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Jesús Cacho

Moción de censura España no se merece un Iglesias, cierto, pero tampoco un Rajoy

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aguarda en su escaño la intervención de Pablo Iglesias.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aguarda en su escaño la intervención de Pablo Iglesias. EFE

A punto de cumplirse el cuarenta aniversario de la celebración de las primeras elecciones democráticas habidas en España desde febrero de 1936, asistimos ayer en el Congreso de los Diputados a un debate lleno de simbolismo, una de esas reapariciones teatrales que el tren de la Historia dedica a los países frágiles de memoria. El transito pacífico de la dictadura de Franco a la democracia no hubiera sido posible sin la determinación del PCE de Santiago Carrillo de dar carpetazo a la guerra civil y abrir la vía de la reconciliación entre hermanos, del mismo modo que tampoco lo hubiera sido si las Cortes franquistas no hubieran aceptado hacerse el famoso harakiri desatando lo que estaba “atado y bien atado”. El Partido Comunista caminó entonces de la dictadura a la democracia, aceptando las reglas de juego de la democracia parlamentaria. Cuarenta años después, sin embargo, y en el entorno de una España tan distinta como distante, los neocomunistas de Podemos pretenden caminar desde la democracia a la dictadura, previa conquista de un poder que no les han dado las urnas.     

Una moción de censura convertida en farsa, en altavoz de esa agitación permanente que el populismo necesita para hacer posible el permanente jaque mate a las instituciones, en la senda del “cuanto peor, mejor”. Podemos tiene prisa. La buena marcha de la economía y la salida de la crisis que se advierte en el PSOE con la vuelta de Pedro Sánchez colocan a las tropas del general Iglesias ante la necesidad de plantear una batalla que intuyen decisiva. Se han recuperado 2.194.667 de los puestos de trabajo que se destruyeron durante la crisis (el 65,6% del empleo perdido). El número de afiliados a la Seguridad Social es ya de 18.345.414, cifra no alcanzada desde diciembre de 2008, con un crecimiento interanual del 3,87%. La creación de empleo es homogénea tanto a nivel sectorial como de CC.AA. España crea uno de cada cuatro empleos que se generan en la zona euro. La contratación indefinida a tiempo completo crece en 2017 a un ritmo del 13,6%, encadenando 40 meses consecutivos de incremento. La negociación colectiva se ha dinamizado. Los aumentos salariales pactados en convenio registran una tendencia ascendente… A Podemos se le acaba el viento de cola de una crisis que ha creado innumerables agraviados.

Podemos tiene prisa. La buena marcha de la economía y la salida de la crisis que se advierte en el PSOE con la vuelta de Pedro Sánchez colocan a las tropas del general Iglesias ante la necesidad de plantear una batalla que intuyen decisiva

Es la deslumbrante paradoja española: una economía que crece en medio de una crisis política descomunal, crisis sistémica que tiene en la corrupción su talón de Aquiles, con el partido del Gobierno acosado diariamente en los tribunales por la legión de corruptos que ha engendrado. Es ahora o nunca. Un PP muy malito, un PP contra las cuerdas que sufre como un perro, y un PSOE que acaba de abandonar la UVI pero aún está en planta. Era el momento. En la división de tareas a la que en el teatro de los sueños de Podemos tan aficionados son Lenine & señora, a Irene Montero le correspondió el papel más fácil: arrear estera sin compasión con la enumeración de los escándalos de corrupción que afectan al PP. Rajoy recibió hasta en el cielo del paladar: el monstruo que habéis alimentado en las televisiones “italianas”, Mariano, goza de buena salud. España descubrió ayer a un remedo de Pasionaria, con cierto parecido hasta en el físico, sin el carisma de Dolores pero con tanta mala leche como Ibárruri, con mucho veneno encima, capaz de mantenerse dos horas largas en la tribuna sin quebrarse, y capaz también tanto de entusiasmar a la claque morada como de asustar a una mayoría de españoles.

Un enemigo de la unidad de España

A su lado, palideció Iglesias y su “estilo desabrochado”, abrumado quizá por la importancia del jaque mate. El líder de Podemos se “desabrochó” ayer del todo al hablar del problema catalán. En realidad quedó en pelota picada. “Hay que buscar una fórmula para que los catalanes decidan” (…) “Hay que hacer un referéndum con garantías y reconocimiento”, y hay que debatir un proyecto común “que refleje constitucionalmente la plurinacionalidad de España”, mediante “un Estado Federal o Confederal”, que a Pablo le da lo mismo Juana que su hermana.  “Queremos convencer a los catalanes de que se queden, pero no les podemos imponer nada”. ¿Imponer a quién, Pablo? ¿A la minoría de los catalanes nacionalistas, o a la mayoría de los que no lo son? He aquí un enemigo de la unidad de España. “Ustedes no entienden España y por eso no están capacitados para gobernarla”, le dijo a Mariano. Él sí la entiende: la imagina rota en 17 taifas empobrecidas y radicalizadas, sobre las que resultaría más fácil reinar convertidas en otras tantas repúblicas bananeras a la manera del paraíso que hoy gobierna su amigo Maduro en Venezuela.

Mariano dejaba de nuevo al descubierto la columna vertebral de su estrategia para conservar el poder: nosotros somos la garantía de la estabilidad y el orden; enfrente está el horror de Podemos, porque el PSOE no existe. Elijan

El secesionismo catalán es la palanca que Podemos ha encontrado para someter a un estrés permanente a España y su unidad, y hacer realidad el “cuanto peor, mejor”. Se entiende que Rajoy saltara al ruedo desde el minuto uno. La moción de censura no era una broma, en contra de lo que muchos pensaban. Y había que levantar la moral de un partido muy castigado, emocionalmente reducido a escombros. El líder del PP volvió a demostrar ayer que es un gran parlamentario, probablemente el mejor de la Cámara. Saliendo a contestar a la Montero restó protagonismo al propio Iglesias, por un lado, y convirtió la moción en lo que en realidad fue: un cuerpo a cuerpo entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición –de eso iba el envite de Podemos, de hacer pupa al Partido Socialista-, porque el PSOE fue ayer el gran ausente. Mariano dejaba de nuevo al descubierto la columna vertebral de su estrategia para conservar el poder: nosotros somos la garantía de la estabilidad y el orden; enfrente está el horror de Podemos, porque el PSOE no existe. Elijan. Mal día para el PSOE.

El gallego volvió a demostrar ayer que es el gran activo del PP y también su pasivo. La suerte del PP y también su desgracia. Es tal la carga de oprobio que a cuenta de la corrupción lleva sobre sus espaldas, que el partido de la derecha –obligado cuanto antes a cambiar de nombre y de piel, forzado a refundarse con urgencia- no hallará la paz hasta que él no desaparezca de la escena política española, y con él quienes aún le acompañan de la generación de Aznar. Del gallinero de ayer cabe extraer, en mi opinión, dos conclusiones: que el derrotado Iglesias no tendrá más remedio que subirse al carro de una eventual moción de censura que Pedro Sánchez (¿dulce revancha?) podría plantear en un futuro no lejano, y que Rajoy tiene, repito, que irse cuanto antes, para, con su desaparición, abrir la puerta a un partido de nuevo cuño digno de ser votado. El hedor de la corrupción aireada ayer por veneno Montero resulta ya insoportable. “No es buena idea que usted gobierne, a los españoles no les gustaría. No le veo merecedor de ese honor ni a España de ese castigo”, terminó ayer Mariano su discurso. Tiene razón: España no se merece un Iglesias, cierto, pero tampoco un Rajoy.


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