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Jorge Vilches

OPINIÓN

El PP o por qué ganarán otra vez los nacionalistas

Lo dicen las encuestas, pero lo aventurábamos porque el gobierno ha evitado a toda costa mostrar entusiasmo y firmeza en el desempeño de su obligación.

El PP o por qué ganarán otra vez los nacionalistas.
El PP o por qué ganarán otra vez los nacionalistas. EFE

El rechazo popular a un golpe de Estado lo recoge quien muestra una combinación justa de entusiasmo y firmeza. La gente común no percibe los aspectos jurídicos de un golpe, sino los sociales o emocionales. Por eso las personas no se manifestaron contra el golpe catalanista con el Código Penal en la mano, ni sacaron a sus balcones el FLA, ni recitaron a coro el articulado de la LOREG, sino que inundaron las calles con banderas españolas, y cantaron el “lo-lo-lo-lo” o una cover de Manolo Escobar.

El contragolpe ha tenido éxito, pero el PP ha perdido

Un golpe es emocional, y no entenderlo es desconocer el funcionamiento de un régimen de opinión pública donde el discurso y la imagen son el 95% de la política. ¿Quién gana un contragolpe? No me refiero al pulso, sino al poder con mayúsculas, al que tras la victoria marca el sentido de la política y, en este caso, de la formulación de las bases de convivencia. Lo hace quien sabe encauzar ese sentimentalismo legalista , constitucional, de orden, ese que intuye que es el momento de encarnar el Estado.

El contragolpe ha tenido éxito, pero el PP ha perdido. Ortega escribía a Marañón en febrero de 1935 que el problema del orden público en España era que en lugar de solucionar las insuficiencias del Estado nos contentábamos con penas capitales . Eso es lo que ha pasado. El PP, en vez de erigirse en la mano implacable de la fuerza, el poder y la autoridad estatal, que podía y debía hacerlo para representar y encauzar la respuesta popular, ha preferido los tribunales y contemporizar . Lo hizo Martínez de la Rosa en 1834 con los revolucionarios, y acabó con el mote de “Rosita, la pastelera”.

Hubiera sido muy fácil la elaboración de una estrategia para canalizar la previsible reacción popular contra el golpe de los supremacistas en Cataluña mediante la puesta en marcha de un retórica constitucionalista y contundente, generando la imagen de inflexibilidad ante los violadores de la ley. Sobre todo, cuando las intenciones de los independentistas se venían anunciando desde 2014 y su parodia del 9-N. Han perdido tres años.

Era preciso, por responsabilidad, sentido de Estado e incluso inteligencia electoral, tener hambre política

No bastaba con diseñar un campo de minas judicial para los separatistas. Eso lo hace cualquier equipo jurídico bisoño. Era preciso, por responsabilidad, sentido de Estado e incluso inteligencia electoral, tener hambre política, ganas de convertir a un grupo de gestores tecnócratas y economicistas en una alternativa liberal-conservadora fuerte.

“Gobernar es resistir”, decía el Donoso Cortés que veía en el liberalismo el origen del desorden social y político. Parece que el Gobierno ha hecho suya esa frase. Cuando tenía la oportunidad de congraciarse con sus votantes, esos que huyeron por el incumplimiento del programa electoral de 2011 a cambio de más socialdemocracia, o espantados por la carcoma de la corrupción, el PP ha preferido quedarse en la sombra y resistir. Menos mal que salió Felipe VI a dar dignidad a la resistencia , a poner voz a los silenciados, a canalizar el hartazgo y la defensa del orden constitucional. Era eso: una retórica y una imagen.

El PP de los últimos años se empeña en que sean otros –léase, Ciudadanos e incluso a ratos el PSOE de Sánchez-, quienes generen ese mecanismo empático

Quizá no se hayan dado cuenta todavía de que todo partido político tiende a conseguir el poder con vocación de no abandonarlo jamás. Para eso, como vieron desde Ostrogorski a Duverger y Panebianco, crean una estrategia de comunicación, una red de alianzas y clientelar, pergeñan leyes y normas no escritas, reclutan y forman cuadros dirigentes, buscan una élite cultural que los apoye ante la opinión pública, y, sobre todo, se construyen una identidad que genere empatía. Sin ella, lo demás no sirve.

Sin embargo, el PP de los últimos años se empeña en que sean otros –léase, Ciudadanos e incluso a ratos el PSOE de Sánchez-, quienes generen ese mecanismo empático. La debilidad parlamentaria en las Cortes no parece hecha para ellos, y pactan haciendo pensar a la gente que ceden, que resquebrajan su resistencia solo un poco para hacerse perdonar el ser gobierno.

Los nacionalistas volverán a ganar las elecciones, porque todas las organizaciones golpistas, incluida TV3 , han quedado a salvo para unos comicios precoces, casi plebiscitarios, hechos en caliente

Por esto los nacionalistas volverán a ganar las elecciones, porque todas las organizaciones golpistas, incluida TV3 , han quedado a salvo para unos comicios precoces, casi plebiscitarios, hechos en caliente, pedidos por el PSOE, Ciudadanos y los nacionalistas. Nadie se siente desautorizado, sino incluso reforzado. Ya han colocado a Santi Vila como el nuevo Pujol, ese clásico dirigente nacionalista que permite aprobar presupuestos mientras construye su comunidad homogénea. ERC recuperará el leitmotiv que le imprimió Macià, el ser un movimiento nacional, mientras los podemitas y los socialistas de Iceta, que sostienen que la democracia es dialogar, serán los determinantes.

Nada se habrá hecho para erradicar el supremacismo de la administración, de la educación o de los medios de comunicación, o arreglar las deficiencias del Estado

Nada se habrá hecho para erradicar el supremacismo de la administración, de la educación o de los medios de comunicación, o arreglar las deficiencias del Estado, como decía Ortega, sino ganar tiempo, resistir, sobrevivir hasta la próxima nómina. Tampoco recogerá el PP la reacción popular, masiva, contra el golpismo y en defensa de las libertades, ni siquiera para reconstruir la identidad política perdida.

Lo dicen las encuestas, pero lo aventurábamos porque el gobierno ha evitado a toda costa mostrar entusiasmo y firmeza en el desempeño de su obligación. Ha preferido dar la imagen de desagrado en el cumplimiento de la ley, de pasteleo hasta el último segundo (o más allá), y de debilidad, y eso se salda en las urnas.


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