Análisis

España, un Estado gaseoso

    

El jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy, junto al presidente de la Generalitat, Artur Mas.
El jefe del Ejecutivo, Mariano Rajoy, junto al presidente de la Generalitat, Artur Mas. EFE

La suerte de Estados Generales que se han constituido en Barcelona para iniciar la ruptura con el Estado español ha causado asombro e incredulidad no sólo entre las gentes normales, sino en el conjunto del establishment que, según parece, carecía de previsiones sobre el particular: los balbuceos de los representantes institucionales, las controversias mediáticas sobre el qué hacer y la falta de iniciativa de la máxima magistratura de la nación, han puesto de manifiesto que la crisis del Estado español no es una invención de los críticos con su configuración actual; es más bien el resultado de una suma de errores que van desde las carencias educativas del país hasta el aprovechamiento clientelar de los poderes públicos con desdoro para el interés general. Todo ello ha conseguido que la percepción del Estado en España sea nula en los feudos nacionalistas y casi inexistente o gaseosa en el resto del solar patrio. Por ello, creo que las tesis a favor de la refundación o reconstrucción del Estado sobre los valores de nuestra tradición liberal y republicana adquieren una actualidad que debería ser tenida en cuenta por aquellos partidos políticos que aspiran a sustituir a los que han desacreditado al Poder Público hasta hacerlo objeto de vilipendio.

La ausencia de una clase burguesa vigorosa hizo que, desde su fundación, nuestro Estado padeciera debilidad

La debilidad endémica del Estado en España

La ausencia de una clase burguesa vigorosa hizo que, desde su fundación, nuestro Estado padeciera debilidad, circunstancia que ha contribuido a que la historia de España haya sido accidentada e irregular, por lo que las diferencias de la evolución de la política y la historia españolas en relación con la europea no han sido casuales ni producto de conspiraciones o animadversaciones exteriores: sus orígenes se encuentran en nuestro propio país, que no ha podido desarrollar y fortalecer suficientemente al Estado que se dio en el siglo XV. Tampoco se consiguió el aprecio de los españoles hacia él y las consecuencias, después de dos siglos de agitada historia constitucional, las seguimos padeciendo aún como es fácil comprobar observando la crónica de los acontecimientos de Barcelona, no por anunciados menos inquietantes. En realidad, parecemos condenados a ser un pueblo errante a la búsqueda de un proyecto estatal vigoroso y democrático.

En el ir y venir de monarquías, repúblicas y dictaduras, desembocamos en el último experimento arbitrado en 1978, el llamado Estado de las Autonomías, cuya construcción obedeció básicamente a satisfacer las aspiraciones de los nacionalistas burgueses de dos de las regiones más ricas del país, Cataluña y País Vasco, que, en virtud de ello, se convirtieron en una importante viga maestra de la Constitución de 1978. Durante treinta años, los nacionalistas han gozado de poder y de privilegios sin fin que han contribuido a transformarlos en las fuerzas dominantes en sus territorios, en gran medida por el dominio absoluto de la educación: casi tres generaciones de catalanes y vascos así lo atestiguan. Mientras tanto, en el resto de España, sembrado de Comunidades Autónomas inventadas por los partidos dinásticos como medio para afianzar sus organizaciones partidarias, se prescindió del objetivo de construir un proyecto nacional y se prefirió enfatizar el casticismo regionalista, utilizando también la herramienta de la educación.

Constatamos, con profundo pesar, que nuestro Estado, entendido por los españoles como la referencia máxima del Poder Público, prácticamente no existe

Jaque al Estado de las Autonomías

Y hete aquí que, cuando Cataluña pone en marcha lo que allí denominan la desconexión con España, miramos a nuestro alrededor y constatamos, con profundo pesar, que nuestro Estado, entendido por los españoles como la referencia máxima del Poder Público, prácticamente no existe. Hágase un repaso de la situación de sus instituciones y de cuáles son los sentimientos y percepciones del pueblo español para con las mismas. Desde mi punto de vista, eso es lo que explica en gran parte la indecisión de los gobernantes y la confusión que observamos entre las elites nacionales.

Tan es así que la crisis de éste Estado liviano y casi gaseoso no mueve a su Jefe a llamar a consultas a los implicados en el problema, empezando por el presidente del Consejo de Ministros y terminando por los díscolos dirigentes de Barcelona, con el fin de intentar algún tipo de arbitraje. Y no sólo eso, sino que se nos cuenta que el remedo de consultas montado por el jefe del Gobierno ha sido iniciado por presión del Secretario General del PSOE. El propio transcurso de aquellas y las declaraciones de la mayoría de los protagonistas son indicativos, a mi juicio, de que el pronunciamiento catalán ha puesto de manifiesto nuestra carencia de proyectos nacionales capaces de contrarrestarlo con la razón y los votos y que, inevitablemente, habrá que recurrir al expediente de la fuerza, declarar el estado de sitio, con los independentistas. No se me ocurre otra manera en el plazo inmediato, y en eso coincido con el ilustre jurista republicano D. Antonio García-Trevijano, aunque soy consciente, como me imagino que lo serán los dirigentes que hemos visto desfilar por La Moncloa, que eso será el principio de una travesía hacia un puerto ignoto.

Nuestro dilema como españoles no es el de la reforma o la ruptura, porque ya se ha roto todo lo que había de romperse y sobre los cascotes caben pocas reformas

Un Estado nuevo para superar el fracaso del actual

La caída de Cataluña desencadenará convulsiones en el decrépito entramado institucional y provocará la necesidad de pensar seriamente en la reconstrucción del Estado sobre bases diametralmente opuestas a las experimentadas y ya fracasadas. Por eso, apelar a la resurrección del 78 me parece tan falto de realismo como intentar la restauración de la Segunda República, por citar las dos experiencias constitucionales del siglo XX. En estas condiciones, nuestro dilema como españoles no es el de la reforma o la ruptura, porque ya se ha roto todo lo que había de romperse y sobre los cascotes caben pocas reformas.

Los sucesos de Barcelona, que representan la imagen más llamativa de la crisis española y del fracaso del 78, obligarán a utilizar la fuerza y a suspender los derechos constitucionales allí, pero, una vez hecho eso, los que aspiran a dirigir España por la vía de la democracia tienen la obligación de reflexionar y someter a la consideración del pueblo español, mediante la apertura de un proceso constituyente, sus proyectos para refundar el Estado, sabiendo que la educación será el primer objetivo para su reconstrucción, que llevará tiempo, esperemos que algo menos del que se ha empleado en destruirlo, para que por fin podamos dar por terminado nuestro accidentado viaje en pos de la plenitud democrática. Caveant consules…


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