No es peligroso asomarse al Exterior

¿Tu quoque, Mariano?

El domingo día 21, cientos de miles de ciudadanos convocados por la plataforma “Derecho a Vivir” salieron a las calles de 64 ciudades españolas y 15 del extranjero en defensa de la vida y para reclamar al Gobierno de Mariano Rajoy que cumpliera con su compromiso electoral de cambiar la vigente Ley-Aído. Con una insultante falta de sensibilidad, el presidente del Gobierno anunció horas más tarde la retirada del anteproyecto de ley sobre el aborto, lo que provocó la honrosa dimisión -poco habitual en la clase política- del desautorizado Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, quien señaló que lo había elaborado de acuerdo con la doctrina del PP, el recurso ante el Tribunal Constitucional (TC) y la jurisprudencia de éste. Aunque el texto había sido respaldado por todo el Gobierno, éste dejó solo al Ministro para que lidiara con propios y extraños, y ahora ha decidido archivarlo en la papelera.

Cambios en la regulación del aborto

La Ley de 1985 despenalizó el aborto en los supuestos de violación, grave riesgo para la salud física o mental de la embarazada y malformación del feto. En 2010, José Luis Rodríguez Zapatero se dio cuenta de que la aplicación abusiva y falsaria del aborto terapéutico abría “una vía sin garantía a abortos sin plazo”, y tuvo la malhadada ocurrencia de solucionar el problema mediante una ley de plazos. De forma inopinada, modificó drásticamente la ley -que había sido respetada por el Gobierno de José María Aznar-, pese a no figurar en su programa, ni existir demanda social para ello. El delito se convirtió sorprendentemente en un derecho de la mujer, se introdujo el aborto libre durante las 14 primeras semanas del embarazo y se exoneró a las menores de la autorización paterna para poder abortar. El PP presentó un recurso ante el TC –que, pese al tiempo transcurrido, no ha sido aún resuelto- e incluyó en su programa electoral  el siguiente compromiso: ”Cambiaremos el modelo de la actual regulación sobre el aborto para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores”. En  Diciembre de 2013, el Consejo de Ministros aprobó un anteproyecto de ley de protección de los derechos de los concebidos y de la mujer embarazada, que negaba el derecho a abortar, prohibía el aborto libre dentro de ciertos plazos, suprimía el supuesto de malformación, aumentaba los controles para limitar fraudes en el caso de riesgo para la salud psíquica de la gestante y requería la autorización de los padres para los abortos de las menores de edad. El texto fue tajantemente rechazado por la oposición –que llegó a exigir en el Congreso su retirada antes incluso de haber sido presentado- y criticado por algunos dirigentes del PP, especialmente por la supresión de la eximente de malformación. El Gobierno se dio un margen de tiempo para tratar de conseguir mayores apoyos, pues, según la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría –una de las principales objetoras del proyecto-, la ley era una cuestión complicada, de gran sensibilidad, y el Gobierno seguía trabajando por el consenso. Ruiz-Gallardón accedió a introducir en el texto algunas de las modificaciones sugeridas por el Consejo de Estado, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y el Consejo Fiscal -como la inclusión del supuesto de malformación- y anunció la presentación del proyecto a las Cortes antes del fin del verano. No ha podido hacerlo, pues, el primer día del otoño, Rajoy le cortó la hierba bajo los pies al decidir la retirada del texto, porque no se había logrado un consenso y no procedía adoptar una ley que pudiera ser derogada a los dos días de la formación de un nuevo Gobierno.

