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Miquel Giménez

Opinión

Carta abierta de un catalán a todos los políticos

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy EFE

Este es el artículo que jamás hubiera querido escribir. Lo hago por sentido del deber, por amor a mi tierra, por compromiso personal con la democracia, por mi mujer, por mi hijo, por mi familia, por mis amigos, incluso por todos aquellos que no piensan como yo. Lo hago como catalán al que este infausto domingo le ha creado una herida de esas que no pueden reflejarse en una fotografía para escandalizar al público, una herida muy profunda que no será fácil de curar.

La arrogancia de unos y la cobardía de otros

Señoras y señores políticos, catalanes o españoles, que para todos hay, sepan que son la suma de una tremenda medianía. Alguno de ustedes quizás se escude en tópicos y obviedades, pero eso es lo que son. Entre todos no suman un gramo de inteligencia y ya no digamos de grandeza. Les pierde la soberbia, la incultura, la vanidad propia y la bajeza de aquellos que se ganan la vida adulándolos. No sabrían ganarse la vida más allá de su burbuja oficial, desconocen cuales son los problemas reales de la calle, graznan a voz en cuello que todo lo hacen por el pueblo, ese pueblo al que desprecian y del que solo les interesa el voto.

Se mueven al compás de encuestas, de intención de voto, de cálculos mezquinos y partidistas. No hay ni un ápice de ideología en sus discursos vacíos escritos por publicistas y expertos en mercadotecnia. Su mediocridad intelectual es espantosa, pero, claro, se sienten superiores al autónomo, al empresario, al obrero, a todos los que sufragamos su vida cómoda y fácil. “¿Qué sabrán ellos?”, dicen con una sonrisa cínica mientras devoran el erario público en sus francachelas.

Su tremenda vanidad les impulsa a ser protagonistas en todo momento, incluso ahora, que mi tierra se ve devorada por un fuego atizado por ustedes, un fuego que puede llevarse a todo un país por delante

Su tremenda vanidad les impulsa a ser protagonistas en todo momento, incluso ahora, que mi tierra se ve devorada por un fuego atizado por ustedes, un fuego que puede llevarse a todo un país por delante. Han forjado en sus hornos la desunión de una sociedad, la catalana, que siempre tuvo a gala defender el diálogo y la sensatez. Algunos pueden pensar que la culpa recae en los políticos secesionistas y si, ellos son los que han propiciado todo este despropósito que nos divide. Son ellos los que han vulnerado todas las leyes que nos rigen, incluyendo el propio Estatut de Cataluña y el reglamento del Parlament catalán. Son Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los extremistas de la CUP los primeros responsables nominales del caos y la anormalidad que preside la vida pública catalana desde hace años. Se han comportado como matones de taberna en lugar de lo que les correspondía, a saber, políticos con responsabilidades muy graves y concretas, actuando como máquina repartidora de prebendas para su bando, dejando al resto de ciudadanos catalanes a los pies de los caballos. Digo más, han utilizado a los suyos como carne de cañón, como paraguas detrás del que esconderse de manera cobarde e infame. Son responsables, estamos de acuerdo, y la causa a la que dicen defender, la del independentismo, tendrá que lamentar durante muchos años la alocada e irresponsable actuación de todos ellos, porque la han desacreditado de manera irreparable.

Ahora bien, junto a los políticos secesionistas que se han comportado como unos auténticos iluminados, junto a los pesebreros que han vivido de todo el cuento del proceso, a los periodistas lacayos, a los tontos útiles, a los que han querido estar por encima del bien y del mal para sacar tajada política, como Ada Colau, tan equidistante, tan buena, tan madre coraje ella, la culpa puede y debe ser extensible a los otros, los constitucionalistas, los que pudiendo evitar todo esto no lo han hecho. Su responsabilidad, aun siendo menor, no es poca. Han cometido un delito de omisión de ayuda a la víctima, señoras y señores, y eso, al menos en lo que respecta al código penal, tiene pena.

