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Roger Senserrich

OPINIÓN

Trump y el fracaso de la élites

La victoria de Trump no es racismo; los sondeos a pie de urna señalan que un porcentaje pequeño pero no irrelevante de votantes de Obama ha apoyado a Trump. Es un voto anti-urbano, anti-establishment.

Donald Trump durante un acto de campaña.
Donald Trump durante un acto de campaña. EFE

Este es un artículo difícil de escribir. El sistema político americano, clave de bóveda de las democracias occidentales, el país que ha sido el centro del sistema internacional desde 1945, ha sido arrollado por la victoria de un hombre al que nadie, hace dos años, creía capaz de ganar unas elecciones.

Donald Trump es un hombre que entró en la campaña electoral lanzando insultos racistas y prometiendo deportar 11 millones de personas

Donald Trump es un hombre que entró en la campaña electoral lanzando insultos racistas y prometiendo deportar a 11 millones de personas. Es alguien que ha amenazado con meter en la cárcel a su oponente, prohibir la entrada a Estados Unidos a las personas según su religión, alabado y profesado admiración por dictadores, insultado todo lo insultable y demostrado, una y otra vez, tener un temperamento petulante, narcisista y vengativo. Es alguien que ha sido repetidamente acusado de fraude, discriminación, abusos sexuales y evasión fiscal. Su mensaje es incoherente, ruin y zafio. Trump ha mentido constantemente, sin descanso, toda la campaña. Sus planes económicos son entre ridículos e inexistentes. Es alguien que desprecia a los expertos, la evidencia empírica y que tiene un total desprecio por las instituciones. Su retórica es autoritaria, antielitista, descarnada. Es un tipo que no se prepara nada, que perdió los tres debates por goleada, al que su equipo de campaña le ha tenido que quitar el móvil para que no dijera tonterías en Twitter.

Y ha ganado las elecciones igual.

Los sondeos, casi sin excepción, han fallado espectacularmente; los expertos, también. Casi sin excepción, se han equivocado por completo. Esta tarde (en EEUU), antes de que empezara el recuento, yo estaba escribiendo un borrador para este mismo diario sobre Hillary Clinton, "primera mujer en alcanzar la presidencia de Estados Unidos". Decir que ha sido una sorpresa mayúscula es poco. Las élites americanas, desde la izquierda hasta el centro derecha, han sido arrolladas por un tipo al que despreciaban abiertamente. Un bufón amateur, inútil y grosero, que será, a partir de enero, el hombre más poderoso de la tierra.

¿Qué ha pasado? La verdad, es muy temprano para decirlo. Debo confesar que estoy aturdido por los acontecimientos; el motivo por el que adoro Estados Unidos, mi país de adopción, es por su vocación de ser un país basado en valores e ideas, no en cultura o nación. Uno es americano porque respeta y defiende la constitución y los valores de una sociedad abierta, libre e integradora. Estos ideales, estos valores, es lo que han permitido que pueda vivir aquí, y participar en la sociedad del país más rico y poderoso de la tierra. Donald Trump ha hecho una campaña basada en repudiar estos ideales: nacionalista, anticosmopólita, aliberal. Toda una idea de Estados Unidos se desmorona.

Las críticas a la globalización eran, en el fondo, una forma más de hablar sobre el miedo a los efectos de esa sociedad abierta americana

Los motivos no son económicos. Los votantes de Trump ganan más dinero que la media. El comercio internacional, el gran mensaje económico de Trump, ha destruido puestos de trabajo en industria y minería, pero estos son un porcentaje muy pequeño de una economía cada vez más basada en servicios. Este mensaje ha sido importante, pero no por sí mismo. Las críticas a la globalización eran, en el fondo, una forma más de hablar sobre el miedo a los efectos de esa sociedad abierta americana.

La sociedad abierta, el contrato social liberal en el centro de Estados Unidos, tiene una tensión implícita entre sus propios valores de respeto y tolerancia y la capacidad del grupo cultural dominante de absorber cambios. Esta cultura dominante, en Estados Unidos, son las clases medias suburbanas y rurales. Son cristianos, amigables y trabajadores, valoran la familia, las buenas costumbres y la tarta de manzana. Están viendo el país cambiar rápidamente, con una intensidad y ferocidad sólo comparable a la era de las grandes migraciones a principios del siglo XX. Las ciudades americanas, largo tiempo durmientes, se han convertido en centros vitales, vibrantes e innovadores, cada vez más diversos, tolerantes, creativos y abiertos al mundo. Son el motor del cambio de un país que se ha recuperado de la crisis financiera con energía, con esa actividad frenética y ganas de comerse el mundo que uno sólo ve en Estados Unidos, el país del eterno optimismo. Es el nuevo mundo, la aldea global, de derechos civiles, cultura mestiza, costumbres cambiantes.

