OPINIÓN

Podemos jibarizado

La idea de destruirlo todo para levantar sobre sus cenizas una república popular de la gente no tiene demasiada clientela interesada en comprarlo.

Podemos jibarizado.
Podemos jibarizado. EFE

Parece que fue ayer pero han pasado tres años desde la primera asamblea ciudadana de Podemos en la plaza de Vistalegre. La fotografía dio la vuelta a España. Se veía a los seis magníficos sentados uno junto al otro, cogidos por los hombros como si fuesen a hacer una melé de rugby. Pablo Iglesias en el centro junto a Monedero, Tania González y Carolina Bescansa. Luis Alegre e Íñigo Errejón cerrando el bodegón humano por las esquinas.

Todos mirando al estrado confiados en un mañana dichoso. El futuro era suyo. En las encuestas subían como la espuma. Al año siguiente se celebrarían elecciones, varias, el combo completo, nacionales, municipales y autonómicas. Se preveía también una convocatoria extraordinaria en Cataluña porque el 'procés' había tomado velocidad de crucero y se encaminaba raudo al vierteaguas del 9-N. Las europeas habían sido en mayo y les sirvieron como carta de presentación en sociedad. De cero a 1.250.000 votos. De la nada al todo.

La marea podemita siguió subiendo hasta la primavera de 2015, cuando alcanzó su máximo durante las municipales. De la nada a gobernar en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz y La Coruña

La marea podemita siguió subiendo hasta la primavera de 2015, cuando alcanzó su máximo durante las municipales. De la nada a gobernar en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz y La Coruña. A partir de ahí empezó a remitir. Primero tímidamente, aún les quedaba cuerda del portentoso año anterior, luego con fuerza tan pronto como entraron en las Cortes imponiendo su peculiar estilo. El Pablo mitinero y tertuliano no se parecía en nada al Pablo diputado. Uno era cercano y transversal, el otro altivo e ideológico.

En enero de 2016, justo cuando daba comienzo la legislatura fantasma que sólo duró tres meses, el otrora niño prodigio del populismo europeo empezó a dispararse en el pie. Desde entonces no ha parado.

El primer tiro se lo dio por impaciente, por mostrar sus cartas antes de tiempo. Tal vez por inexperiencia, porque la cercanía de la Moncloa le embotó los sentidos, o porque un Rajoy debilitado y doliéndose del golpe del 20-N era una presa demasiado apetitosa como para no dar cuenta de ella. No lo sabemos, el hecho es que tomó la iniciativa y fabricó un Gobierno a su medida en el que, a modo de adorno, colocó a Pedro Sánchez. Una jugada arriesgada. Lo apostó todo y no salió, pero el hambre de poder había quedado a la vista del respetable, mal asunto.

Abocados ya a la repetición de elecciones hizo cálculos, pero erróneos. Creyó que subiendo al barco a la moribunda IU de Alberto Garzón superaría en votos al PSOE, daría el sorpasso, le pasokizaría mortalmente. Eso le abriría de par en par las puertas del Olimpo porque, ¿quién en su sano juicio iba a votar al PP? Pues no, le votaron, más incluso que en diciembre. El PP ganó 700.000 votos, Podemos se dejó un millón en el quicio de la gatera que ellos mismos se habían construido.

Urgía una autocrítica. Estaban perdiendo la centralidad del tablero de la que tanto presumían tan sólo un año antes. Fue entonces cuando afloraron los problemas internos, la comentadísima guerra civil entre pablistas y errejonistas que se saldó con la previsible victoria de los primeros en una nueva edición de Vistalegre, esta vez Ad Maiorem Pauli Gloriam.

Para febrero de este año Podemos quedaba reubicado en el espectro político español como un partido de extrema izquierda, heredero de la difunta IU y adicto a todos los ismos de la posmodernidad

Para febrero de este año Podemos quedaba reubicado en el espectro político español como un partido de extrema izquierda, heredero de la difunta IU y adicto a todos los ismos de la posmodernidad, el feminismo, el animalismo, el ecologismo... etc. Su momento había pasado. El país poco a poco se recuperaba de la crisis económica, la gente volvía a trabajar y la despolitización era un hecho verificable en los decrecientes índices de audiencia de los programas televisivos del ramo.

Hacía falta un milagro que les devolviese a la primera plana, que les permitiese copar de nuevo los informativos y los debates del prime time. Ese milagro se produjo el mes pasado. Tras un año de calma chicha el país volvió a enloquecer con la política. Aunque esta vez no lo buscábamos, nos ha venido dado, casi impuesto por la necia actitud del Gobierno catalán. La España del pasado verano, ocupada en los afanes propios de la estación y en el número de turistas, no se parece en nada a la España del otoño, presa de la turbación y el enojo.

Podemos debe buena parte de su fortuna electoral al nacionalismo regional de izquierdas encarnado en las célebres mareas 

Ahí es donde nos crecemos debieron pensar en Podemos. Tras algunos titubeos iniciales fruto de la sorpresa pronto escogieron bando. Lo hicieron conforme al guión esperado. Podemos debe buena parte de su fortuna electoral al nacionalismo regional de izquierdas encarnado en las célebres mareas. De izquierdas sí, pero ante todo nacionalista. Eso por un lado, por otro, después de un año tratando de poner a Rajoy contra las cuerdas (la moción de censura de junio Rajoy la sintió como si le azotasen con una pluma de ganso), llegaba un señorito de Gerona y lo conseguía con dos plenos de infarto en el parlamento autonómico.

Una caja de bombones con la que era imposible no empacharse. Puigdemont le ofrecía todo a cambio de casi nada: destrucción completa de Rajoy y el PP, proceso constituyente, monarquía abolida y crisis política de primer orden. Justo lo que les faltó en 2015, porque el denostado régimen del 78 se resistía a morir, a doblar la servilleta y entregársela a los salvadores de la patria para que se la reinventasen. El manual leninista lo dice bien claro: cuanto peor, mejor. ¿Había algo peor que esto?

Pero, al igual que Lenin, que consideraba a los bolcheviques mayoría cuando eran una minoría en la Duma, Iglesias ignoró que los españoles seguían ahí. Todos, desde los devotos entregados a la mística hasta los del patriotismo constitucional, pasando, claro está por el español de a pie que no se hace mucho lío con la identidad y convive sin traumas siendo catalán, vasco, aragonés o extremeño y, además, español.

La identidad España existe a pesar de la resaca disgregadora que padecemos desde la Transición

Es decir, la identidad España existe a pesar de la resaca disgregadora que padecemos desde la Transición. Incluso los españoles más apátridas y menos propensos a exhibir banderas, los mismos a los que Podemos se dirige con vehemencia fuera del ámbito de las mareas, son poco amigos del nacionalismo catalán, etnicista y antipático como todos los de la camada romántica.

El resultado final es que ese mensaje de redención articulado en torno a la idea de destruirlo todo para levantar sobre sus cenizas una república popular de la gente no tiene demasiada clientela interesada en comprarlo. En política no se puede pasar mucho tiempo en tierra de nadie sosteniendo un estandarte que nadie sigue y que se enarbola sólo para dar satisfacción a unos cálculos ideológicos que, además, están errados.


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