Análisis

¿Dónde están los forofos del Tytadine?

   

Un ramo de flores homenajea a las víctimas del 11-M junto a las vías de la red de Cercanías de Madrid.
Un ramo de flores homenajea a las víctimas del 11-M junto a las vías de la red de Cercanías de Madrid. GTRES

A Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler, siempre se le ha atribuido la frase "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad". Tal vez no sea cierta dicha autoría, como defienden algunos historiadores, pero finalmente se ha cumplido al pie de la letra el contenido de la misma y el jerarca del nazismo ha pasado a la historia como la persona que la pronunció, además de por justificar las atrocidades de aquel régimen. Por fortuna, las máximas no siempre se cumplen y el mejor ejemplo lo tenemos en España, donde durante años se reiteró hasta la saciedad que el 11-M, la mayor masacre terrorista sufrida por nuestro país, era cosa de ETA, aunque para ello hubiera que presentar a los yihadistas que finalmente fueron condenados por ello como simples marionetas que tuvieron la mala suerte de pasar por la estación de Atocha aquel día. Afortunadamente, aquella repetición no cuajó en verdad y ello a pesar de que durante algunos años en este país se habló de Titadyne, ácido bórico y Goma 2 Eco con la misma naturalidad con la que ahora se discute si Diego Costa es el delantero centro que necesita la selección de fútbol para el Mundial de Brasil. 

Aquella polémica fue alimentada por ciertos medios que decidieron vender más periódicos alentando esa característica de la idiosincracia española que nos hace buscar tres pies al gato y una confabulación detrás de cada esquina. Jugando a llenar portadas, terminaron por dividir a la sociedad española entre 'oficiólogos', como se tachaba a los que asumían como cierta la versión policial y judicial de que los atentados los cometió una célula yihadista, y los 'agujerólogos', que veían en el sumario más boquetes que Stephen Hawkings en el universo. La situación llegó a tal nivel de absurdo que durante el juicio algunos abogados que en teoría ejercían la acusación en nombre de determinados colectivos de víctimas terminaron defendiendo a capa, espada y alegatos jurídicos a los que se sentaban en el banquillo por mutilar a sus clientes. Era el mundo al reves pero con la solemnidad de un juicio y el drama de 192 muertos y 1.824 heridos detrás.

Para ello, a los 'hooligans' de la conspiración les bastaba encontrar una pequeña discrepancia, un simple error anecdótico y un gazapo sin importancia en el sumario para elevarlo a la condición de prueba clave que demostraba que detrás de aquella masacre más que un grupo de radicales islamistas estaba la mayor conspiración de la historia de España. Ya se sabe que las grandes mentiras siempre andan necesitadas de detalles menores para ser creídas. Así, transformaron un casete de la orquesta de Javier Gurruchaga en una peligrosísima tarjeta de visita de la cooperativa Mondragón que enlazaba directamente las mochilas que estallaron en los trenes con 'Josu Ternera' y sus chicos. Incluso convirtieron un matacucarachas como el ácido bórico en la piedra filosofal que guiaba como las migas de Pulgarcito a desiertos y montañas no tan remotos.

Al final, los 'agujerólogos' llegaron a inocular en una parte de la sociedad española la creencia de que los que colocaron aquellas bombas no sólo no rezaban a Mahoma cinco veces al día, sino que lucían txapela y tenían un cerrado acento guipuzcoano. Estos expertos en descifrar enigmas inexistentes hablaban del dinitrotuleno con la misma naturalidad que de los ingredientes del marmitako, y eso que lo único que sabían de él era que, como el bonito en el guiso, era parte fundamental del que consideraba 'plato' principal de todo atentado etarra, la dinamita Tytadine. Hubo largas sesiones del juicio con sesudos peritos lanzándose matraces a la cabeza por un quítame allá esa molécula para transformar la Goma 2 ECO que habían 'distraído' unos desaprensivos mineros asturianos en otro explosivo a toda costa, incluso de la verdad.

Al final, la Audiencia Nacional condenó a 21 de las 29 personas que se sentaron en el banquillo y, aunque el club de amigos de la teoría de la conspiración siguió empeñado en ver ikurriñas allí donde sólo había versículos del Corán malintepretados, el aroma de la manipulación se ha ido difuminando poco a poco en estos diez años. De hecho, ya no se oye a los peones negros y otros aficionados al ajedrez hablar de secretos pactos a diecisiete bandas en los que estarían confabulados la Policía, la Guardia Civil, el PSOE, la Audiencia Nacional en pleno, el rey de Marruecos, algunas víctimas y hasta Pocoyó. Tampoco se alienta ya la búsqueda de dudosas 'verdades' por intrincados vericuetos que más que a agujeros negros conducen a pestilentes fosas sépticas. Y los 'forofos' del Tytadine, que llegaron a ser legión, seguramente se puedan contar hoy con los dedos de una mano. Diez años son muchos incluso para los que se miran en el espejo de Goebbels. Por fortuna, el poeta griego Sófocles y su máxima de que las mentiras nunca viven lo suficiente para hacerse viejas se terminaron imponiendo al jerarca nazi.


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