Análisis

El Rey entrega la estafeta en pésimas condiciones

   

Don Juan Carlos conversa con el Príncipe de Asturias en el acto de celebración del Día de las Fuerzas Armadas en 2013
Don Juan Carlos conversa con el Príncipe de Asturias en el acto de celebración del Día de las Fuerzas Armadas en 2013 EFE

Hace casi dos años y medio, al inicio de la aventura de Vozpópuli, escribí aquí un domingo que “la pérdida de prestigio de la institución, las divisiones familiares y el escándalo de Botswana (sexo y dinero conforman como una maldición los pecados capitales de los Borbones a lo largo de los siglos) han acentuado la debilidad simbólica de la Corona para mediar y arbitrar las soluciones que reclama un país cuarteado como nación tras las dos legislaturas de Zapatero(…) La monarquía de don Juan Carlos ha perdido autoridad –la que otorga el prestigio inmaculado-, y buena parte de ese poder simbólico que tuvo. Ha dejado de ser vista por muchos como una solución, para pasar a ser parte del problema”.

“En el entorno del heredero”, proseguía la pieza, “son claras las señales de alarma que emite esa pérdida de prestigio. El protagonismo del príncipe Felipe en el apartamiento de Urdangarin como persona de conducta “poco recomendable”, no tiene otra explicación que el intento de colocar un cortafuego capaz de evitar que el escándalo se lleve por delante la sucesión al trono. En este contexto, la aparición estelar del heredero en el acto de presentación de la Fundación Príncipe de Gerona, apenas dos días después de que Zarzuela dejara caer a Iñaki cual fruta madura, no puede entenderse más que como una reafirmación de la figura de Felipe de Borbón como icono de una Monarquía de nuevo cuño, no ligada a la restauración franquista ni a los escándalos de corrupción que empañan la figura del Rey su padre”.

En los últimos tiempos han sido varias las veces que, en vista del imparable desprestigio de la institución mayormente provocado por la vida y milagros del titular de la Corona, he manifestado mi sorpresa por el hecho de que en España, país a pesar de los pesares importante bajo cualquier variable que se considere, no existieran unas elites –políticas, económicas y de las otras- capaces de trabajar para hacer realidad un relevo pactado al frente de la Corona cuando aún era, aún es, posible hacerlo sin sobresaltos de mayor cuantía. Antes, por supuesto, de que fuera demasiado tarde. Cuando tal escribí nunca faltaron espontáneos, incluso amigos, dispuestos a disuadirme de mi error con argumentos más o menos contundentes: “Desengáñate, Jesús, éste no sale de La Zarzuela si no es con los pies por delante”; “a éste no le saca de allí ni la pareja de la Guardia Civil”, etc., etc. Confieso por eso la absoluta sorpresa que ayer por la mañana me causó el anuncio de la abdicación real, de la que, por supuesto y como la inmensa mayoría de la grey periodística, no tenía ni idea.

Que la decisión se ha tomado de forma precipitada y con total improvisación parece una obviedad a la luz de las evidencias que lo atestiguan, la más clamorosa de las cuales es quizá ese regreso precipitado del Príncipe, de viaje por Centroamérica, a Madrid. La maquinaria de las explicaciones oficiales se ha puesto de nuevo en marcha para revestir la iniciativa de don Juan Carlos de la suprema generosidad que cabe imaginar en quien ha traído la democracia a España, salvó a los españoles de la barbarie golpista la noche del 23-F, y les ha hecho felices y prósperos ciudadanos de una democracia ejemplar… La realidad, por contra, es que no se conoce decisión trascendental alguna que el Monarca haya tomado sobre un problema tan grave como el de Cataluña, o sobre el desbarajuste del Estado autonómico, o sobre la corrupción galopante, o sobre… Y ello porque nunca le ha gustado comprometerse, no le apetece, no le motiva, no le mola, y porque sus prioridades son y han sido otras, fundamentalmente atender siempre y en primer lugar sus personales caprichos e intereses, siempre en línea con lo que en un lejano 1858 escribiera un tal Fournier, embajador francés en la corte de Isabel II: “Nos enfrentamos a una realeza cuyas pasiones no parecen sentir la fuerza de su prestigio más que para abusar de él”.  

Entre lo verdadero y lo inverosímil

¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido en los últimos días, este fin de semana, en el Palacio de la Zarzuela y en el entorno del Rey? Sin duda algo muy importante que desconocemos, porque el propio afectado –que ayer exhibió en televisión la imagen avejentada de los últimos tiempos- no ha dado la menor explicación al respecto en su discurso a la nación. Hay quien especula con la recepción de una mala noticia reciente referida a su salud, pero un conocido cirujano de Barcelona lo desmentía ayer mismo en privado: “Lo del nódulo pulmonar que le fue extirpado no era cáncer, como tampoco lo era lo de la próstata. El Rey tiene muchas cosas, es verdad, pero ninguna de las que matan”. Quienes aludían a la más que probable imputación de la infanta Cristina, parecen desconocer que esa eventualidad está hace ya tiempo descontada en Palacio. ¿Algún escándalo gordo de nuevo cuño, hasta ahora en la sombra? “Lo verdadero y lo inverosímil están siempre muy cerca en España”, que dijo Napoleón III. Especulaciones sin cuento para ilustrar una abdicación que parece haberse abordado, por eso, de la peor manera posible, en el peor momento, con secretismo, con precipitación, un puro sobresalto, lejos de la luz y los taquígrafos que esa nueva Monarquía limpia de polvo y paja que tantos millones de españoles honrados se merecen.

Está, por fin, la explicación política. La que argumenta que ha sido el varapalo electoral sufrido por los dos partidos mayoritarios el domingo 25 de mayo, unido a la paralela decisión de Pérez Rubalcaba de tirar la toalla al frente del PSOE, lo que ha incitado al Monarca a poner pies en polvorosa de manera tan llamativa como precipitada. Una tesis que, de ser cierta, uniría a su incoherencia un grado de irresponsabilidad imperdonable. Porque, ¿no hubiera sido más lógico dejar pasar unos meses para diluir la euforia de los Pablemos y, una vez resuelta la crisis de liderazgo del PSOE y con la recuperación económica en marcha, anunciar de forma mucho más meditada y preparada esa abdicación? Hacerlo, en cambio, una semana después de que la mitad, como poco, del electorado se haya manifestado republicano más que un error –que apunta miedo- es casi una provocación, en el sentido de que usted no puede hacer Rey a su hijo por un acto de su real voluntad cuando cientos de miles, quizá millones de españoles, le están pidiendo la celebración de un referéndum al respecto. ¿Perdió ayer la Monarquía definitivamente la calle?

Sin olvidar un asunto clave, al que aludía en privado meses atrás cierta persona del entorno del Príncipe: “Estamos desesperados, porque hay un problema básico para acometer el relevo, y no es otro que el de la inmunidad al Rey”. ¿Qué promesas han contraído los líderes de PP y PSOE para asegurar esa inmunidad? Asumiendo que tiempo habrá para evaluar con detenimiento las luces y sombras del reinado de Juan Carlos I, toca hoy reconocer el estupor que este anuncio precipitado ha causado en todos los estamentos sociales, incluida la propia clase política que ayer alucinaba por los pasillos del Congreso. Quienes consideraban de la mayor importancia para asegurar el futuro de la institución monárquica llevar a cabo un relevo ordenado en la cúspide de la Corona, pueden tener la seguridad de que ese proceso se ha materializado de la peor manera posible. El rey Juan Carlos entrega la estafeta a su hijo en las peores condiciones imaginables.


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