Opinión Malditos seáis

Jordi Turull, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, antes de la firma simbólica de la declaración.
Jordi Turull, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, antes de la firma simbólica de la declaración. Europa Press

Víctima de su propia insensatez, de la de sus socios y de un proceso que no tenía una salida razonable, todo indica que este próximo lunes el President de la Generalitat declarará la independencia. Acto seguido, sus seguidores tomarán las calles. La sinrazón ha llegado.

De perdidos, al río

Han optado por el martirio, aunque eso conlleve sumir a esa Cataluña a la que tanto dicen amar en un pozo del que difícilmente podrá salir en muchos años. Carles Puigdemont, presionado por sus propios correligionarios del PDeCAT, por Esquerra, por las CUP, por la ANC y por Ómnium, ha decidido echarse al monte. La última razón, sinrazón más bien, es buscar las imágenes de él y de otros dirigentes siendo detenidos por la Policía Nacional. Creen los ideólogos de este despropósito que eso reforzará la imagen de los líderes independentistas, de la misma manera que utilizaron las actuaciones policiales el pasado 1-O para presentar ante el mundo la imagen de una España represora, fascista y antidemocrática.

De nada parecen haber servido las advertencias de las organizaciones patronales, ni las de los políticos sensatos, ni las de Europa. No ha servido tampoco la marcha de Cataluña de seiscientas empresas ni la recesión a la que se ve abocada la región catalana. Es evidente que los separatistas ni querían diálogo, ni mediación ni nada que no fuese conseguir de grado o de fuerza el único objetivo que han perseguido siempre, el de la independencia al precio que sea. Aunque en los pasillos de Palau se murmure que esto es una operación kamikaze, nadie parece tener la menor intención de frenar a Puigdemont en ese suicidio político al que está dispuesto a someterse. Lo que no le cuentan al President es que muchos de los que le jalean están encantados con saberlo amortizado y convertido en un protomártir independentista.

Con el tonto útil sirviendo de chivo expiatorio y la aplicación del 155 por parte del Estado, los nacionalistas solventan el embrollo, se sacan de encima a un iluminado, dejan a las CUP satisfechas y pueden presentarse en unas próximas elecciones impolutos

Porque esa es la realidad. Con el tonto útil sirviendo de chivo expiatorio y la aplicación del 155 por parte del Estado, como no podía ser de otra manera, los nacionalistas solventan el embrollo, se sacan de encima a un iluminado, dejan a las CUP satisfechas – estos solo quieren carnaza y más carnaza, como los tiburones – y pueden presentarse en unas próximas elecciones impolutos, con carta patente de patriotas catalanes ante un electorado de lagrimita fácil que se apiadará de los detenidos por una España malísima que no entiende de votos ni de libertad.

Es una estrategia perversa que precisa de víctimas, pero a los que han mandado en Cataluña los últimos años les da exactamente igual. Todo sea por quedar bien ante los suyos y cargarse de razones, en frase de Artur Mas, para seguir viviendo del momio de la estelada. Calculan – cálculos hechos seguramente por David Madí, mano derecha de Mas y eminencia gris de todo el proceso – que solo de esta forma se calmarán los que consideran a los ex convergentes como unos tibios. “Hemos hecho lo que hemos podido, pero esta vez no lo logramos. La próxima será la definitiva”, dirán con aire compungido mientras se ríen por debajo de la nariz de los bobos que se han dejado engatusar. Tener al Estado por cómplice, aunque sea involuntario, en todo este sucio asunto les encanta.

Si solo fuera a quedarse en la aplicación de la ley, que a todos nos obliga, y la puesta a disposición de los tribunales de los instigadores visibles de la independencia, no pasaría nada grave. El gobierno nombraría a un encargado de la Generalitat, como la República española hizo en su momento poniendo al ex alcalde de Barcelona Pich y Pon cuando los sucesos de octubre, se convocarían unas elecciones autonómicas y se pasaría una de las páginas más funestas en la historia de esta tierra.