La desunión de los unionistas

El término unionistas, que los secesionistas toman del sangriento conflicto de Irlanda del Norte, lo empleo como figura retórica; si lo prefieren – yo también – emplearé el de constitucionalistas. Entre estos políticos existe una enorme carga de responsabilidad respecto a Cataluña. No basta con mantener una política tancredista, esperando a que escampe, no es suficiente escudarse detrás de la ley y dejar a jueces y fiscales el coraje que se espera de unos dirigentes nacionales, así como tampoco lo es aprovechar este enorme envite a la democracia en España para sacar tajada electoral. Hemos visto a dirigentes del bloque constitucional peleándose en televisión ante la mirada satisfecha de los independentistas – verbigracia, Inés Arrimadas, de Ciudadanos, arremetiendo contra Xavier García Albiol, del PP -, hemos visto a Miquel Iceta, primer secretario del PSC, arremeter por igual contra Mariano Rajoy que contra Puigdemont, como si fuesen lo mismo, y pedir la dimisión de ambos, él, que a la que en un debate el actual conseller de sanidad Toni Comín, ex socialista, le dijo que era un cínico se puso en todos sus estados y le espetó “Mira, guapo, tu a mi no me llamas eso”.

No les hablo de Podemos, porque estos se encuentran entre los que dicen de Otegui que es un hombre de paz, coincidiendo en tamaña infamia con Esquerra y Junts pel Sí. Les hablo de los que, pudiendo formar un sólido y compacto bloque en defensa de la democracia, ya están haciendo sus respectivas pre campañas. Eso es ruin. No se puede admitir en un dirigente político que intente sacar rédito con la que está cayendo en todo el país, es indigno, es canalla, es impropio, ya no de dirigentes de altura, lo es incluso en una persona de a pie.

Bien sé que, a partir de ahora, nada volverá a ser igual. Los independentistas, y ahora me refiero a los que actúan desde la vida civil y están lejos de los despachos oficiales, han tomado buena nota de los que han ido o no a votar. La presión, peor aún, el asedio laboral estará a la orden del día. Me gustaría ver, de aquí a unos meses, cuantas personas perderán su trabajo por haberse mantenido fieles a la constitución y al sistema de libertades que tenemos. ¿A esos, como los piensa defender el gobierno de España? ¿Igual que ha defendido hasta ahora al conjunto de catalanes, la mayoría, que veíamos como se nos entregaba a los pies de los caballos?

¿Hay suficiente policía nacional o guardias civiles para protegernos de las iras de esa jauría que cobra sueldo oficial del estado y se sienta en poltronas?

Ese será un drama que tendremos que afrontar los catalanes solos, una vez más, porque a los que participan de la quimera de una Cataluña independiente siempre les quedará el bálsamo de la adormidera publicitaria secesionista o el estipendio de la subvención oficial. Pero al resto ¿qué nos espera, señores políticos? Mejor dicho ¿qué esperan ustedes para actuar y dejarse de personalismos, miedos e indecisiones? ¿A que nos vengan a buscar para acompañarnos amablemente a dar un paseo los rondines de incontrolados, a que nos quemen las casas, a que nos expulsen de nuestros puestos de trabajo, de nuestros barrios, de nuestros pueblos? ¿Hay suficiente policía nacional o guardias civiles para protegernos de las iras de esa jauría que cobra sueldo oficial del estado y se sienta en poltronas? ¿Ninguna sanción, ninguna pena, ningún castigo para ellos? Mucho me temo que será así y que, como decía antes, los catalanes estamos de nuevo solos, encerrados en la misma habitación que aquellos que desean librarse de nosotros.

Para finalizar, aunque no entre en la categoría de político, no puedo dejar de referirme al Jefe del Estado, Su Majestad el Rey Felipe VI. Señor, vuestro padre, Don Juan Carlos, supo ponerse de uniforme y aparecer ante la opinión pública la noche del 23 de febrero. Ya sé que el rey, reina, pero no gobierna, pero no es menos cierto que también influye. Y os hemos echado en falta a lo largo de esta jornada tan triste, tan desgraciada, en la que nadie ha ganado y, lamentablemente, todos hemos perdido. Señor, conozco acerca de vuestra preocupación e interés por Cataluña. Por eso me atrevo a pediros un gesto, algo que vaya más allá de suspender vuestra agenda para esta semana. Porque, os lo digo con todo el respeto, pero también con firmeza: estamos llegando tarde, muy tarde, demasiado tarde con tanta dilación y tanto titubeo.

No tengo nada más que decir.


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