No siempre lo peor es cierto

El franquismo, otra vez

“Debería hacer un programa de radio para adultos, para hablar de las cosas de hoy porque no podemos pasarnos otros cuarenta años hablando de los cuarenta años”, así remataba el último programa de la temporada el protagonista de Solos en la madrugada, una película dirigida por Garci en la que un periodista transicionita pata negra interpretado por José Sacristán declamaba un manifiesto generacional de hora y pico. Corría el año 1977. Bien, tal y como temía José, el periodista, nos hemos pasado cuarenta años hablando de los cuarenta años. Y otros cuarenta que vendrán si no metemos de una vez por todas al franquismo donde debe de estar, en los libros de historia y que sean los historiadores y no el Wyoming desde su programa de La Sexta los que estudien esa época y saquen las conclusiones pertinentes. Se abrirá entonces el debate histórico, que siempre es bueno y, en este caso particular, bastante necesario porque tanto han sobeteado al cadáver que a día de hoy es prácticamente imposible de reconocer.

Las tres últimas generaciones de españoles, incluyendo a la mía, solo han oído hablar de Franco en pretérito perfecto

Lo cierto es que la sociedad española, el contribuyente quiero decir, hace ya muchos años, treinta o más, que enterró el franquismo. Las tres últimas generaciones de españoles, incluyendo a la mía, solo han oído hablar de Franco en pretérito perfecto. Tengo recuerdos lejanos de las acaloradas discusiones en las que mis padres se enfrascaban con familiares y amigos a cuenta de los cuarenta años. Cada uno contaba la película según le había ido, de ahí el lío. La generación de mis padres, nacidos al término de la Guerra Civil en una España devastada por el odio y por los obuses, no estaba para guerras, sino para cambiar de coche y ascender en el trabajo. La siguiente, la de Wyoming, menos aún, eran muy jóvenes y del franquismo solo recordaban con nitidez los años finales, los del desarrollismo, las suecas y los frigoríficos pagados a letras. A los niños de los primeros ochenta estas agarradas nos las traían bien al fresco. Por lo menos a mí. Quizá a Pedro Sánchez o a Pablo Iglesias, de mi edad ambos, les interesaban más, y por eso siguen dando la paliza con el tema. Ojo, que no sería extraño, hace unos años la ex ministra Carme Chacón aseguraba haber brindado con champán el día que murió el general. Debía tener tres o cuatro años, pero se acordaba a la perfección y, supongo que se lo repetirá a modo de heroína infantil de las libertades a todo el que se ponga a tiro.  

Ese archivado voluntario del franquismo se produjo en los años de la Transición. No se depuraron responsabilidades, cierto, y no se hizo porque nuestro sistema procede de manera directa del franquismo. Es, por decirlo de algún modo, un franquismo reformado cuyo primer congreso nace del congreso de la dictadura gracias a una argucia legal. Lo que nos cuenta este detalle es lo alambicado pero transformable que había llegado a ser el régimen. Se evaporó en cuestión de meses delante de sus albaceas sin que nadie dijese esta boca es mía. Planteémoslo del siguiente modo, ¿iban acaso a procesar a Fraga Iribarne por haber sido ministro?, ¿o a imputar a Adolfo Suárez por levantar el brazo en los actos del Movimiento?, ¿o a dar el paseíllo judicial a Torcuato Fernández Miranda, que, amén de listísimo, fue muchas cosas y muy importantes durante el régimen? Nadie quería hacer eso exceptuando, y por razones opuestas, a una microscópica minoría en la extrema derecha y a otra en la extrema izquierda. Quizá no estemos de acuerdo en lo que hicieron nuestros padres, pero esa porción de historia les perteneció a ellos y creyeron conveniente actuar de esa manera. Es bastante más constructivo entender por qué lo hicieron que cargarles con todas las culpas de nuestras desdichas.

