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Jesús Cacho

OPINIÓN

Mariano insiste en convertir al PP en un partido marginal

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. EFE

“Me encuentro muy bien, ¿no se me nota?”. Mariano Rajoy, a los chicos de la canallesca con motivo de los actos de celebración, este martes, del 39 aniversario de la Constitución de 1978. A Mariano no se le nota nunca si sube o baja, si goza o padece, si está contento o se aburre como una ostra. Mariano es la esfinge dispuesta a aguantar carros y carretas, a resistir contra viento y marea y, a lo que vamos, a agotar la legislatura y volver a presentarse como cabeza de lista del PP a unas nuevas generales. “Estoy muy tranquilo. ¿Por qué no voy a volver a presentarme si no he hecho nada tan malo?”.

La pregunta tiene su miga, por cuanto lleva implícita la asunción por el propio protagonista de algún tipo de culpa, el reconocimiento de que ha sido un chico malo, de que sí ha hecho cosas malas, aunque quizá no tan malas… ¿El famoso Whatsapp de “Luis, sé fuerte” será para Mariano una cosa mala o, por el contrario, muy mala? ¿Y cómo juzgará el gallego impasible haber dilapidado la cómoda mayoría absoluta de la que dispuso en su primera legislatura, tras las generales del 20 de noviembre de 2011? ¿Cómo no condenar su incapacidad para hincarle el diente –enfrascado en superar la crisis económica- a la no menos brutal crisis política que en enero de 2012 ya era una evidencia y que a día de hoy sigue tan viva como entonces, crisis cuya mejor demostración es el intento del secesionismo catalán de romper la unidad del país? ¿Haber contribuido, con su laissez faire laissez passer en este drama, a llevar a España al borde de la ruptura territorial, haber permitido esa regresión a la pura barbarie que es el nacionalismo le parecerá a Mariano algo simplemente malo o muy malo? ¿Algo lo suficientemente grave como para que los electores quieran mandarle a casa de una vez por todas?

El partido de la derecha se había convertido en valor refugio en un país que parecía del todo ingobernable.

Seguramente tampoco le parecerá grave haber reducido el PP a la condición de partido meramente testimonial tanto en el País Vasco como en Cataluña, donde según las encuestas podría perder el próximo 21 casi la mitad de los diputados con los que contaba hasta ahora, un asunto de la máxima importancia para la vertebración futura de este dichoso país. La sensación de ocasión histórica fallida que acompañó el final de su primera Legislatura, la de los 186 diputados, provocó un importante voto de castigo el 20 de diciembre de 2015, un envite del que el PP salió con apenas 123 escaños, su peor resultado desde 1989. No dimitió. Con su liderazgo de nuevo cuestionado, los hados volvieron a sonreírle tras la azarosa primera mitad de 2016. El 26 de junio, Mariano volvió a salir a flote como esas maderas carcomidas que se niegan a hundirse, mejorando cosecha (137 diputados) y precipitando la crisis del PSOE. El partido de la derecha se había convertido en valor refugio en un país que parecía del todo ingobernable.

Un PP condenado a cambiar de nombre

Transcurrido año y medio de legislatura, ha quedado demostrada la incapacidad y/o falta de voluntad de los populares para iniciar un cambio desde dentro, una regeneración capaz de aflorar un partido de nuevo cuño. Como ocurriera con Convergencia, el PP parece condenado a cambiar de nombre y a vender su sede. Para empezar. Por duro que pueda parecer, los españoles no pueden contar ni con el PP ni con el PSOE para avanzar en el horizonte del año 2050 a lomos de un nuevo proyecto ilusionante de país. Ambos están muertos en términos de futuro. Mariano volverá a presentarse porque se trata de seguir en el poder hasta que el cuerpo aguante, un episodio inercial más en el crepúsculo de mediocridad propio de un razonable gestor de casino de pueblo. Mariano ha consolidado al PP como una empresa privada en la que personalmente detenta el 100% del capital social y de la que es Presidente y consejero delegado, hace y deshace, porque esa empresa no tiene accionistas, ni consejo de administración, ni nadie a quien rendir cuentas. Mariano es el PP y el PP es Mariano, y fuera de él no hay nada, apenas un grupo de coristas amaestradas. Él dice quién sube y quién baja, quién va y quién no va en las listas electorales. Un Rey que reina sobre un pantano de acojonado silencio. 

Volver a presentarse como candidato por sexta vez consecutiva, haciendo bueno aquello de que los dioses ciegan antes a los que quieren perder. Le importa un pimiento haber asumido la limitación a dos de los mandatos presidenciales, compromiso que firmó con Albert Rivera para sacar adelante su última investidura. “¿Qué debate es ese?”, preguntó mosqueado el martes, cuando alguien le recordó lo obvio: la obligación de respetar los acuerdos que se contraen, lo que supondría que esta debería ser su última legislatura como inquilino de La Moncloa. “Sabemos que todo en él es transparencia, franqueza y honradez”, afirma con sorna un responsable de Ciudadanos (C’s), “y sabemos también que tenemos firmado un pacto de limitación de mandatos, que debemos esperar que cumpla; está claro que si no lo hiciera, obraríamos en consecuencia. Francamente no puedo ocultar que Mariano sería un contrincante ilusionante de cara a unas generales”.

El PP podría llegar a ser un partido residual no solo en Cataluña o el País Vasco, sino en toda España

El crecimiento de la formación naranja en las encuestas anuncia el comienzo de una larga senda que podría conducir al PP a la irrelevancia. Si a Rivera no le asusta el vértigo implícito en el envite, si no comete equivocaciones groseras, el PP podría llegar a ser, y no tardando, un partido residual no solo en Cataluña o el País Vasco, sino en toda España. Es la gran operación en marcha: la posibilidad de que C’s protagonice un sorpassoque le convierta en partido hegemónico de un centro derecha liberal ajeno al tsunami de esa corrupción responsable de haber agotado de forma prematura al régimen del 78. Una auténtica revolución podría empezar a perfilarse tras los resultados del 21 de diciembre en Cataluña, un territorio donde los españoles se juegan mucho más de lo que parece dentro de 11 días. Puede, con todo, que estemos ante un proceso más lento de lo que parece. Puede incluso que ambas formaciones estén llamadas a gobernar juntas tras las próximas generales, lo cual supondría romper el punto muerto de la situación actual en tanto en cuanto supondría poner en marcha los cambios de futuro que reclama una mayoría de ciudadanos, cambios frente a los que Rajoy opera como muro de contención.  

Iglesias como ogro sacamantecas

La esperanza lleva nombre de Ciudadanos. Junto a la fosilización del PP y los palos de ciego del PSOE, la legislatura está poniendo en evidencia que Podemos no será recambio de nada, tan fuerte es el olor a naftalina que desprende apenas dos años después de su gran salto adelante. La naftalina de 1917, el año de la revolución de octubre. En la medida en que vaya perdiendo fuelle la imagen de Iglesias como ogro sacamantecas, como amenaza a la estabilidad –la triada liberal de libertad, seguridad y propiedad- sentida por amplias capas de población, fundamentalmente clases medias, irá reduciéndose ese caudal de voto cautivo que el PP mantiene amarrado al ronzal del miedo a los extremismos. En otras palabras: en la medida en que Pablo deje de dar miedo para convertirse en una broma histriónica, dejará de ser obligatorio seguir votando al PP.

Está por ver, en fin, si a lo largo de 2018 Rivera se decide a retirar su apoyo al Gobierno Rajoy, condenado a abrir las portadas casi a diario por los juicios de la corrupción, para forzarle a ir a elecciones. La negativa radical de la derecha para renovarse y su deriva hacia la irrelevancia son parte sustancial del problema de España, ese problema cuya esencia resumíamos aquí semanas atrás con el enunciado de “No es Cataluña: el problema sigue siendo España”. La incapacidad para poner en marcha un proyecto de país atractivo para las próximas décadas. Rajoy quiere volver a presentarse. No sabe hacer otra cosa. Los estatutos son claros, dicen a coro en Génova: “El presidente nacional del PP, elegido por el Congreso, será el candidato del partido a la presidencia del Gobierno”. Ni una voz discordante. Nadie capaz de levantarle la voz y alertar del peligro. La desaparición del PP como partido hegemónico del centro derecha podría convertirse en el acontecimiento político más relevante en décadas de vida política española. El auténtico cambio.


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