Opinión

El Popular o el cáncer que no estaba sólo en las Cajas

Emilio Saracho vendió el banco pero por un euro, y ahora tiene una doble deuda moral con este país y una gigantesca deuda monetaria, ésta bien real, con los 400.000 accionistas y bonistas a los que ha dejado en la ruina

Emilio Saracho, presidente de Banco Popular.
Emilio Saracho, presidente de Banco Popular. Efe.

“Fui a verlo a poco de su desembarco para conocer sus intenciones”, asegura un directivo de un banco de negocios puntero, “Y me dijo textualmente que `esto no tiene solución, a menos que me hagan un traje a la medida desde el punto de vista regulatorio que me dé tiempo para capitalizar el banco vía generación interna de recursos. Como eso no me lo van a permitir, te digo que esto no tiene salida´”. Emilio Saracho llegó al Banco Popular (BP) el pasado diciembre, con la vitola de triunfador como vicepresidente mundial de JP Morgan en Londres y con el encargo de salvar al Popular del desastre. Misión imposible. “Tengo la sensación de estar en deuda con este país, y ha llegado el momento de hacer algo, de devolverle algo de lo que me ha dado”, dijo entre amigos y conocidos, todos extrañados por lo que parecía la pirueta sobrada de un tipo engreído y sabelotodo, carente de toda experiencia en banca comercial. El mercado le tomó enseguida la matrícula, viendo en su llegada la decisión de vender el banco al mejor postor. Acertó a medias: vendió el banco pero por un euro, y ahora tiene una doble deuda moral con este país y una gigantesca deuda monetaria, ésta bien real, con los 400.000 accionistas y bonistas a los que ha dejado en la ruina. Un auténtico desastre.

El mercado ya venía muy escaldado con un “Popu” que lleva años moviéndose en la cuerda floja, en realidad desde la retirada de Luis Valls y la llegada al poder en octubre de 2004 de Ángel Ron como presidente ejecutivo. Tras hacer arrinconar la tradicional política de prudencia made in Valls, Ron decidió entrar cual elefante en cacharrería en un mercado inmobiliario ya sobrecalentado, del que empezaban a escapar a toda prisa los grandes del sector. Había que crecer a cualquier precio. Cuando en 2008 estalla la burbuja, el Popular elige la vía del atajo mediante “la ocultación de la morosidad real, la refinanciación de clientes morosos cuya deuda no hacía sino engordar, la manipulación del balance, las ampliaciones de capital, dos, que salen con fórceps y con descuentos importantes…” (un director general en activo, que reclama el anonimato). Años de tapar agujeros y mentir al mercado o al menos intentarlo. Nadie entendió que el Banco de España (BdE) permitiera una operación como la compra del Pastor en octubre 2011, cuando todo el mundo sabía que tanto comprador como comprado figuraban en todos los charcos inmobiliarios y en proporción muy superior a la que les correspondía por tamaño. Por si fuera poco, acometió la compra a puro pulmón, sin ayudas de ninguna clase, en una operación que vino a demostrar de nuevo que la suma de dos bancos malos no hace uno bueno. Y menos mal que el supervisor, en un raro gesto de autoridad, vetó la huida hacia delante de varias operaciones de compra en Latam y en la propia península, caso del luso Novo Banco.

La pura realidad es que el “Popu” tenía que haber sido intervenido en 2012 como un pasajero más del ominoso tren del rescate de las Cajas

“Ha habido siempre una brecha importante entre la realidad que del BP vendían sus gestores y lo que el mercado opinaba de su situación, lo que es casi tanto como decir que nunca terminamos de creernos la información oficial que deslizaba el management, cuando era un secreto a voces que mantenía una exposición al riesgo promotor superior a la oficialmente reconocida y sobre todo mal provisionada”. Y ello con las autoridades de supervisión mirando hacia otro lado, un comportamiento que ya resultó clave en el drama de las Cajas de Ahorro y que esta crisis ha vuelto a poner de manifiesto. La pura realidad es que el “Popu” tenía que haber sido intervenido en 2012 como un pasajero más del ominoso tren del rescate de las Cajas, ello a pesar de haber superado todos los test de estrés habidos y por haber. En impedirlo se emplearon muchos, empezando por el BdE y siguiendo por el resto de los grandes bancos, interesados en sacar a BP del lote de los apestados para poner de manifiesto que aquel cáncer afectaba en exclusiva a unas Cajas tomadas al asalto por políticos irresponsables, pero que los bancos, entidades privadas gestionadas con criterios profesionales, estaban, faltaría más, inmaculados, libres de toda sospecha.

