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Javier Benegas

OPINIÓN

Cataluña necesita un ejército... de psiquiatras. Pero nadie se atreve a decirlo

La prueba de que todo esto es una farsa la tenemos en que aplicar el artículo 155 a cualquier otra autonomía que no fuera Cataluña o el País Vasco, jamás habría parecido una medida exagerada.

Cataluña necesita un ejército... de psiquiatras. Pero nadie se atreve a decirlo.
Cataluña necesita un ejército... de psiquiatras. Pero nadie se atreve a decirlo. EFE

Más allá de la secular deslealtad nacionalista, de la que ya en 1981 advertía Tarradellas en su famosa carta a La Vanguardia, señalando a Jordi Pujol como un peligroso instigador del desafecto, nada de lo que hoy sucede en Cataluña sería posible sin la concurrencia de otro poderoso vector propio de nuestro tiempo: la emergencia del Yo sentimental.

Que personas supuestamente adultas lloren desconsoladamente cuando Puigdemont, ocho segundos después de declarar la independencia, la deja en suspenso, obliga a mirar más allá del mero bochorno político. Porque, como dijo el poeta, ay de aquella sociedad en la que hasta los hombres barbudos se deshacen en lágrimas.

Entre la ira y la lágrima fácil

¿Qué extraño fenómeno ha degradado a personas que se supone hechas y derechas a la categoría de temblorosos e inconsolables seres? ¿Qué ha sucedido para que la responsabilidad individual sea remplazada por la servidumbre de quimeras colectivas que, como el nacionalismo, son esclavas de los sentimientos?

El “homo sentimentalis” está tomando posesión del mundo

Que aquellos que tienen ocho apellidos catalanes se crean, no ya diferentes, sino superiores al resto de los españoles, forma parte del secular supremacismo nacionalista. Sin embargo, no se explica que personas nacidas y criadas en otras regiones, pero empadronadas en Cataluña, terminen subyugadas emocionalmente por una idea que tacha a padres, hermanos, tíos y demás familiares y amigos no emigrados de seres inferiores y ajenos a la dicha de la unidad de destino en lo universal que el nacionalismo promueve.

La explicación a este fenómeno no la encontraremos en las reflexiones políticas; menos aún en los análisis de unos medios de información aferrados a la noticia del momento, al último suceso. Es necesario ampliar nuestra visión y comprender que, como advirtió Kundera, el “homo sentimentalis” está tomando posesión del mundo

“El homo sentimentalis no puede ser definido como un hombre que siente (porque todos sentimos), sino como un hombre que ha hecho un valor del sentimiento. A partir del momento en que el sentimiento se considera un valor, todo el mundo quiere sentir; y como a todos nos gusta jactarnos de nuestros valores, tenemos tendencia a mostrar nuestros valores […] Es parte de la definición de sentimiento el que nazca en nosotros sin la intervención de nuestra voluntad, frecuentemente contra nuestra voluntad. En cuanto queremos sentir (decidimos sentir, tal como Don Quijote decidió amar a Dulcinea) el sentimiento ya no es sentimiento, sino una imitación del sentimiento, su exhibición. A lo cual suele denominarse histeria. Por eso, el homo sentimentalis (es decir, el hombre que ha hecho del sentimiento un valor) es en realidad lo mismo que el homo hystericus.”

Es difícil saber si el escritor checo llegó a esta inquietante conclusión por sí mismo o lo hizo ayudado por las reflexiones de terceros, porque lo cierto es que no es el único que ha venido advirtiendo de la sustitución de la tradicional autorrealización individual por una “paz mental” dependiente de la satisfacción de los sentimientos, incluso de los más peregrinos y arbitrarios.

El siglo XX no acabó bien; tampoco en Cataluña

Ya, en su Historia del siglo XX, Eric J. Hobsbawm escribía que el viejo siglo no había acabado bien, sino que terminó con un enojoso lloriqueo. Por su parte, Lasch apuntaba al surgimiento de una sociedad acosada por la ansiedad, la depresión, los intangibles descontentos y un vacío interior insoportable.