Es un voto anti-urbano, anti-establishment, contra unas élites convencidas que lo único que merece atención en este mundo sucede en Boston, Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Austin o Seattle

Esto es lo que la coalición de votantes de Trump ha rechazado. No es racismo; los sondeos a pie de urna señalan que un porcentaje pequeño pero no irrelevante de votantes de Obama ha apoyado a Trump. Es un voto anti-urbano, anti-establishment, contra unas élites convencidas que lo único que merece atención en este mundo sucede en Boston, Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Austin o Seattle, donde el resto del país sólo importa como incubadoras de ciudades de moda (“Denver está haciendo cosas interesantes”) y lugares donde ir de acampada. No es la globalización entendida como comercio, ganadores y perdedores. Es la globalización entendida como disrupción, cambio de costumbres, nuevas ideas, nuevos valores y gente del otro lado del mundo que viene a vivir al lado de tu casa, te guste la idea o no. El mundo ha cambiado. Ellos no quieren que ese cambio haga que sus valores, ideas y costumbres dejen de ser vistos como los cimientos del país en el que viven.

Hace algo más de un siglo, en los albores de la democracia representativa, una de las divisiones partidistas fue la división entre campo y ciudad. Durante la primera globalización, este cambio acabó pasando a segundo plano, cuando la rápida despoblación del campo dio paso a las divisiones de clase y el familiar eje izquierda-derecha. En estas elecciones los hombres blancos sin estudios superiores ha sido la base principal de Trump. Son los que no se creen esto de la economía del conocimiento ni el mundo de intelectuales, esnobs, tecnófilos, abogados y periodistas que les miran por encima del hombro y desprecian su pequeña aldea como un lugar anclado en el pasado, estancado y aburrido donde nunca sucede nada.

Trump entendió instintivamente esta guerra cultural, y entendió que los blancos del resto del país podían reaccionar a ella. La menguante mayoría blanca votó como una minoría cultural, en bloque, y le dio la victoria

Los demócratas, con Clinton a la cabeza, creyeron que el futuro era suyo. Estados Unidos era cada vez más una sociedad urbana, diversa, multicultural y tolerante, con minorías étnicas viviendo y compartiendo los valores del país. La demografía estaba de su lado. Apostaron por abrazar la cultura del nuevo mundo, y los universitarios blancos, los habitantes de estas ciudades les siguieron. Su problema es que Trump entendió instintivamente esta guerra cultural, y entendió que los blancos del resto del país podían reaccionar a ella. La menguante mayoría blanca votó como una minoría cultural, en bloque, y le dio la victoria.

Dos comentarios finales. Primero, es difícil recalcar suficientemente la enorme involución en políticas sociales, derechos civiles, política medioambiental o políticas públicas que la victoria de Trump va a traer consigo. Los republicanos controlan ambas cámaras en el congreso y la presidencia. El legado de Obama, extenso, admirable en muchos aspectos, será en gran parte destruido.

Segundo, hay motivos para creer que los cambios sociales y culturales de Estados Unidos durante los últimos años no van a frenarse. El futuro realmente es global, y la vitalidad, crecimiento y riqueza del país viene cada vez más de la vitalidad de las ciudades. La administración Trump quizás vaya a intentar implementar políticas públicas y medidas para cambiar esta tendencia, pero la tecnología, la economía americana van en esa dirección. La coalición cosmopolita de los demócratas quizás no está ahí aún, o quizás Clinton no era la candidata adecuada para movilizarla como hizo Obama. Pero el mundo se mueve en esa dirección; los demócratas deben ser capaces de abrir la puerta al futuro sin dejar a esos votantes atrás.

La gran ironía, en todo caso, será el voto popular. A estas horas de la noche, Trump ha ganado el colegio electoral, pero seguramente sacará menos votos en total que Clinton. Otra vez.


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