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José Luis Blanco

Opinión

Espíritu Tarradellas

El president Tarradellas, en su llegada a Madrid
El president Tarradellas, en su llegada a Madrid Gtres

Cuarenta años después del aclamado regreso del President Tarradellas al balcón de la Generalitat, su celebérrima invocación inicial, “Ciutadans de Catalunya”, es hoy más necesaria que en el otoño de 1977.

Cuando el hombre que preservó incólume el legado de la Generalitat durante los años de la dictadura quiso dirigirse a su audiencia buscó una expresión que superase cualquier auspicio de distinción entrelos nacidos en Catalunya y los venidos de otras partes de España.

Hoy, a las puertas de la ya casi inevitable aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución, la sociedad catalana está profundamente dividida entre los partidarios de la aventura secesionista y los defensores del régimen institucional derivado de la Constitución del 1978, que ha permitido el mayor grado de autogobierno del que Catalunya ha gozado en la historia.

De esta situación de confusión, división y retroceso de proporciones históricas solo será posible salir con un profundo respeto mutuo y fijando un horizonte común que se proyecte más allá de los momentos difíciles que ahora se avecinan.

Debemos fijar ya la atención en el día después, puesto que la tarea que tenemos por delante todos los catalanes y todos los demás españoles es titánica.

Es preciso poner fin al uso instrumental de la escuela catalana como centro de adoctrinamiento secesionista. Sin duda. ¿Pero no es momento, también, de alcanzar de una vez el gran pacto educativo que siente un marco estable para las próximas décadas y que tenga como objetivos combatir el fracaso escolar y preparar a las nuevas generaciones de españoles para afrontar los retos de la sociedad digital? ¿Alguien cree que la redefinición estructural de la distribución de la renta en España es una cuestión de mera complacencia con los sediciosos catalanes? ¿Acaso no ha llegado la hora de analizar con rigor qué hay que hacer para subvertir la situación en la que se hayan sumidas amplias regiones de nuestro país, aparentemente abocadas al desempleo masivo y sin más respuesta que los subsidios y las subvenciones perpetuos?

¿No es ya hora de acometer el desarrollo y la potenciación de las infraestructuras del llamado Corredor del Mediterráneo, de Almería a Gerona, en interés de la economía española en general?

Hay que acabar con el sectarismo de la Corporación Catalana de Radio y Televisión. Tarea necesaria y urgente. ¿Pero no deberíamos poner coto al derroche insoportable que suponen todas las televisiones públicas autonómicas y destinar esos recursos a otros fines más necesarios para los ciudadanos? Debe reconducirse la acción exterior de la Generalitat y sus “embajadas” políticas. ¿Pero no es urgente la modernización de nuestra acción exterior para que las embajadas de España sean centros eficientes de promoción y desarrollo de todas las Comunidades Autónomas?

Hay que establecer una política de libertad y respeto lingüístico en Catalunya. Sin duda; y debe ponerse fin al uso de la lengua como atributo de diferenciación política. ¿Pero no es hora también de que los catalanohablantes sientan que la lengua catalana -como la gallega y la vasca- es una lengua española protegida por el Estado y respetada por todos los españoles como un tesoro cultural propio? ¿No es hora ya de potenciar la actuación exterior del Instituto Cervantes con un, digamos, Instituto Rodoreda, que complemente la muestra internacional de nuestras culturas?

Nuestro futuro político y social, la vida diaria de los catalanes y la recuperación del pulso en las relaciones con los demás españoles exige establecer un ámbito de convivencia en el que quepan también la inmensa mayoría de quienes hoy han tomado la senda de la secesión. Todos nosotros debemos contribuir a crear ese ámbito con propuestas basadas en la razón, la modernidad y la tolerancia. Ese debe ser nuestro elemento diferencial.

El llamado “procés” ha expulsado del canon de la catalanidad a nombres tan ilustres como los de Josep Pla, José Ferrater Mora o Jaume Vicens Vives, minimizando la dimensión de su obra y confinándolos al ostracismo por tibios. No podemos permitir que también se diluya el legado y el mensaje de un hombre honrado y austero que fue siempre símbolo de Catalunya y orgullo de la España constitucional. Recuperemos el espíritu de Tarradellas para que todos, con nuestras propias ideas y creencias, volvamos a ser Ciudadanos de Catalunya.


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