Análisis

En Las Rozas hay enchufados, pero en la Federación de baloncesto al enchufado le hicieron seleccionador

No nos habíamos recuperado de la debacle de la selección española de fútbol, que cayó con estrepito por no saber leer, interpretar y corregir los defectos que venían mostrándose con rotunda claridad al menos desde 2013, y ahora esto. Esto es lo de la selección española de baloncesto, claro. Deporte concreto del que entiendo más bien nada, pero todos tienen mucho en común. Y si son de equipo, aún más.

Sin embargo, no me atreví estos días a escribir lo que me rondaba, por no hacer evidente mi desconocimiento especifico. Pero justamente me llega, cual mensaje en una botella, un recado de un amigo palmero que me busca y que ha sido una figura importantísima en el arbitraje justamente de baloncesto. Pedro Hernández, 'Pívot' para sus muchos amigos, considerado durante un tiempo como el mejor árbitro español y, probablemente, mundial. Interpreto esa aparición como una señal, porque soy algo dado a este tipo de interpretaciones acerca de las coincidencias, y me lanzo.

Lo primero que se me ocurre es que, como de costumbre, la nefasta Prensa deportiva hispana estaba teniendo ocasión de hacer el oso, y no la ha desaprovechado, vendiendo la piel del ídem antes de cazarlo. Por dar un ejemplo nada más, a inicios de año hizo un famoso diario deportivo uno de sus más logrados ridículos cuando tituló, la víspera de la final tenística del Open Australiano, "Un (bollo) suizo para desayunar". Lo que sucedió en el Wawrinka-Rafa Nadal no es preciso recordarlo, por amargo. Pero no aprenden. Porque no quieren. No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor burro que el que no quiere enmendarse.

Un deportista profesional se supone que está por encima de titulares estúpidos y previsiones altaneras y desprecios hacia los rivales por parte del entorno, los aficionados, la Prensa. Se supone, pero no es real. Casi todos presumen de no leer ni oír ni atender comentarios periodísticos. Mienten como bellacos. Lo leen todo, lo escuchan todo.

No se puede (bueno, sí se puede, pero no se debe) pensar en la final sin atender a los pasos previos, de la misma manera que no se puede (sí, se puede, pero no se debe) imaginar el segundo gol, la segunda canasta, sin haber materializado la primera. Esto lo saben los jugadores, pero, por si se les olvida, ahí están los entrenadores para trabajar la cuestión. Y preparar los partidos.

Cuando hay entrenadores, claro. La selección española de baloncesto tiene un entrenador nominativo, pero no real. Orenga ya había demostrado que está muy cortito para entrenar, máxime a un grupo de superjugadores y superegos como los que conforman nuestra selección, que está compuesta por deportistas de egos desmedidos, como ha de ser un campeón. Un entrenador que, como Scariolo –su exjefe- dicen que no encontraba sitio a un tal Ibaka porque a los cabecillas del equipo no les encajaba en la alineación básica. Eso dicen, entre muchas más cosas. Un entrenador de superélite no puede ser un ¨coleguita¨, bajo ningún concepto. El superego que le falta es lo que le sobra al presidente de la Federación, al parecer. El que despidió a quien mejor ha exprimido los talentos de estos jugadores, Pepu.

En la Federación que conozco mejor, la de fútbol, también se usa el nepotismo. Muchos de sus empleados, incluyendo los diferentes seleccionadores de todas las categorías, son hijos de alguien, ya federativo o antiguos internacionales con nula experiencia y bagaje en los banquillos. Sí, pero a nadie en La Ciudad del Fútbol se le ha ocurrido el disparate de poner al frente de La Roja a alguno de estos enchufados. El presidente de la de baloncesto se atrevió. Así ha salido la cosa.

Desde este enfoque, me niego a admitir lo que se había dicho sobre que esta España era el mejor equipo de siempre y el mejor equipo del Mundial. Un equipo es, cuando menos, jugadores más entrenadores. Y este equipo, ya digo, iba con un muy mal entrenador. Y un mal entrenador se distingue de los buenos en que, aparte lo que pueda adiestrar y enseñar, es capaz de hacer jugar mal hasta a los buenos jugadores, con cierta frecuencia. Algo que Orenga ya nos había puesto en evidencia más de una vez durante su periodo al frente –por escribir algo- del equipo.

Y los jugadores. Aisladamente. Tampoco me parecen ni el mejor equipo de siempre ni la mejor selección de este Mundial. Un jugador es él y su circunstancia. En este equipo –tal como en el del Mundial de fútbol, por cierto- hay varios soberbios jugadores, grandiosos, pero con síntomas indudables de venir cuesta abajo. Había claros síntomas de cierta desidia, de ir sobrados, de pasar del entrenador y de los problemas grupales. Demasiada gente, creo, pendiente ya del contrato de sus vidas, en lugar de ansiosa de hacerse grandes en las canchas. Varios eran los de Japón, de nombre. Pero no de circunstancia. Lamentablemente, se confirmó.

Ya les digo, yo de baloncesto, poco. Pero ya que he llegado hasta aquí, les diré también que siempre, ya desde Saitama, soy de los que quisiera tener siempre en mi equipo a gente como un tal Garbajosa. Uno de los que, desgraciadamente, no estaba en la vergüenza sufrida ante Francia.

Un saludo y perdonen este atrevimiento, que admito que lo ha sido.


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