Análisis

La corrupción institucionalizada

El empeño de Artur Mas en dividir a los catalanes hará que pase a la historia por conseguir, en dos legislaturas breves, llevar al partido predominante en la política autonómica catalana a contar con un apoyo popular tan escueto que le deja a las puertas de la liquidación. No merece recuperar el pulso y el apoyo popular quien aparentemente tiene mucho que ver con la corrupción institucionalizada.

Matías Alonso es el 'número dos' de Albert Rivera en Ciudadanos.
Matías Alonso es el 'número dos' de Albert Rivera en Ciudadanos. Ciudadanos

Hace demasiado tiempo ya que la corrupción de y desde los partidos y las instituciones ocupa un lugar destacado entre las preocupaciones de los españoles. Un problema que incardina con una de las crisis que padece nuestra sociedad, la crisis de valores. Que agrava sin duda la crisis institucional que contribuye a acentuar la desconfianza de los ciudadanos en sus representantes políticos. Más que una pescadilla que se muerde la cola, un tiburón que ataca ferozmente los pilares de nuestro sistema democrático.

La corrupción camina en España de la mano de la política y de los partidos que han financiado algunas de sus actividades a cargo de la obra y de los contratos públicos. Una práctica que, desgraciadamente, no se ha combatido adecuadamente desde los órganos de dirección de las diversas formaciones salpicadas por esta lacra. Los partidos que han ostentado el poder municipal, autonómico y/o central están manchados por la corrupción en mayor o menor medida. Sin que hayan salido del tristísimo “y tú más”.

En Cataluña hay un caso de corrupción que, sin ser el único, destaca sobremanera de todos los demás. No sólo por cantidad sino, sobre todo, también por calidad. Un caso, el de Convergencia, que tiene diversas ramificaciones. Lo que volvió a la actualidad con el Palau de la Música y la financiación ilegal de CDC, de la mano de un testaferro fiel como Félix Millet, venía de lejos y tenía un precedente significativo: el caso Banca Catalana que, después de que Jordi Pujol i Soley se envolviese en la senyera, quedó en nada por la intercesión de Felipe. Con los años, ha vuelto a salir a la luz pública el caso Pujol/Convergencia tras la "confesión" exculpatoria del patriarca de la saga y factótum durante décadas en la Generalitat.

La corrupción es un tiburón que ataca ferozmente los pilares de nuestro sistema democrático

La comisión de investigación abierta en el Parlamento de Cataluña, que camina en paralelo con la instrucción judicial y con la nueva deriva que ha tomado el actual presidente autonómico en su empeño de romper España, ha permitido constatar que el clan Pujol-Ferrusola ha utilizado su posición preeminente en la política catalana en beneficio propio. Un beneficio que aparentemente se cuenta en cientos y quizás miles de millones de euros, que cabe esperar se termine cuantificando en sede judicial. No sabemos cuánto todavía, pero se adivina cómo y en base a qué. Y a todo ello, Artur Mas i Gabarró, otrora Arturo y ahora paladín del separatismo en Cataluña, ocupando puestos destacadísimos en la estructura política dependiente del patriarca Pujol y con lazos más que entrañables con su prole, en especial con el primogénito que saltó a primera línea del caso tras la revelación del espionaje en La Camarga.

Hace poco más de una semana el gobierno de la Generalitat consiguió que su socio para la ruptura de España le aprobara los presupuestos para 2015. Unos presupuestos que no se creen ni sus propios redactores. Pero que ha servido para escenificar la aparente vigencia del pacto por la separación. Sin embargo, me quedo con el anuncio subliminal de Mas, en la última sesión de control previa al debate presupuestario, cuando manifestó que el pacto (con ERC) es esto, precisamente, que se aprueben los presupuestos y no va más allá.

Desde que se produjo el anuncio de adelanto electoral venimos diciendo que anunciar no equivale a convocar. El anuncio interesado, forzado en una negociación sui géneris con la presencia de Forcadell y Casals, responde a una estrategia partidista con la que el actual presidente busca una vía de escape para recuperar, si es posible, el pulso electoral. Un pulso que apenas late, fruto del desgobierno y del empeño en dividir a los catalanes de un dirigente político que pasará a la historia por conseguir, en dos legislaturas breves, llevar al partido predominante en la política autonómica catalana a contar con un apoyo popular tan escueto que le deja a las puertas de la liquidación.

No lo tiene fácil. Espero que le resulte imposible. Porque no merece recuperar el pulso y el apoyo popular quien aparentemente tiene mucho que ver con la corrupción institucionalizada.

(*) Matías Alonso es secretario general de Ciudadanos y 'número dos' de Albert Rivera.


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