Con el cuadro someramente aquí descrito, la llegada de Saracho se antoja uno de esos misterios cuya explicación parece situada más allá de las fronteras del entendimiento humano. Tal vez sería bueno que la consejera Reyes Calderón, la mano que meció la cuna por control remoto, explicara en qué encina de la sierra madrileña se le apareció la efigie, en forma de arcángel Gabriel, de este conspicuo banquero de negocios dispuesto a presidir un banco comercial sin puta idea de banca minorista. Su falta de habilidad a la hora de comunicar la situación de la entidad es tan notoria que induce a la sospecha. “El diagnóstico es unánime: estamos abocados a ampliar capital o a una operación corporativa”, anunció en Junta General el pasado 4 de abril. “La independencia es un valor hasta que se convierte en una carga”. Como no era creíble que hombre de su experiencia cometiera equivocación tan grosera, la gente con mando en plaza pensó que aquello no había sido un desliz, sino que don Emilio se había encargado de matar aposta la ampliación, había cegado tal posibilidad, dejando el banco abocado a un proceso de venta como única salida, conjetura que está en el origen de las especulaciones vertidas en torno al verdadero papel de Saracho en la pérdida de valor del BP y en su ubicación definitiva en la rada del Santander.

Caídas en bolsa y fuga de depósitos

Un día antes, el 3 de abril, el consejero delegado, Pedro Larena, anunció su salida del banco después de que el nuevo capo manifestara su intención de corregir las cuentas de 2016 (3.485 millones de pérdidas) para realizar cargos importantes en los resultados de marzo de 2017. Aquel día la acción se desplomó casi un 10,5%. Empezaban a funcionar los vasos comunicantes entre las caídas en bolsa y la huida de depósitos (muy sensibles al rumor en BP, al pertenecer mayoritariamente a pymes), una situación capaz de tumbar a la entidad más sólida del mundo. El 5 de mayo, durante la presentación de resultados trimestrales, un analista pregunta de sopetón a Saracho por la cuantía de los depósitos que han salido del banco en la primera quincena de abril -"¿me puede usted precisar esa cifra"?- y el viajado Saracho, el jefazo de JP Morgan, no sabe qué contestar, escurre el bulto, porque es consciente de que la sangría se está produciendo y puede que resulte imparable. Y cuando abre el data room a los potenciales interesados, de nuevo se muestra esquivo, rácano con la información solicitada, que ya sabíamos cómo estaba el banco, que para qué queríamos más datos, con un par, un comportamiento que no contribuyó sino a acrecentar las alarmas y extremar las precauciones de los potenciales oferentes.

Cuando a las 2,15 de la madrugada del miércoles, y ante dos notarios madrileños, se abren los dos únicos sobres llegados a la sede del FROB, uno de ellos estaba vacío. El otro ofrecía 1 euro por Popular.

El acelerón final es más o menos conocido. El pánico en Bolsa y su correlato de retirada de depósitos, que culmina un día, martes 6 de junio, con la ausencia de liquidez. Popular no hubiera podido abrir sus oficinas al día siguiente. “Y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies se cerró, sombrío y silencioso, el profundo y corrompido lago sobre los restos de la Casa Usher”. El BCE acelera sus planes –tenía previsto anunciar el nombre del comprador el viernes 9, al cierre del mercado- y notifica a la Junta Única de Resolución que el banco español está en quiebra y urge aplicar el Mecanismo Único de Resolución (MUR), de modo que a través del FROB reclama ofertas vinculantes para ya mismo, para las 10 de la noche del martes. En esa hora postrera, BBVA exige una cláusula que le cubra de cualquier contingencia derivada de posibles reclamaciones judiciales, pero el FROB contesta que aquello son lentejas, respuesta ante la cual Francisco González decide irse a la cama dejando el campo abierto al Santander de la señora Botín, para quien el valor patrimonial del banco era negativo. De nuevo lentejas. De modo que cuando a las 2,15 de la madrugada del miércoles, y ante dos notarios madrileños, se abren los dos únicos sobres llegados a la sede del FROB, uno de ellos estaba vacío. El otro ofrecía 1 euro por Popular.

El 75% de los empleados del banco son accionistas, no pocos de ellos con créditos concedidos por la propia entidad para comprar los títulos.

