste final
El perro Excalibur se ha convertido en protagonista por su más que posible triste final Agencias

Cuenta la leyenda que al morir el rey Uther Pendragon, el mago galés Merlín forjó en la isla de Avalón una espada, de nombre Excalibur, con cualidades mágicas. Quien la blandiera, sería invulnerable. Hoy, el nombre de Excalibur vuelve a formar parte del conocimiento popular, pero no por aludir a una espada mágica sino a un perro, al que, según parece, ha dotado también de ciertos poderes.

Y es que Excalibur, el perro, se ha convertido súbitamente en expresión sobresaliente de la sensibilidad de una sociedad, cuya piedad, en lo que a los animales se refiere, alcanza en estos días cotas extraordinarias. De tal suerte que salvar al perro Excalibur de las garras de la Consejería de Sanidad, y evitar que sea sacrificado como medida de prevención, importa ya más que la suerte que puedan correr tanto Teresa Romero, la auxiliar de enfermería contagiada de ébola, como su marido, Javier Limón Romero, que son sus propietarios. Olvidada queda también la posibilidad real de que el virus se propague por la capital de España. Y desde ahí, a toda Europa. No importa. Todos somos Excalibur es la consigna de una sociedad que camina a cuatro patas.

Imposible saber las razones que llevaron al María Teresa y Javier a poner de nombre Excalibur a su perro, tal decisión pertenece al ámbito de lo privado. Pero quizá quisieran otorgarle –simbólicamente, se entiende- las mismas cualidades mágicas que tenía la espada que Merlín forjó en la isla de Avalón; la isla de las hadas. De hecho, que eligieran el nombre de Excalibur entre otros muchos, ha sido un guiño de la casualidad o, si se prefiere, del destino. Porque algo hay de mágico, de infantil, incluso de delirante, en esta alucinante intrahistoria sobre el ébola, donde la estrella es un perro. Yatrás queda ya nuestra preocupación por la suerte que puedan correr María Teresa y Javier. Y también, el dato siniestro de los 120 seres humanos que mueren cada día por el ébola en Sierra Leona.  

Y es que, con todos los respetos para quienes amen a los animales, y con mis mejores deseos para el desdichado Excalibur, hay una cuestión no ya moral, que también, sino de elemental sentido común que convendría dejar clara: las personas son lo primero. Si no tenemos clara cuestión tan elemental, quizá podamos salvar a un perro. Pero habremos perdido el Norte.       


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