No siempre lo peor es cierto

Su austeridad es nuestra abundancia

El ministro de Hacienda presenta los presupuestos junto al presidente del Congreso de los diputados - Foto Efe

Pocos términos han capturado mejor el imaginario colectivo europeo que el de “austeridad”. Por “austeridad” entienden el fin del gasto social del que muchos se benefician gracias a las masivas transferencias de renta que los Estados europeos efectúan cada año a mayor gloria de John Maynard Keynes, un economista coñazo de hace 80 años que muy pocos han leído –Juan Ramón Rallo es la excepción– pero que todo quisqui se lo lleva a la boca en cuanto se le presenta la oportunidad. El hecho es que, más allá del machaconeo propagandístico de los guardianes de lo público –es decir, lo estatal–, austeridad, lo que se dice austeridad ha habido bien poca. Los Gobiernos europeos nunca han gastado tanto como en los últimos seis años. Al menos en tiempos de paz. A los hechos me remito. El Gobierno español gasta hoy más que en el año inmediatamente anterior al inicio de la crisis y muchísimo más que hace diez o doce años, cuando por estos pagos atábamos a los perros con longaniza y algún que otro bobo comparaba a la economía española con un pura sangre. Si me sigue sabe a quién me refiero.  

La izquierda europea se ha convertido en una fuerza tremendamente conservadora cuyo único objetivo es mantener al mayor número de personas enchufadas a los presupuestos 

Entonces, ¿a qué viene tanta barrila con lo de la austeridad?, ¿por qué nos hemos empeñado en desafiar a la razón con un latiguillo que tiene menos verdad que el evangelio de Judas? Básicamente porque la izquierda europea se ha convertido en una fuerza tremendamente conservadora cuyo único objetivo es mantener al mayor número de personas enchufadas a los presupuestos. Simplemente eso. Cualquier cosa que implique aminorar esos presupuestos es austeridad. A menos dinero menos Estado, a menos Estado menos clientela, a menos clientela menos votos, a menos votos el mundo, su mundo, se les va de las manos. Aunque se nos antojen bravos y revolucionarios –en España incluso bolivarianos, procastristas y filoguerrilleros–, los progresistas del viejo continente son la cosa más rancia que imaginarse pueda. Aspiran a un mundo estático en el que nada cambie, en el que se pueda vivir al margen del comercio internacional, de los avances tecnológicos y de cualquier tipo de innovación que implique mudanzas en lo fundamental.

Reclamemos la austeridad, pero la austeridad genuina. Su austeridad es nuestra abundancia. No renunciemos a ella

Ahí tienen a Syriza, o a Podemos, o a los cretinos del Frente Nacional francés cuyos programas son gotas de agua con ligeras diferencias adaptadas a la idiosincrasia del lugar. Alérgicos todos a la globalización y al libre comercio, hablan de presuntos derechos inalienables como el de jubilarse a los 55 o vivir sin trabajar acoplado de por vida a la máquina de imprimir billetes del Banco Central Europeo. Todo momento de cambio –y vivimos en un momento de grandes transformaciones a nivel mundial– ha tenido sus carcas, sus custodios del tarro de las esencias, sus Calomardes, sus Chateubriands y sus curas de boina echados al monte con su altar de campaña y su fusil al hombro. En esas estamos en Europa. Lo normal es que una parte de la población, razonablemente asustada por la quiebra de las certidumbres de posguerra, temerosa de perder sus privilegios y verse obligada a competir, se entregue con armas y bagajes al mensaje redentor de estos cien mil hijos de San Luis. Ahora bien, la otra parte de la población, la que mantiene este funesto invento, la que se desloma para financiar los disparatados gastos de un Estado que crece sin tregua, no debería permanecer callada y, mucho menos, participar de esta indigna mascarada que presagia un experimento colectivista cuyo reguero de miseria y servidumbre más que previsible es seguro. Reclamemos la austeridad, pero la austeridad genuina. Su austeridad es nuestra abundancia. No renunciemos a ella.   


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