Un fiasco financiero en el que, como es usual, hay un responsable principal, Ángel Ron, un escolta muy significado, Emilio Saracho, y una serie de cooperadores necesarios pertenecientes a ese cuerpo de guardia de inútiles entorchados que ocupan la dirección del Banco de España y la CNMV. El emporio levantado por los hermanos Valls, los Buddenbrook del “Popu”, dilapidado por los miembros de la tercera generación. Pesimismo fin de siècle. Capítulo aparte merecería el auditor, PwC. Luis de Guindos, que en un primer momento se dejó enredar por Saracho, ha salvado los muebles, escarmentado como estaba por el aparatoso rescate de las Cajas que ha costado decenas de miles de millones al erario, quitándose de encima este muerto sin dinero público y garantizando los ahorros de los depositantes. Cuentan que el titular de Economía ha ganado puntos en Europa al haber sido el primer ministro del ramo en poner en marcha, y en menos de 24 horas, el mecanismo del MUR. La desaparición del Popular como entidad independiente, con todo, deja tras sí la estela escandalosa de los miles de accionistas que lo han perdido todo, y abre la puerta a una batalla jurídica de la que seguramente estaremos años hablando. El 75% de los empleados del banco son accionistas, no pocos de ellos con créditos concedidos por la propia entidad para comprar los títulos.

Irrumpió en el despacho de Emilio Botín y le dijo: "¿Sabes lo que te digo? Que me voy del banco por que no aguanto a la inútil de tu hija un minuto más. Y se largó".

“Creo que Ana Botín ha hecho un buen negocio, como la Bolsa se ha encargado de reconocer”, asegura un banquero madrileño. “En realidad este era un deal para el Santander, cuyo balance puede resistir mejor la digestión, unido a una mayor agresividad a la hora de desaguar activos malos. Una labor de gestión para los próximos 2/3 años, que consolidará el liderazgo del Santander en España y le reportará muchos beneficios, seguro”. ¿Un botín hecho a la medida de los Botín gracias a la labor de zapa de un “infiltrado” llamado Emilio Saracho? La condición del aludido de antiguo alto ejecutivo del Santander, donde colaboró precisamente con la actual presidenta, ha alimentado esta interpretación que, como la mayor parte de las teorías conspiratorias, tendría la virtud de explicar lo ocurrido con demoledora sencillez, permitiendo encajar las piezas de un puzle ciertamente complicado: Saracho habría llegado a BP con la misión de reducir el valor de la acción a cero y endosárselo a sus amos de siempre.

La mujer más poderosa del país

La realidad, sin embargo, parece algo distinta. La relación entre Ana Botín y el aludido se quebró un día del año 1998, cuando el ejecutivo irrumpió en el despacho de su padre de muy malas maneras. Lo cuenta un testigo de aquel episodio, que reclama el anonimato: “Fue después de comer. Yo estaba despachando con Emilio [Botín] en su despacho, cuando entró un Saracho descompuesto. ¿Sabes lo que te digo? Increpó a Botín. Que me voy del banco por que no aguanto a la inútil de tu hija un minuto más. Y se largó. Emilio pareció desconcertado un segundo, pero enseguida se repuso: déjale que se vaya con viento fresco; nosotros, a lo nuestro”. En todo caso, si Saracho era un infiltrado, ambas partes lo han disimulado muy bien. Ana Botín lo ha despedido prácticamente con motorista, sin hablar hablado una sola vez con él. El banquero de negocios se ha cubierto de gloria.

La compra del Popular, un banco que llegó a ser el más rentable de Europa, convierte a Ana P. Botín en reina indiscutible de las finanzas hispanas, y desde luego en la mujer más poderosa del país, restaurando la pata del poder financiero que tras la muerte de su padre y la retirada de César Alierta de Telefónica había quedado coja. Nos encaminamos hacia un oligopolio financiero al que ha ido a morir, como ríos a la mar, todo el viejo entramado de bancos y Cajas que, además de dar servicio al consumidor, generaban riqueza, daban empleo, y garantizaban un cierto equilibrio democrático en el juego de los poderes que hoy se ve amenazado por ese monopolio capaz de ejercer un poder vicario sobre el resto, incluidos el ejecutivo, el legislativo y el judicial, y por supuesto el mediático. Ello por no hablar de las dificultades que para el normal desenvolvimiento de muchos negocios, básicamente de pymes, supone la merma drástica de competencia que se está operando en un sector tan vital para la marcha de la economía como es el financiero. Un peligroso escenario para las libertades, sin que, además, hayamos resuelto de verdad el saneamiento de nuestro sistema bancario (Liberbank y lo que cuelga) o de lo que queda de él.


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