Análisis

La tragedia de Francia y la comedia de Falset

   

La tragedia de Francia y la comedia de Falset
La tragedia de Francia y la comedia de Falset EFE

Mientras el mundo sigue conmocionado por la tragedia ocurrida en París el pasado viernes y se prepara para vivir la incertidumbre de esa guerra que el mundo civilizado parece de una vez dispuesto a librar contra el terror islamista y en defensa de las libertades, en una pequeña parte del territorio español, concretamente en Cataluña, sigue desarrollándose la farsa de unos señores que con el 35,6% del censo quieren imponer la independencia al 64,4% restante, quieren cambiarle a esa mayoría la escala de valores propia de nuestra cultura liberal, basada en la jerarquía de derechos que componen la libertad individual, la seguridad personal y la garantía de la propiedad privada, por el modelo a la albanesa que defienden los grupos anticapitalista y antisistema a los que la burguesía antaño racional de Convergencia se ha entregado de hoz y coz. En Francia se vive una tragedia, mientras en Cataluña asistimos a la comedia de Falset.

La comedia de Falset es una obra de teatro de un solo acto, original de Pau Bunyegas, estrenada en el Teatro Romea en un lejano 1869, que por alguna extraña circunstancia ha quedado inserta en el subconsciente colectivo catalán como sinónimo de acontecimiento, episodio o suceso susceptible de acabar “molt malament”, aunque también puede hacerlo de manera absurda y sin sentido. Incluso ridícula. Algo parecido, salvadas las distancias, a cuando en castellano se dice que algo puede acabar o simplemente acabó “como el rosario de la aurora”. De hecho, Bunyegas pone el punto final a su obra interpelando al espectador de manera harto curiosa: “Y ahora, para que esto acabe bien, compongan ustedes su propio final”. El que tengan a bien o el que más les convenga. El más lógico. El más absurdo. El más violento. Porque el pueblo de Falset –capital de la comarca del Priorato- acaba su comedia a bastonazo limpio. Por eso en Cataluña es una frase hecha la expresión “això s’acabarà com la comèdia de Falset”.

Ante el horror de la sangre inocente vertida en París, los argumentos del independentismo se antojan ridículos

El proceso puesto en marcha por el pujolismo trincón hace tiempo, y que el elegante chico de los recados de don Jordi, el gatazo tontiastuto de Artur Mas, quiere ahora llevar a sus últimas consecuencias, amenaza acabar como la comedia de Falset. Todo ha cambiado en un fin de semana. Todo, en un viernes noche trágico para Francia y para los amantes de la libertad. De repente, y ante el horror de la sangre inocente vertida en París y su correlato de amenaza abisal que supone para nuestro modo de vida, el desafío, la mixtificación, los argumentos del independentismo catalán se antojan ridículos, fuera de foco, lejos de la realidad, obsesión perdida en el paisaje onírico de quien ha decidido suicidarse por su cuenta y pretende la aventura inaceptable de llevar a millones de personas tras de sí hacia el desfiladero de la sinrazón.

El mundo civilizado está en guerra contra la barbarie. Alguien ha hablado de que nos hallamos ante la III Guerra Mundial. La libertad contra el vasallaje. La Europa unida contra el terror yihadista. Desde la perspectiva que imponen los acontecimientos, la pretensión de un movimiento independentista dispuesto a romper, incluso sin el aval de los votos, uno de los grandes Estados europeos poniendo en riesgo la paz y prosperidad de sus habitantes, no solo suena artificiosa y ridícula, sino reñida con el contexto, fuera del mundo, lejos de la realidad. El rumbo de colisión con el Estado impuesto conscientemente al prusés por Mas y su cohorte, abrigaba la esperanza de una tan hipotética como absurda intervención extranjera, léase UE, ONU o cualquier otra instancia, capaz de obligar al Gobierno central a sentarse a negociar con el secesionismo el trágala de la independencia, porque de eso han ido siempre las protestas contra la negativa del Gobierno Rajoy a negociar: de aceptar un trágala, de firmar la rendición, de decir sí a la independencia y, además, de pagar la cuenta del prusés.

El mundo civilizado ha entrado en una nueva era

El botarate de Mas y su gente pueden irse olvidando de semejante pretensión. El mundo civilizado no está ahora para novelas de caballerías, no está para las comedias de Falset de unas élites extractivas dispuestas a llamar la atención del mundo desde lo alto del campanario del pueblo. La declaración de ruptura con España protagonizada en el parlamento de Cataluña el pasado 9 de noviembre ha terminado por enajenar no ya la simpatía, que nunca existió más allá de la marginalidad del grupúsculo, sino el simple interés que por el problema catalán pudiera existir en las cancillerías europeas. Ningún crédito internacional. El “embajador” que la Generalitat mantiene en Bruselas con cargo a los Presupuestos Generales del Estado español se lamenta estos días ante quien se presta a oírle de que “ya nadie le quiere recibir”. Acuciado por otros desafíos, el mundo civilizado ha entrado en una nueva fase, mientras el tiranuelo de Falset se lamenta desde su altillo de que nadie le hace caso.

Esperamos de C's que, de una tacada, nos libre de Homs y Rajoy, abriendo la puerta a un futuro de concordia

En una Europa que reclama unidad para derrotar al gran tirano, la pretensión de unos señores que juegan a romper España tiene fecha de caducidad. El mundo occidental ha despertado a la dura realidad del desafío yihadista, y el señor Mas no se ha enterado aún. O sí. Se lo dijo ayer Francesc Homs, uno de los grandes culpables del drama catalán. Se lo anunció desde la SER: el secesionismo no tiene mayoría suficiente para culminar el proceso. “En Cataluña el independentismo tiene una fuerza muy importante pero no suficiente para imponer unilateralmente sus posiciones”. Reconocimiento de parte. El plan de este irresponsable es llegar al 21 de diciembre y abrir un periodo de negociación con el futuro Gobierno. “Después de los comicios, confío en que se abra un periodo distinto, con más diálogo, más negociación y más pacto”. Estás tú bueno, Francesc: el viernes negro parisino ha terminado de dar la puntilla a las aspiraciones de apoyo con que podíais contar fuera, y el 20-D acabará de poneros donde os merecéis dentro.

Quienes desde hace años hemos venido denunciando que lo que Cataluña necesita no es –no era- más Estatuto ni más autonomía, sino más democracia, más calidad democrática y menos 3%, menos ladrones –como en el resto de España, por cierto-, no podemos sino contemplar con esperanza la llegada a Moncloa de un Gobierno que, forzado por la política de pactos, se vea obligado a meterle mano a los problemas de fondo del país que la muerte por agotamiento del régimen de la Transición hace tiempo puso en evidencia. Las esperanzas de muchos están hoy puestas en Ciudadanos y su compromiso con la regeneración democrática. A Homs le encantaría que al frente del nuevo Gobierno siguiera un tal Mariano Rajoy, porque solo así “conseguiría el independentismo aumentar la base social que hoy nos falta para imponer nuestro proyecto”. Esperamos de Ciudadanos que, de una tacada, en el mismo viaje, nos libre de los Homs y de los Rajoy, abriendo la puerta a un futuro de concordia entre todos los españoles, mediante un proyecto integrador capaz de evitar que la catalana comedia de Falset acabe a bastonazos.


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