La sociedad postmoderna ha asumido que "no tiene futuro" y, por lo tanto, sólo está preocupada por sus necesidades inmediatas

El "hombre psicológico" de finales del siglo XX y principios del XXI ya no buscaba la autorrealización individual, tampoco la trascendencia espiritual, sino la tranquilidad mental. La política había ido ocupando todos los espacios donde antes las personas podían desenvolverse con cierto grado de autonomía, hasta que, finalmente, la terapia social se constituyó en la sucesora del individualismo liberal y también de las viejas religiones.

Sí, el nuevo mundo terapéutico es antirreligioso, pero no porque quienes ejercen de terapeutas sean racionales y recurran a métodos científicos de curación, sino porque la sociedad postmoderna ha asumido que "no tiene futuro" y, por lo tanto, sólo está preocupada por sus necesidades inmediatas, las cuales van variando según el cambiante criterio de expertos y políticos.

Viajar ligeros de equipaje

Hoy, cuando los terapeutas hablan de "amor", definen el amor como un elemento subordinado a las necesidades emocionales del paciente. Jamás animarán al sujeto a subordinar estas necesidades a alguien o a causa alguna más allá de sí mismo. "Amar" como autosacrificio, como sumisión a una lealtad superior resulta hoy inaceptablemente opresivo. Vivimos en sociedades donde el “compromiso” se ha vuelto una carga insoportable. Para sentirnos bien, hemos de viajar ligeros de equipaje, sin matrimonio, ni hijos, ni viejos de los que hacernos cargo; a lo sumo una mascota que no puede contradecirnos o una causa intercambiable.

Liberar a la sociedad de un entendimiento “anticuado” de la lealtad y el deber ha sido un arduo trabajo de demolición llevado a cabo por los terapeutas, y del que se han aprovechado los nacionalistas

Cualquier anclaje con la tradición, entendida como necesario vínculo evolutivo, se ha convertido en un obstáculo para alcanzar la dicha. Liberar a la sociedad de un entendimiento “anticuado” de la lealtad y el deber ha sido un arduo trabajo de demolición llevado a cabo por los terapeutas, y del que se han aprovechado los nacionalistas, que hábilmente emparejaron la necesidad de una gratificación psicológica con su impulso secesionista. Es por esta razón, y no sólo por la abrumadora propaganda, que el secesionista se vuelve inasequible a la razón. Después de todo, por hábil que sea la manipulación, el nacionalismo genera mentiras tan groseras que sólo la desesperada búsqueda de una recompensa psicológica puede ignorarlas.

El nacionalismo sentimental

En definitiva, quienes en Cataluña entran en trance agitando banderas separatistas o, en su defecto, lloran a lágrima viva porque alguien les revela que los Reyes Magos son los padres, encarnan a la perfección ese “homo hystericus” en que ha devenido el ya de por sí inestable “homo sentimentalis”. En consecuencia, a nadie debe extrañar que los nacionalistas sentimentales se sitúen por encima de las leyes, y que crean tener derecho para imponernos su voluntad, ya que, según dicen, nos la imponen de forma “pacífica”.

Fuera de Cataluña muchas personas se han rendido también a la visión terapéutica del mundo, en la que incluso el Estado de derecho palidece frente a la emergencia de las lágrimas

Sin embargo, no debemos engañarnos y creernos a salvo de lo que acontece en Cataluña. Si no fuera por el tono de debilidad general, este culebrón habría sido resuelto hace tiempo. Ocurre que no sólo los taimados líderes secesionistas, su tropa de incondicionales a sueldo y los numerosos conversos tienen la culpa. Fuera de Cataluña muchas personas se han rendido también a la visión terapéutica del mundo, en la que incluso el Estado de derecho palidece frente a la emergencia de las lágrimas.

La prueba de que todo esto es una farsa la tenemos en que aplicar el artículo 155 a cualquier otra autonomía que no fuera Cataluña o el País Vasco, jamás habría parecido una medida exagerada. El motivo de esta diferencia de juicio no la hallaremos en la historia, tampoco en las singularidades culturales, al fin y al cabo, todas las regiones tienen las suyas, sino en el grado en que el sentimentalismo colectivo se constituye en tabú en esas regiones.


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