No es peligroso asomarse al Exterior

Todo es posible en Italia

Italia no acaba de sorprendernos. Tras las elecciones legislativas del pasado febrero, el Congreso y el Senado quedaron muy fragmentados. Los dos ganadores, el Partido Democrático –PD- del apparatchikPier Luigi Bersani y el Pueblo de la Libertad –PDL- del incombustible Silvio Berlusconi estaban enfrentados, ante la inesperada y burlona presencia del Movimiento Cinco Estrellas -5E- del histriónico Beppe Grillo. El panorama ofrecía unas perspectivas poco propicias, que presagiaban la ingobernabilidad e inestabilidad del país. El PD se negó a aliarse con el PDL para formar gobierno y cortejó al movimiento 5E, que se opuso a cualquier alianza con los desprestigiados partidos políticos, salvo que aceptaran sus extravagantes exigencias. El PDL dio muestras de una aparente moderación al mostrarse dispuesto a una coalición con su adversario tradicional, a cambio de que no modificara el régimen electoral, renunciara a adoptar una ley sobre conflicto de intereses y le permitiera decidir quién sería el próximo jefe del Estado. 5E propugnaba que Italia siguiera su curso, aún sin Gobierno, y el Parlamento soberano adoptara una ley de reforma electoral, que facilitara la formación de futuros gobiernos. Grillo se ofreció incluso a encabezar un Gobierno con gente nueva, no contaminada por la ‘casta’ política.

Reelección de Napolitano como presidente de la República

La situación se complicaba –“¡Ale hop. Más difícil todavía!”. Estaba a punto de expirar el mandato de Giorgio Napolitano y –hasta que no se eligiera un nuevo presidente de la República- no se podían celebrar elecciones generales, dado que el presidente saliente no podía disolver el Parlamento y convocar elecciones en los tres últimos meses de su cargo. Su sustitución se presentaba problemática, pues se reproducía la situación que había hecho imposible el nombramiento de un primer ministro. Ante la imposibilidad de conseguir la mayoría requerida, Bersani tuvo que ceder y acordar con Berlusconi la selección de Franco Marini como candidato, pero esto provocó la división en el seno del PD y la imposibilidad de su elección. Similar fracaso obtuvo la candidatura del ‘peso pesado’ del PD y expresidente del Gobierno Romano Prodi, tras lo cual Bersani dimitió como presidente del partido.

En esta esperpéntica situación, el genio de los italianos –acostumbrados a bordear el precipicio sin caer en él- alumbró una rocambolesca solución. Casi por aclamación –sólo se opuso 5E- las Cámaras decidieron que el octogenario Napolitano se sucediera a sí mismo, con la misión de regenerar a Italia y sacarla de la crisis. Grillo calificó de “antidemocrática” y de “golpe de Estado” la reelección, pero la gran mayoría la acogió con alivio. El ‘Rey Giorgio’ aceptó sin entusiasmo por responsabilidad y sentido de Estado. En el discurso inaugural de su nuevo mandato, puso a los políticos ‘de chupa me Dómine’, en medio de las aclamaciones de los parlamentarios, como si la filípica no fuera con ellos. Los acusó de “cerrazón e irresponsabilidad” y de haber conducido a Italia a la “esterilidad”, pues –en vez de ponerse manos a la obra para levantar el país- habían incurrido en “contraposiciones, lentitud, indecisiones en las decisiones a tomar, cálculos de conveniencia, tácticas e instrumentalizaciones”. Amonestación ad hoc recibió Grillo por su intento de contraponer la calle al Parlamento, ya que la democracia sólo se podía vehicular a través de los partidos. Instó a todos los políticos a que pusieran rápidamente en pie un Gobierno, que sólo podría ser de coalición.