El franquismo se olvidó porque quiso olvidarse, se hizo mediante una generosa ley de amnistía que todos defendieron con ahínco, especialmente la recién incorporada izquierda

El franquismo se olvidó porque quiso olvidarse, se hizo mediante una generosa ley de amnistía que todos defendieron con ahínco, especialmente la recién incorporada izquierda. La ley del 77, que tanto critican algunos ahora, fue un empeño del PCE y los sindicatos, cuyos lemas favoritos de la época giraban en torno a la reconciliación. Hay un espacio electoral emitido por televisión antes de las elecciones de junio que no deja lugar a dudas sobre el tema. Carrillo, pitillo en mano, recorre medio despacho apelando a la concordia y al reencuentro entre los españoles al tiempo que insiste que la guerra es ya “un recuerdo histórico”. No era del todo cierto, la Guerra Civil estaba todavía muy cerca y se veía de otra manera, tan cerca que sobre el mismo Carrillo recaían graves acusaciones a cuenta de la masacre de Paracuellos del Jarama, perpetrada durante su etapa de consejero de orden público de la Junta de Defensa del Madrid republicano. No me invento nada, aquí tiene el vídeo. A su juicio lo dejo:

¿Era necesaria esta amnesia colectiva autoinducida? Casi con toda seguridad sí. La España del 77 era muy diferente a la del 36, casi tanto como lo es la actual de la de la Transición. No es casual que el mágico guarismo de los cuarenta años separe las tres fechas. Tras la amnistía se sucedieron todo tipo de disposiciones legales dirigidas a honrar a las víctimas del bando republicano con idea de devolverles la dignidad. La Transición, que no fue ni mucho menos modélica, si acertó de pleno en algo: en el hecho de que ya no había dos Españas, que solo quedaba una y que era distinta a las dos que se habían desollado en la guerra, por lo que no había otra que dar sepultura urgente a ese espíritu tenebroso –pero ya moribundo– que había llevado a nuestros abuelos a matarse los unos a los otros. Quizá fue injusto y precipitado porque quedaron crímenes impunes, pero se entendió que en aquel momento era lo mejor. Se podría derogar hoy la ley de amnistía, pero entonces nos encontraríamos con que Fraga, Suárez, Fernández Miranda y hasta Carrillo están muertos. ¿Nos quedaríamos más tranquilos quemándolos en efigie como hacía la Inquisición con los acusados que no había podido juzgar? Lo dudo, de hacerse sería una charlotada sin sentido, aunque aquí todo es posible.

La llegada de los socialistas al poder en el 82 supuso la catarsis colectiva final. Con la foto de Felipe y Guerra en el Palace el país entero da por concluido el luto y se afana a otras cosas, a ingresar en la Unión Europea, por ejemplo, o a multiplicar en plan bíblico el número de políticos y funcionarios repartiéndolos por ayuntamientos, comunidades autónomas y una miríada de empresas públicas que ahora no hay quien cierre. El interés renovado por resucitar el franquismo y emplearlo como arma política necesariamente arrojadiza es muy posterior, ya de este siglo. Pero la ley de amnistía, tan oportuna en su momento, impedía ciertas expansiones. No impedía, en cambio, reelaborar la historia al gusto del día. Ahí nace la idealización de la república y la adjudicación de buenos y malo en clave de actualidad, que fue una de las ocurrencias más dañinas de las muchas que tuvo Zapatero.

La razón última por la que no quieren dejar este tema a los historiadores es porque en manos de los políticos sale mucho más rentable

Así, la derecha, toda la derecha sin distinciones, quedaba identificada automáticamente con el bando sublevado y la izquierda con el republicano. La clásica trampa dialéctica en la que es difícil no caer. Ya sabe, agresores y agredidos, verdugos y víctimas que cristaliza en la sandez absoluta, muy en boga hoy, de decir que tales o cuales son los nietos de los que perdieron o ganaron la guerra civil. Total, de aquello hace ya mucho, apenas queda memoria viva de esos tiempos, por lo que la fabricación de un relato interesado de los hechos es tan sencilla como untar mantequilla templada sobre el pan. Hay más. La razón última por la que no quieren dejar este tema a los historiadores es porque en manos de los políticos sale mucho más rentable, aunque a veces nos resulte insólito que los periódicos se abran con asuntos que sucedieron hace 70 u 80 años. No tenga duda de que mientras sigan encontrándole rédito político a esto continuarán. Así, al menos, compartiremos tema de conversación con nuestros nietos, que dentro de cuarenta años seguirán hablando de los cuarenta años cuyo fin se produjo hace cuarenta años.    


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