Análisis

Y, en efecto, el independentismo catalán se coció en su salsa

Tras imaginar una Cataluña independiente reflejada en el espejo de Kosovo, Letonia y otros países no particularmente atractivos como los citados, los apóstoles del independentismo tuvieron el buen sentido de colocar por fin su punto de mira en Dinamarca, la rica Dinamarca y su impresionante Estado del Bienestar financiado con unos impuestos que cualquier conspicuo liberal calificaría de confiscatorios.

“¿Cuál es la diferencia entre vivir hoy en Dinamarca, un país donde la vida es cómoda, próspera, segura, incluso aburrida y muy larga, o en Siria, donde es violenta, impredecible, miserable y, para demasiados sirios, muy corta?” se pregunta David Runciman, profesor de ciencias políticas en Cambridge, en un ensayo ('Política', Ed. Turner) recientemente traducido al español. “Lo que distingue a Dinamarca de Siria es la política”. El primero es un país con un sistema democrático en el mejor sentido del término. El otro es un Estado fallido. “La política no crea las pasiones y los odios humanos; tampoco es responsable de las catástrofes naturales o las recesiones económicas, pero puede agudizarlas o mitigarlas”. Todo es política. Buena o mala política. La política de la sensatez frente a la política de la confrontación y los sueños identitarios. Por eso frente a las tesis que tratan de criminalizarla como una actividad deleznable, la política se yergue como un instrumento decisivo que nos permite vivir en sociedad y nos procura el bienestar y la seguridad personal. Por eso es tan importante la política en nuestros días. La buena política, frente a la que imagina paraísos perdidos donde nunca existieron, viajes a Ítaca que nunca llegarán a destino, quiebras de la paz social, inestabilidad y pobreza. Dinamarca o Siria.

Tras imaginar una Cataluña independiente reflejada en el espejo de Kosovo, Letonia y otros países no particularmente atractivos como los citados, los apóstoles del independentismo tuvieron el buen sentido de colocar por fin su punto de mira en Dinamarca, la rica Dinamarca y su impresionante Estado del Bienestar financiado con unos impuestos que cualquier conspicuo liberal calificaría de confiscatorios. Pero el ejemplo danés ya no es lo que era ('El modelo nórdico se agrieta y plantea nuevas reformas', Vozpopuli 15 de marzo), y es poco probable que los catalanes compren esa idea de convertir Cataluña en Dinamarca que le vende una elite política cuyo sueño consiste en poner sus dineros a buen recaudo en Andorra y otros paraísos fiscales. Es preciso disponer de un humor excelente para tolerar las contradicciones de un nacionalismo burgués cuyo líder, Artur Mas, aseguraba el lunes en Gerona que “Recular [apearse del soberanismo] implicaría perder la capacidad de decisión, la dignidad como pueblo”, como si la dignidad de ese pueblo -la del pueblo español en general- no hubiera sufrido ya lo suyo en la rambla de corrupción que anega la Cataluña del 3% -o del 6%, vaya usted a saber-, cuyo estandarte es la corrupción de esa especie de royal family autóctona que encarna el matrimonio PujolFerrusola e Hijos.

Es preciso disponer de un humor excelente para tolerar las contradicciones de un nacionalismo burgués cuyo líder aseguraba el lunes que “Recular [apearse del soberanismo] implicaría perder la capacidad de decisión, la dignidad como pueblo”

Y sí, tiene razón Arturo, el independentismo está reculando, entre otras cosas porque es muy difícil vivir en el grado de ensimismamiento (“vivo sin vivir en mí”, que decía la santa) que exige un viaje como el que propone la alianza entre Mas y Junqueras, dos líderes de ideologías dispares que sinceramente se detestan como todo el mundo sabe. Y está reculando tanto que, desde el subidón identitario que supuso el amago de consulta del 9-N, nada se ha sabido de la movida catalana durante semanas, incluso meses, en un país, España, pendiente de otras cuestiones tan excitantes como ese no-idilio pero mucho más importantes. La publicación el 18 de marzo de los datos del Centre d’Estudis d’Opinió –el CIS de la Generalidad- de su primer barómetro de 2015 supuso un auténtico jarro de agua fría para las aspiraciones nórdicas del independentismo, al poner en evidencia que la suma de escaños de CiU y ERC no alcanzaría ahora la mayoría absoluta y, sobre todo, que el 54,4% de los encuestados no se siente independentista, frente al 42,4% que sí. Una deferencia de 12 puntos, que hace añicos la supuesta partición de la Comunidad en dos mitades casi idénticas.

El mecano nacionalista va perdiendo piezas por el camino

Para una gente que lleva tantos años aferrada a la matraca identitaria (esto sí que es tamborrada y no la de Calanda), con todo a favor, con los medios de comunicación entregados a la causa, con dinero sin límite para gastar en organizaciones “transversales” tipo Òmnium o ANC (pura sociedad civil subvencionada), y sin contrincante enfrente, tiene que ser muy frustrante que casi el 55% de los catalanes comparezca y diga que no compra esa mercancía y que quiere le dejen en paz. Porque lo más asombroso del procès es queelnacionalismo está jugando el partido en casa y sin contrario, sin enemigo enfrente, porque el Estado no ha comparecido, Mariano Rajoy y su Gobierno llevan años haciendo mutis por el foro, sin entrar al trapo, sin echar leña al fuego, sin alimentar el victimismo de los de siempre, simplemente esperando que la tripulación independentista se pierda en el mar de los Sargazos de su impericia, dejando que se cueza en su propia salsa.