Designación de Letta como jefe del Gobierno

El gran triunfador de estas maniobras ha sido ese zoom politikom de Berlusconi, que –como un corcho- siempre termina saliendo a flote. Sentado pacientemente a la puerta de su casa, ha visto pasar los cadáveres políticos de sus enemigos Monti, Bersani y Prodi. Sin mayor mérito, ha conseguido que el PD se desintegre y que los sondeos prevean el triunfo de su partido en las próximas elecciones -27% de los votos frente al 25.5% de 5E y al 22% del PD-. Ha aceptado la designación como jefe del Gobierno del número 2 del PD, el democristiano de izquierdas Enrico Letta –un ‘pipiolo’ de 46 años, comparado con la gerontocracia política italiana-, con la intención de controlarlo desde dentro e imponer su voluntad. Letta, sin embargo, no se deja intimidar fácilmente y ha formado un Gobierno de coalición con miembros del PD, PDL, Elección Cívica y Partido Radical –incluida su líder, la excomisaria europea Emma Bonino como ministra de Asuntos Exteriores- y técnicos independientes de prestigio. Se ha visto obligado a mezclar agua con aceite, porque –en opinión de Napolitano- era el único Gobierno posible. Ha resistido la presión de Berlusconi para colocar a personas de su confianza en dos carteras básicas para él: Michele Vietti en Justicia y Renato Brusetta en Economía –tras haber vetado a Monti-, y ha nombrado para la primera a Anna María Cancellieri –exministra de Interior, conocida por su lucha contra la Mafia y su intransigencia con la corrupción-, y para la segunda a Fabricio Saccomanni –secretario general del Banco de Italia y prestigioso economista independiente-. Ha tenido que aceptar como vicepresidente del Gobierno y ministro de Interior al Secretario General del PDL, Angelino Alfano, encubridor de las trapisondas de su jefe con la ignominiosa ley que lleva su nombre Berlusconi pretende gobernar en la sombra, sin sufrir el desgaste de estar al frente del Ejecutivo en momentos en que habrá que tomar medidas impopulares para superar la grave crisis económica.

Lo del PDL resulta patético, pues se trata de un partido de centro-derecha que sería homologable a nivel europeo, si no estuviera hecho a imagen y semejanza de su líder y no se situara incondicionalmente a su servicio. Berlusconi es un político corrupto, deshonesto y reo de la justicia, que supedita el Partido, el Gobierno y el Estado a su interés personal. En la exaltación del descomunal ‘Ego’ del Ducce, el PDL comienza por la S de Silvio y termina con la I de Berlusconi. Es irrecuperable, al respaldar a un personaje que –amparado en el populismo, su ingente fortuna y el dominio de los medios de comunicación- supone un peligro para la democracia. Lo lamentable es que reciba el apoyo acrítico de un importante sector de la sociedad italiana.

Lección política de Italia a España

Ya en su discurso de investidura, Letta ha prometido controlar el déficit y la deuda pública, bajar impuestos, reducir el gasto público, disminuir el aparato del Estado –suprimir las provincias- y moralizar la política, en un plazo de 18 meses. La música suena familiar a oídos españoles y cabe esperar que Letta no asuma el cínico lema de su tocayo, el ‘viejo profesor’ Enrique Tierno, de que las promesas y programas electorales se hacen para no ser cumplidos. Ahora goza de la legitimidad democrática de la que carecía Monti. Letta ha lanzado su proyecto regenerador de reducir impuestos y fomentar el crecimiento económico y el empleo ante la UE y sus Estados miembros –incluida la temible Alemania de Angela Merkel-, alentado sin duda por el comentario de su compatriota Mario Draghi, presidente del BCE, de que, aunque los gobiernos –apremiados por la emergencia- tomen el camino fácil de subir los impuestos, la situación podría reequilibrarse con menos gasto público e impuestos más bajos.

Italia está dando una lección política a España y Mariano Rajoy –al que convendría seguir el ejemplo de Enrico Letta- encontrará en él un fiel aliado para contribuir a que la UE cambie o, al menos, reduzca su política restrictiva. A tales efectos, no debería echar en saco roto el buen consejo de la presidenta del PP madrileño, Esperanza Aguirre:”Ha llegado la hora de explorar la otra variable del déficit: la reducción de gastos, como estaba previsto en el programa electoral del PP, y reducir los gastos supone acometer una reforma radical de la administración pública”. ¡A buen entendedor, pocas palabras deberían bastarle!


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