A la búsqueda de un consenso imposible

La justificación no puede ser más pedestre. ¿Buscó acaso el PSOE el consenso cuando impuso por sorpresa una ley que ni siquiera figuraba en su programa? ¿Se puede considerar consensuada una ley adoptada en el Senado por 132 a 126 votos? Los socialistas no se molestaron en buscar un consenso porque –como argumentaron en su día- no se podía lograr la equidistancia por resultar metafísicamente imposible, ya que no existía un punto medio entre el bien –el aborto- y el mal –su penalización-. En cuanto al argumento de la previsible derogación si la oposición llegara al poder, era evidente que ello ocurriría –como había amenazado el PSOE- con la mayoría de las leyes adoptadas por el Gobierno del PP, lo que no le ha impedido dictar la LOMCE o hacer la reforma laboral. Si el Gobierno fuera consecuente con este argumento, tendría que autolimitar su iniciativa legislativa y presentar tan sólo proyectos consensuados con la oposición, como el de la elección de los miembros del CGPJ. El PP no estaba obligado a presentar un recurso ante el TC, ni a comprometerse en su programa a cambiar la Ley-Aído, pero, una vez que lo hizo, está obligado a respetar su compromiso. Para el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, “los partidos deben cumplir sus programas electorales”, si bien en la praxis política prevalece el cínico criterio de Enrique Tierno de que las promesas electorales se hacen para no cumplirse. Rajoy se ha hartado de renegar de sus compromisos, en algunos casos con cierta razón por la desastrosa situación económica, pero la reforma de la ley del aborto no tiene ningún coste económico, sino -a lo sumo- político, ya que –según las encuestas internas cocinadas por el genio maligno en la sombra, Pedro Arriola- la mayoría del electorado popular es supuestamente contraria al proyecto. Se trata de la violación de un grave compromiso moral, lo que –como ha afirmado la dirigente de “Derecho a Vivir”, Gádor Joya- constituye un acto de “incoherencia, cobardía, debilidad y falta de dignidad política y personal” de Rajoy, que ha dejado tirados a sus votantes por “tener en cuenta sus cálculos electorales”, pero “la vida de seres humanos inocentes nunca puede ser objeto de mercadeo electoral”. Consideraba al presidente como un político frío, timorato, lento de reflejos, indeciso y hamletiano, y –a la vez- como una persona seria, honrada, responsable, consecuente y digna de confianza, pero su proceder en esta ocasión me ha decepcionado profundamente.

Grave incumplimiento del compromiso del PP

Rajoy ha ido demasiado lejos en su renuncio, pues se ha burlado de los sentimientos y las creencias de muchos ciudadanos, y los ha traicionado. La Ministra de Trabajo, Fátima Báñez, ha reconocido en el Congreso que el aborto es “un asunto de gran profundidad ética, que no puede despacharse con eslóganes y maniqueismos”, y el PP ha asegurado que seguirá trabajando para modificar la actual ley, lo que ya no resulta creíble. Tiene poco que ganar en votos por la izquierda y mucho que perder por la derecha, pues –como ha declarado el presidente del “Foro de la Familia”, Benigno Blanco- “no admitiremos pacíficamente que se nos engañe”. La oposición de izquierda ha acogido con entusiasmo la retirada de una “ley infame” –Pedro Sánchez dixit-, que ha sido considerada por el PSOE como un gran éxito de sus dirigentes, lo que revela una vez más sus flagrantes contradicciones. Lucha contra la pena de muerte y defiende a los bebés-foca y al toro de la Vega, pero permite que se trituren los restos de seres humanos indefensos. ¿Es progresista reconocer el derecho a matar, aniquilar la vida del feto porque han transcurrido X días desde su concepción, eliminar al nasciturus porque padezca del síndrome de Down, aceptar como justificantes informes falsos sobre el estado mental de la gestante elaborados por personas que se lucran del aborto o permitir que aborte una menor sin el consentimiento paterno? Si la respuesta a estos interrogantes es afirmativa, entonces yo no soy “progresista”. El Papa Francisco ha dicho que a los niños por nacer –los más inocentes y desprotegidos- se les niega hoy su dignidad, y “no es progresista intentar resolver los problemas eliminando una vida humana”. El propio Rajoy afirmó no ha mucho que “no hay nada más progresista que defender a la más indefensa de las personas: alguien que todavía no ha nacido”. Parece, sin embargo, que ha olvidado sus palabras y -como Bruto a Julio César- ha apuñalado a ese “alguien” por la espalda. “¿Tu quoque, Mariano?”. 


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