El Gobierno de Rajoy lleva años haciendo mutis por el foro, sin entrar al trapo, simplemente esperando que la tripulación independentista se pierda en el mar de los Sargazos de su impericia, dejando que se cueza en su propia salsa

De donde se colige que el señor Rajoy –y no se me amontonen los lectores dispuestos a degollar sin piedad a quien tenga la osadía de no poner a parir al Presidente-, tan criticable por tantas razones, puede que no lo haya hecho tan mal a la hora de no-afrontar un problema con el que, como recuerda la célebre sentencia de Ortega, no queda más remedio que convivir. El suflé ha bajado, bien cierto; el mecano va perdiendo piezas por el camino, empezando por la propia CDC, convertida hoy en un retrato en sepia de lo que fue, con un Duran i Lleida que, pese a su camaleonismo congénito, es seguro que no aceptará ir de la mano de Mas hasta el filo del barranco. Y siguiendo por una ICV que tampoco parece dispuesta a actuar de comparsa por más tiempo, y terminando por un Ciudadanos capaz de neutralizar con ventaja la sangría de PPC y PSC, y un Podemos cuya irrupción en el antaño “estanque dorado” ha sido la bomba que ha hecho saltar por los aires los planes del independentismo más añejo.

El suflé ha perdido altura, pero no ha desaparecido ni mucho menos. La realidad es que un tercio, grosso modo, de los catalanes apoya las tesis independentistas, lo cual convierte la situación de un polvorín que amenaza la paz y la prosperidad de los 2/3 restantes. En ello andábamos, cuando el independentismo ha optado por una nueva vuelta de tuerca, patada a seguir o hilo a la cometa (el desembarco en la Cataluña nórdica iba a tener lugar en 2014, después en abril de 2015, y ahora parece que será en mayo de 2017), con una hoja de ruta remozada que convierte en plebiscitarias las eventuales autonómicas del 27 de septiembre. Mas, un tipo desacreditado donde los haya, sigue empeñado en llevar hasta el final su desafío al Estado, arrastrando a Cataluña incluso a un enfrentamiento directo con el resto de una España en la que los catalanes siempre jugaron un papel esencial, aunque ello implique situarse en una posición de abierto desacato a la ley y, lo que es peor, sabiendo que esa aventura es pura quimera, porque ningún país europeo de cierta importancia, ningún país importante con un régimen de libertades reconocidas aceptará nunca la segregación de una parte de su territorio, y menos porque así lo pretenda una parte minoritaria de su población, cosa que reconocen en privado los señores de CiU, empezando por el propio Francesc Homs, ejemplo de cinismo consumado.       

Hacer de España -y Cataluña- una realidad democrática

Que el independentismo se cuece en su salsa es una realidad difícil de camuflar por más hojas de ruta que se diseñen. Los padres de la Dinamarca catalana no han logrado su objetivo en el punto más débil de la deriva de España como nación. La elite política nacionalista juzgó posible romper las cuadernas de un Estado zarandeado por todas las crisis, pero ha fracasado en el empeño. En realidad, los datos del CIS catalán tienen mucho que ver con la paulatina mejora de una economía cuyo PIB podría crecer este 2015 por encima del 3% (tampoco se me amontonen ahora los foramontanos del desastre perpetuo), y es evidente que en la medida en que el crecimiento y la creación de empleo vayan haciendo su aparición y mejorando la vida del español común, el viaje a Ítaca de los illuminati irá perdiendo sus perfiles más románticos, si alguna vez los tuvo, para aparecer como lo que siempre fue: una locura propia de botarates.

Llegados a este punto, conviene recordar de nuevo lo evidente: España no dará una salida racional y creativa a su diversidad, no acabará con las tensiones disgregadoras del separatismo, hasta que no sea de verdad un país moderno, sobre todo un país no corrupto, por encima de todo un país de cuya calidad democrática puedan sentirse orgullosos todos los españoles, catalanes incluidos. Es obvio que ese sí es un país que merece la pena ser soñado, un país, por tanto, obligado a un cambio en profundidad, un cambio sensato que pasa por una reforma de la Constitución capaz de hacer de la española una sociedad democrática volcada al futuro, capaz también de transformar la nación identitaria nacionalista en una nación de ciudadanos libres e iguales, en la que sea posible hacer realidad los ideales de justicia y libertad. Mientras eso llega, y mientras los ardores de Mas se cuecen al pil-pil como el bacalao, el riesgo que viene tiene que ver con la gestión del paisaje de tierra quemada que la elite nacionalista va a dejar en Cataluña, tiene que ver con cómo soldar la enorme fractura emocional y social que deje por herencia tamaña locura, porque hay muchos catalanes, la mayoría de ellos bien intencionados, que se creyeron la milonga nórdica, algunos de los cuales, los más envenenados, podrían tener la tentación incluso de recurrir a la violencia para dar salida a su frustración. Ese es el problema.   


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba