No siempre lo peor es cierto

Insulto, bendito insulto

La libertad de expresión incluye la libertad de ofensa. Ofenderse es algo muy subjetivo. El emperador Calígula, por ejemplo, estaba tan azorado con su prematura alopecia que dictaminó que todo aquel que se atreviese a mirar su pelada coronilla fuese condenado a muerte. A Julio César, en cambio, que le mentasen la calvicie no le molestaba en absoluto. A la vuelta de las Galias sus legionarios cantaban desfilando por Roma una coplilla que decía algo así como "¡romanos, alejad a vuestras mujeres que ha llegado el adúltero calvo!". César disfrutaba con las apelaciones continuas a su varonil calva. Casi cualquier insulto que sus detractores le dirigían iba seguido de calvo. Los antiguos romanos eran grandes insultadores, su inagotable repertorio de palabrotas así lo atestigua. Eso es símbolo de civilización. Los pueblos civilizados se insultan, se ofenden, se cabrean, se vuelven a insultar, se mentan a la madre y se devanan los sesos para encontrar la palabra con la que herir al otro. Insultarse, de hecho, es sinónimo de inteligencia. Los faltones suelen ser individuos listos, los que no saben insultar son por lo general memos dados al lloriqueo. Los pueblos bárbaros se matan, generalmente sin mediar palabra. Si me dan a elegir siempre me quedaré con una sociedad en la que se insulte a calzón quitado. 

Expresarse libremente es ofender libremente y, por descontado, burlarse de las creencias religiosas que uno crea oportuno

Digo todo esto para enmendar la plana al Papa Francisco, que el otro día dijo algo así como que la libertad de expresión tiene su límite en las ofensas, que no se puede ofender nunca y menos aún burlarse de la religión de los demás. Obviamente el Papa patina. Expresarse libremente es ofender libremente y, por descontado, burlarse de las creencias religiosas que uno crea oportuno. Entiendo que como líder religioso que es tenía una papeleta complicada. Por un lado no puede más que condenar lo sucedido en París. Pero el crimen fue cometido en nombre de una religión concreta y de todos es sabido que entre bomberos no se pisan la manguera. La confesión católica es objeto de agravios en Occidente desde hace siglo y pico. A estas alturas los asendereados católicos ya han aprendido a vivir con ello. Muchos, la mayoría, aceptan las increpaciones como el mal menor de vivir en una sociedad abierta que les permite a ellos ofender a quien crean conveniente, incluso a su propia Iglesia cuando hace o dice algo con lo que no están de acuerdo. Pocas religiones son tan vigorosas en la autocrítica como el catolicismo con sus interminables disputas entre teólogos y sus bizantinas discusiones de sacristía. Esto es así mal que le pese a los que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, han insistido estos días en equiparar al islam wahabita con el catolicismo romano de nuestros días.

Ahora bien, si el insulto es saludable la calumnia no. La calumnia consiste en imputar a alguien la comisión de un delito a sabiendas de que no lo ha cometido. Calumniar no entra dentro de la categoría de los insultos. La calumnia es traicionera y vil, propia, por cierto, de los que no saben injuriar como Dios manda, de los políticos y de los cobardes, lo que viene a ser todo uno. Y aquí entramos en terreno pantanoso porque, ¿se puede calumniar a algo tan vaporoso e impersonal como una religión? Personalmente creo que no. Las religiones son como las ideologías políticas, no delinquen, delinquen las personas, así que se me antoja difícil imputar un delito al islam o al cristianismo tomados como algo único y con voluntad propia. Y en el caso de que se lo imputásemos, ¿quién pagaría por ello?, ¿quién resarciría a la hipotética víctima? Como puede ver, la cosa no es tan sencilla, de modo que ante la duda siempre a favor de la libertad de expresión. Las caricaturas de Charlie Hebdo pueden ser ofensivas hasta el extremo de la calumnia hacia ciertas figuras santificadas, pero nadie está obligado a verlas. Si se siente ofendido escoja: el desdén con el desdén o el insulto con el insulto y entretanto felicítese por vivir en un país libre y civilizado en el que las diferencias se despachan con la lengua y solo con la lengua


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