Pero nos tememos que la cosa no se quede ahí. El mismo lunes en el que Puigdemont ha de responder al gobierno que proclamó la independencia para, al cabo de una hora, proclamar de nuevo la república catalana independiente, declaran en Madrid los responsables de la ANC y de Ómnium. Estos, que ya se ven encarcelados, han llamado a la movilización general, propuesta a la que se han sumado las CUP, que están como pez en el agua. ¿Qué significa? Que se activarían los planes que llevan tiempo preparando acerca de la toma de centros oficiales y puntos estratégicos.

No serán solamente las masas más o menos idiotizadas las que saldrán a la calle. Recordemos que entre nosotros se encuentran desde hace semanas un número importante de agitadores profesionales, desde batasunos a antisistema

Cuidado, no serán solamente las masas más o menos idiotizadas las que saldrán a la calle. Recordemos que entre nosotros se encuentran desde hace semanas un número importante de agitadores profesionales, desde batasunos a antisistema. Tampoco es baladí mencionar a los Mossos, en el que coexisten dos grupos claramente diferenciados, los policías profesionales y los independentistas. Un mismo denominador común les unen: ambos están armados.

Será, por tanto, si Dios no lo remedia, un enfrentamiento que nadie puede saber como acabará. No es extraño que unidades del ejército estén prestas a la intervención y que tanto Guardia Civil como Policía Nacional hayan activado los planes de contingencia para intentar sofocar una sedición que está punto de pasar de las palabras de los políticos irresponsables en despachos y Parlament a las calles.

¿Qué gana el independentismo y que pierde Cataluña?

Como decíamos, los independentistas, que saben imposible su victoria en un envite de tal magnitud, creen que pueden sacar réditos electorales; los ex convergentes, limpiar su imagen como buenos patriotas y, de paso, evitar que se hable de la inmensa corrupción que reinó en Cataluña bajo sus gobiernos, los de Esquerra consolidarse como la fuerza independentista tranquila y las CUP abrogarse el papel de revolucionarios. Ninguno ha pensado en dejar su escaño o dimitir, porque les van las habichuelas, lo que demuestra de que madera están hechos estos revolucionarios de boquilla, papás convergentes y casita con piscina, pero la gente que les ha votado no lo sabrá discernir. Si fanático es el electorado convergente y de Esquerra, mucho más lo es el votante cupaire. Se creen de izquierdas, avanzados, con propuestas que son un soplo de aire fresco. “Son los más coherentes de todos” repiten, sin saber que ni son nuevos, ni coherentes ni avanzados. El anarco independentismo es simplemente una puesta al día de viejísimos postulados que llevaron, en plena guerra civil, al desbarajuste político más terrible, cuando no a los asesinatos indiscriminados perpetrados por las tristemente célebres Brigadas del Amanecer.

Juegan sus cartas pensando en elecciones, electorados, miserias personales y venganzas; nadie piensa en el país, en la gente

Juegan sus cartas pensando en elecciones, electorados, miserias personales y venganzas; nadie piensa en el país, en la gente que tiene problemas porque su pequeño negocio, su pequeña empresa, su bar o su taxi va a pagar los platos que están rompiendo el harca de políticos más irresponsables que ha dado este país, que ya es decir. Eso es lo que pierde Cataluña y su gente: todo.

Es hora de decir que esto ni va de democracia ni de libertad. Va de sentido común, de sentido de la responsabilidad y, si me apuran, de sentido de la historia. Pero la historia de verdad, no la inventada por un puñado de escritorzuelos y orates pagados por el Govern, la historia que se preguntará como fue que en Cataluña, en pleno siglo XXI, con los retos del terrorismo yihadista y el recuerdo de los muertos de agosto en el criminal atentado de La Rambla, con el desafío tecnológico, con la internacionalización de la economía, con una Europa que hay que redefinir para convertirla en motor de democracia avanzada, un grupito de niños de papá decidieron jugar a Bolívar y hundir en el lodo a la región más industriosa y potente de España.

Es esa historia a la que, justamente, no encontrarán ustedes mención alguna en los libracos del 1714 que hemos sufragado entre todos o en el Museo de Historia de Cataluña. La misma que juzgará con toda la severidad y el rigor que merece la malhadada república de los tontos útiles que se piensa proclamar este próximo lunes para contento y orgasmo de unos cuantos lunáticos y pesar y pobreza para el inmenso conjunto del pueblo catalán.

Malditos seáis. Malditos.

Miquel Giménez


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